Red Mafia

17

Cara Montenegro

El silencio se prolonga durante cinco segundos que se sienten como una eternidad, Maximiliano no se mueve, me estudia, analizando cada ligera expresión de mi rostro, buscando el temblor de mi pulso o el parpadeo de la mentira. De pronto, la rigidez de sus hombros desaparece, rompiendo el personaje. Su risa, suave y cargada de una oscura satisfacción que me toma por sorpresa.

—Seductora, audaz y con la dosis justa de peligro —dictamina, aplaudiendo suavemente con apenas dos toques de sus palmas—. Has usado tu cuerpo para anclar mi vista y tu mente para picar mi curiosidad. Bien hecho, Cara. Tienes dotes. Tienes el veneno necesario circulando por tus venas.

El peso de su aprobación me recorre la columna como una corriente helada que de inmediato se transforma en fuego. Que un depredador como él te llame seductora no es un cumplido que debas aceptar a la ligera, es una advertencia de que has aprendido a morder, y a los hombres de su estirpe no les agrada que sus propias armas tengan voluntad propia.

—No esperaba que fuera tan fácil impresionarte, Cavalieri —replico, sosteniendo la copa por el tallo. El cristal tintinea levemente, un sonido agudo que corta la densa atmósfera de la mesa. Mi tono es deliberadamente altivo, una barrera para ocultar el hecho de que su escrutinio me tiene con los nervios a flor de piel.

Él se echa hacia atrás en su silla, expandiendo su imponente presencia con una naturalidad que detesto. Su mirada no me suelta. Desciende por la línea de mi cuello, deteniéndose justo en la curva de mi clavícula expuesta antes de volver a mis ojos. Hay un brillo salvaje en sus pupilas, una corriente de intensidad que contradice su postura relajada.

Sé lo que hace.

Me está midiendo, buscando la menor señal de debilidad, el más mínimo parpadeo que delate que sigo siendo la chica que llegó indefensa a sus manos.

—No te equivoques, no estoy impresionado. Estoy... intrigado —corrige, arrastrando las palabras con una lentitud deliberada que me eriza el vello de los brazos—. Cualquiera con un poco de cerebro puede memorizar un guion y recitarlo con gracia. Lo verdaderamente difícil es mantener el pulso firme cuando el cañón de un arma te presiona la sien. El senador Sorio no se limitará a jugar a las palabras contigo el sábado. Te tocará. Buscará grietas en tu armadura. Y si descubre que eres de cristal, te romperá solo por el placer de escuchar el crujido de los pedazos.

La palabra tocará flota entre nosotros, pesada, cargada de una intención que me quema la piel de manera incómoda. La tensión entre ambos se estira tanto que casi puedo oír el aire fracturarse.

No nos agradamos, eso está claro en la forma en que nos miramos con desconfianza, con un resentimiento silencioso que se ha ido cocinando desde el primer día. Él me ve como una pieza de ajedrez que debe moldear mover a su antojo en su tablero de poder, y yo lo veo como a la persona que debo servir el resto de mis días si quiero sobrevivir. Sin embargo, negar la atracción que vibra en este espacio cerrado sería mentirme a mí misma, la honestidad mental es lo único que me queda en este momento.

Es una atracción oscura, peligrosa, nacida de la adrenalina pura y del instinto de supervivencia.

El camarero regresa en un silencio sepulcral, interrumpiendo el momento para dejar dos platos frente a nosotros. Apenas registro el aroma de la comida refinada, mi atención está completamente consumida por el hombre que tengo enfrente.

El pelinegro toma los cubiertos, sus ojos grises siguen fijos en mí, desafiándome a dar el primer paso en falso. Hay un juego silencioso aquí, un estira y afloja donde ninguno está dispuesto a ceder un solo milímetro de terreno.

Cuando estiro la mano para tomar la servilleta de lino, sus dedos largos y firmes, adornados con el pesado anillo con el sello de su familia, rozan los míos.

Sé que no es un accidente, es otra de sus pruebas.

El contacto dura apenas un segundo, como si una chispa cayera sobre un barril de pólvora. Una descarga de calor directo sube por mi brazo, obligándome a contener el aliento para no demostrar el vuelco que ha dado mi corazón. Sus ojos se oscurecen al notar la rigidez instantánea de mi postura, y un atisbo de triunfo masculino destella en sus facciones. En respuesta, mi orgullo se revela, no retiro la mano con prisa, al contrario, deslizo mis dedos sobre el lino, rozando intencionalmente el dorso de su mano antes de apartarme, sosteniéndole el desafío visual. Si quiere jugar con fuego, voy a asegurarme de que se queme conmigo.

—Sé defenderme —comunico, bajando la voz hasta un registro que roza lo íntimo, dejando que la hostilidad y el magnetismo se mezclen en un cóctel peligroso—. Y si Sorio intenta romperme, se dará cuenta demasiado tarde de que soy capaz de cortar directamente en la yugular.

Él deja caer los cubiertos sobre el plato con un golpe seco que reverbera en el espacio privado, un gesto que me demuestra que he logrado alterar su sagrada compostura. Se inclina hacia adelante una vez más, apoyando los antebrazos en la mesa. Esta vez, la distancia entre nosotros se reduce al mínimo, puedo ver la textura de su piel, la sombra oscura de la barba de pocas horas y la perfecta e irritante simetría de su rostro.

—Me gusta cuando muestras los dientes —susurra—. Pero nunca olvides quién te enseñó a afilarlos. El sábado por la noche estarás sola en esa sala, rodeada de lobos. Yo estaré observando desde las sombras, cada copa que tomes, cada sonrisa que lances, cada movimiento de tus caderas... todo estará bajo mi control, me pertenece.




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