Red Mafia

18

Cara Montenegro

—Nada de lo que soy te pertenece —le aseguro, y mi voz es un hilo de acero templado. Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas, no por miedo al peligro que él representa, sino por una rabia ardiente que se confunde peligrosamente con una necesidad imperiosa de acortar los escasos centímetros que nos separan.

Ganas de borrar esa maldita sonrisa de suficiencia de sus labios perfectos, de obligarlo a perder el control que tanto se jacta de tener.

Humedezco mis labios de forma inconsciente debido a la sequedad de la garganta, y noto cómo su mirada baja de inmediato a mi boca, atrapado por el movimiento. Su manzana de Adán se mueve al tragar saliva, un indicio delator de que no es tan inmune a mí como pretende aparentar. Está tan tenso como yo, su respiración se ha vuelto un poco más profunda, rompiendo su fachada de hielo. El aire entre ambos es puro oxígeno antes de la chispa definitiva, aunque ninguno cede. Ninguno da el brazo a torcer ni confiesa el impacto del otro. Nos estudiamos como dos generales antes de una guerra inevitable, donde las armas son las promesas no dichas que cuelgan en el aire.

—Eso ya lo veremos, Cara Montenegro —responde él, pronunciando mi nombre completo con una cadencia que suena a amenaza y a promesa a la vez.

Tomo la copa de vino con dedos que me obligo a mantener perfectamente estables y bebo un largo trago, permitiendo que el líquido amargo me baje por la garganta para intentar apagar el incendio que sus ojos han encendido en mi interior. Cuando bajo el cristal, le sostengo la mirada con una frialdad nueva, blindada por el desdén que nos profesamos. La tregua invisible ha terminado antes de empezar, y el juego apenas comienza.

Él estira el brazo por encima de la mesa, antes de que pueda preverlo, toma mi mano. Sus dedos son cálidos, posesivos. Con un movimiento lento, recorre con su pulgar el dorso de mi mano, subiendo por mi muñeca donde el pulso me traiciona, latiendo con fuerza desbocada bajo su tacto. Me mira fijamente, sus ojos brillando con una intensidad persuasiva que me hace perder el aliento.

—El problema —murmura, su voz volviéndose peligrosamente suave mientras ejerce una mínima presión que me obliga a inclinarme más hacia él—, es que juegas tan bien que casi olvido que estás bajo mi control. Nunca olvides quién te dio los colmillos.

El magnetismo que desprende es sofocante, una mezcla de terror y una atracción ciega que amenaza con nublarme el juicio.

Una oleada de calor me sube por el cuello, una quemadura líquida que no tiene nada que ver con el vino y todo con la audacia de sus palabras. Su pulgar sigue ejerciendo esa presión asfixiante en mi muñeca, justo sobre el latido traicionero que expone mis secretos a plena luz. Me cuesta respirar bajo el peso de su arrogancia, en nuestro mundo, pestañear es conceder la victoria, y yo no nací para arrodillarme ante ningún hombre, mucho menos ante él.

—¿Tus colmillos? —suelto una risa baja, un sonido cargado de veneno y desdén que rebota en las paredes del salón. Con un movimiento calculado, tiro de mi mano hacia atrás, liberándome de su agarre. Siento la súbita ausencia de su calor como un latigazo frío—. Te gusta colgarte medallas que no te corresponden. Si estoy viva, es porque soy demasiado escurridiza para el infierno, no porque necesite que un monstruo juegue a ser mi ángel de la guarda.

Él no se inmuta. Al contrario, se echa hacia atrás en su silla, cruzando una pierna de una forma que me crispa los nervios. Sus ojos metálicos y analíticos, devoran cada uno de mis gestos, sabe perfectamente el efecto que causa, disfruta el incendio que provoca en mi sangre. El espacio entre nosotros sigue vibrando con una tensión tan densa que se podría cortar con el mismo puñal que llevo oculto en el muslo.

—La línea entre salvarte y poseerte es muy delgada, Cara —replica, es un depredador midiendo el territorio, recordándome las reglas de un tablero que él mismo diseñó. El sábado veremos si valió la pena haberte salvado la vida. Y si juegas para ganar, asegúrate de que el premio final me pertenezca.

El sábado.

La fecha pesa en el aire como una sentencia de muerte. Mi mente trabaja a mil revoluciones por minuto. Miro los restos del vino tinto en mi copa, el reflejo oscuro de la luz sobre el cristal.

Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, acortando la distancia que él creía haber asegurado.

—Si el premio final te pertenece o no, dependerá de cuánto estés dispuesto a sangrar por él —susurro, dejando que el tono imponente de mi apellido pese en cada sílaba—. Porque te aseguro algo: si intentas cobrarte sobrepasarte, vas a descubrir que los colmillos que me diste muerden con el doble de fuerza.

Sus ojos se oscurecen un tono más, perdiendo el brillo burlón para dar paso a una fijeza casi hambrienta. La fachada de hielo se resquebraja por completo, dejando al descubierto al hombre que gobierna con mano de hierro. La adrenalina me electriza la piel. El peligro es un afrodisíaco adictivo, y en este juego de poder, ambos estamos listos para quemar el tablero.




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