Desperté antes de que el sonido del mundo me diera permiso de hacerlo.
Pero esta vez… algo no encajaba del todo.
No fue un ruido. No fue un sueño claro.
Fue esa extraña sensación de haber sido interrumpida en medio de algo que no recuerdo haber empezado.
Como si el aire todavía estuviera acomodándose después de una presencia que ya no estaba.
Abrí los ojos lentamente.
El techo de mi habitación seguía ahí. El mismo de siempre, con sus pequeñas imperfecciones que ya conocía de memoria. Y aun así, por un instante, me pareció distinto. No físicamente distinto… sino como si lo estuviera viendo desde un ángulo que no era el mío.
Parpadeé.
La sensación se desvaneció.
O eso intenté creer.
Me quedé unos segundos sin moverme, escuchando el silencio de la casa. Era ese tipo de silencio que no es completamente vacío, sino lleno de cosas que uno no puede identificar.
Suspiré suave.
“Estás imaginando cosas otra vez”, pensé.
Pero la verdad es que no estaba segura de eso.
Me levanté finalmente, dejando que la rutina hiciera lo suyo. La universidad no espera a nadie, aunque a veces yo sí deseara que el tiempo me diera un poco más de espacio para respirar.
Había días en los que levantarse era automático. No por fuerza de voluntad, sino por inercia. Como si mi cuerpo ya supiera el camino incluso cuando mi mente no quería seguirlo.
Mi vida no era complicada.
Solo era… constante.
Demasiado constante.
Entré al baño y abrí la ducha. El agua fría cayó de golpe sobre mi piel, arrancándome un leve estremecimiento. Me quedé quieta unos segundos, dejando que la sensación me atravesara por completo.
Era extraño cómo algo tan simple podía obligarte a estar presente.
Aquí.
Ahora.
No ayer. No después.
Solo el agua y yo.
Cerré los ojos.
Y por un instante… otra vez.
Esa misma sensación.
Como si no estuviera sola.
Abrí los ojos de inmediato.
Nada.
Solo el vapor, el sonido del agua golpeando el suelo y mi propia respiración un poco más rápida de lo normal.
Negué ligeramente con la cabeza.
“Ya basta”, me dije.
Pero no sonaba convincente ni en mi mente.
Salí de la ducha y me envolví en una toalla. Frente al espejo, me observé como siempre lo hacía, no buscando belleza ni defectos… solo buscando confirmar que seguía siendo yo.
Cabello oscuro, ligeramente desordenado.
Ojos avellana que a veces parecían demasiado conscientes de cosas que yo no entendía.
Y esa expresión… esa mezcla entre calma y ausencia.
Era yo.
Siempre era yo.
¿No?
Fruncí el ceño ante ese pensamiento.
Tomé la secadora y comencé a arreglar mi cabello, dejando que las ondas suaves cayeran como si nada hubiera pasado. El ruido del aparato llenó el baño, borrando cualquier otro sonido que pudiera distraerme.
Eso era bueno.
El ruido ayuda a no pensar demasiado.
Al terminar, me vestí sin dedicarle mucho tiempo a la elección. Una falda blanca plisada, una camisa azul clara. Simple. Correcto. Seguro.
Nada que llamara la atención.
Nada que pudiera romper el equilibrio del día.
O al menos eso pensé.
Salí de mi habitación con el bolso al hombro.
El aire de la mañana me recibió como siempre, ni cálido ni frío, solo presente. Caminé por la misma ruta de todos los días, cruzando calles que ya conocía casi de memoria.
Personas apuradas. Voces mezcladas. Autos que no miran a nadie.
Todo seguía su curso.
Y yo también.
Pero había algo.
No era grande. No era obvio.
Era más bien… una ligera distorsión en la forma en que percibía todo.
Como si el mundo estuviera apenas un segundo fuera de sincronía conmigo.
Sacudí ese pensamiento mientras seguía caminando.
No era la primera vez que me pasaba.
O quizá sí.
No estaba segura.
Al girar en una esquina, vi a Valeria esperándome como siempre. Apoyada en la pared, con esa postura relajada que parecía pertenecerle incluso cuando no hacía nada.
—Llegas tarde otra vez —dijo apenas me acerqué.
Su voz me ancló un poco a la realidad.
—No es tarde si el día todavía no empieza —respondí, ajustando el bolso.
—Eso dices todos los días.
—Y todos los días tengo razón.
Sonrió.
Esa sonrisa fácil, ligera, como si nada en el mundo pudiera pesarle demasiado tiempo.
Comenzamos a caminar juntas hacia la universidad.
Hablamos de cosas simples. Clases. Profesores. Exámenes que aún no existían pero ya nos preocupaban. La clase de conversación que uno tiene cuando no quiere pensar demasiado en nada importante.
O al menos eso parecía.
Porque en algún momento… dejé de escucharla.
No fue repentino.
Fue como si su voz se fuera alejando sin moverse.
Giré ligeramente la cabeza hacia ella, pero sus palabras ya no entraban del todo en mí.
Y entonces lo sentí otra vez.
Esa sensación.
La misma de la mañana.
La misma de la ducha.
No era miedo.
Era algo peor.
Era duda.
Todo seguía igual. Las personas, el ruido, el movimiento del campus acercándose.
Pero por dentro…
algo se había inclinado apenas un grado fuera de lugar.
Parpadeé.
Y el momento pasó.
Valeria seguía hablando como si nada.
El mundo seguía funcionando como si nada.
Y yo fingí que también.
Entramos al campus mezclándonos entre estudiantes, voces, pasos y risas dispersas. Todo era normal. Demasiado normal.
Pero entonces lo entendí.
No era el mundo el que estaba cambiando.
Era yo la que empezaba a notar algo que siempre había estado ahí… pero que recién ahora empezaba a sentirse imposible de ignorar.
Y eso…
eso no me gustó.