Red Mafia

19

Cara Montenegro

El reloj de pared de la habitación marca las ocho de la noche del sábado. El tic tac es una cuenta regresiva que reverbera en mis sienes mientras termino de abrochar el intrincado cierre de mi vestido. Me miro en el espejo de cuerpo entero y apenas me reconozco, la tela se adhiere a mis curvas como una segunda piel, con el único propósito de matar. Literal y figuradamente. El puñal en mi muslo, oculto bajo las densas capas de seda, es un recordatorio frío de que esta noche no voy a una fiesta, sino a cazar.

Camino hacia la sala principal con pasos firmes, el eco de mis tacones sobre el mármol anunciando mi llegada.

Maximiliano está de pie junto a la gran vidriera, de espaldas, sosteniendo un vaso con whisky. Al escucharme, se gira despacio, con esa lentitud exasperante de quien cree tener el control absoluto del universo. Sin embargo, en el instante en que sus ojos metálicos caen sobre mí, se congela. Su postura impecable vacila apenas un milímetro, pero para mis ojos entrenados es una victoria absoluta. Se queda perplejo, con la boca ligeramente entreabierta y el vaso suspendido a mitad de camino. Su mirada recorre el escote, la caída de la tela, la forma en que el diseño me envuelve.

Sostengo su escrutinio y sonrío con una suficiencia que me llena el pecho de puro triunfo, disfruto cada segundo de su aturdimiento. Sé que esta noche la debilidad no está de mi lado.

—Vaya —murmura al fin, recuperando la compostura mientras deja el trago sobre la mesa—. Parece que te has tomado en serio lo de ser letal.

—Siempre juego a ganar, Maximiliano —le respondo, manteniendo la voz aterciopelada—. ¿Nos vamos?

Él no contesta de inmediato. Camina hacia mí, en lugar de avanzar hacia la puerta, saca del bolsillo interior de su saco un objeto envuelto en seda negra. Al desplegarlo, revela un antifaz de encaje oscuro y filigrana de metal, tan delicado como una telaraña y tan cortante en sus formas como mis propias intenciones.

Se acerca tanto que puedo oler su loción, esa mezcla entre lo visceral y refinado que detesto admitir que me perturba. Con una lentitud exasperante, alza las manos, sus dedos rozan mis sienes, apartando con extrema delicadeza unos mechones de mi cabello para colocar el antifaz sobre mis ojos, el contacto de su piel contra la mía me provoca una descarga eléctrica instantánea. Siento una oleada de calor subirme por las mejillas y un sonrojo traidor amenaza con delatarme. Aprieto los dientes e intento disimularlo, clavando las uñas en las palmas de mis manos, obligándome a mantener la mirada fría a través de las aberturas del encaje.

—Es una fiesta de antifaces, Cara —susurra, su aliento rozando mi oreja mientras asegura las cintas en la parte posterior de mi cabeza. Su cercanía es agobiante—. Confío en que no te equivoques al identificar a Sorio. El más mínimo error nos costará todo.

Da un paso atrás, rompiendo la burbuja, pero sus ojos siguen fijos en mí. Saca su tablet del portafolios, la enciende y desliza la pantalla para mostrarme, por última vez, la fotografía del senador. La luz azulada del dispositivo ilumina nuestras caras en la penumbra de la estancia. El rostro de Sorio, altivo y corrupto, me observa desde el cristal.

—Obsérvalo bien —insiste el pelinegro, su tono volviéndose el del estratega implacable—. Una vez dentro, él es tu único objetivo. No te distraigas.

Miro la pantalla, luego alzo los ojos hacia él, la cercanía en el auto, minutos después, solo intensifica la claustrofobia de nuestras voluntades chocando. El espacio cerrado del vehículo huele a cuero y a una promesa de violencia inminente.

—Confía en mí, pasé las últimas horas memorizando cada una de sus facciones.

La luz de las farolas de la ciudad entra de forma intermitente por los cristales tintados, dibujando sombras afiladas en sus facciones perfectas. Su mirada sigue fija en mí, no en los papeles de su regazo, ni en la ruta que marca el GPS. Me analiza con una atención que me eriza la piel, bajando de nuevo hacia el encaje del antifaz que él mismo me colocó.

—El misterio te sienta de una forma que roza lo delictivo.

—Es mi mejor arma —agrego, sosteniéndole la mirada, decidida a no flaquear—. Aunque creas que lo tienes todo calculado, hay partes de mí que nunca vas a poder predecir.

Él suelta una risa baja, un sonido sordo que vibra en el espacio confinado del asiento trasero. Se inclina un poco más hacia mí, lo suficiente para que su calor me envuelva y la fragancia de su loción nuble mis sentidos.

—¿Ah, sí? —murmura, hay un brillo oscuro y posesivo en sus ojos que me acelera el pulso—. ¿Como el hecho de que tu pulso se acelera cada vez que me acerco así? ¿O cómo se te corta la respiración cuando te toco? No intentes engañarme, Montenegro. Conozco cada una de tus reacciones físicas, incluso las que intentas enterrar bajo esa fachada de mujer fatal.

Siento que la temperatura en el auto sube de golpe, su arrogancia me irrita, es la precisión de sus palabras lo que me quema por dentro. Odio que me conozca tan bien. Odio que sepa leer las grietas de mi armadura.

—Eso no es sumisión, es pura adrenalina —replico, entornando los ojos tras el encaje oscuro—. Tengo frente a mí a un príncipe mafioso, además, confundes el efecto del peligro con otra cosa. Eres una amenaza, mi cuerpo reacciona en consecuencia. Nada más.




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