El murmullo del campus nunca desaparecía del todo. Era como un fondo constante de voces, risas y pasos que se mezclaban entre los pasillos, como si la universidad respirara por sí misma.
Vale caminaba a mi lado con esa energía suya que parecía no agotarse nunca. Yo, en cambio, solo quería llegar a la cafetería y sobrevivir al día.
—Ela, ¿has escuchado los rumores? —dijo de repente, como si acabara de descubrir un secreto mundial.
Entramos a la cafetería. El aroma a café recién hecho, pan caliente y azúcar llenaba el aire. Estudiantes ocupaban mesas, algunos estudiando, otros simplemente perdiendo el tiempo.
Nos sentamos cerca de una ventana.
—¿Cuáles rumores, Vale?—pregunté mientras dejaba mi bolsa a un lado.
Vale sonrió como si estuviera a punto de contar la noticia del siglo.
—Se dice que hay chicos nuevos en el campus…
Suspiré de inmediato.
Ya sabía hacia dónde iba esto.
—…y no son cualquier chicos—continuó—. Son muy guapos. Y, amiga…extremadamente ricos. Se pudren en dinero.
La miré de reojo.
—Vale, tú solo piensas en chicos guapos y dinero.
Ella se llevó una mano al pecho con dramatismo.
—¿Y qué más puede hacer esta alma libre? Solo pensar en chicos con rasgos perfectos… y estabilidad económica.
Rodé los ojos, aunque una pequeña sonrisa se me escapó.
—No todo es estudio y clases, Elara. La diversión también es parte de la vida, ¿o no? —dijo con una sonrisa pícara.
Antes de que pudiera responder, una chica del grupo cercano pasó casi saltando entre mesas.
—¡HOLA CHICAS!
Su voz cortó el ruido del lugar.
—Hoy hay fiesta a las nueve—añadió—. En la residencia fuera del campus. Va a haber mucha diversión.
El ambiente cambió de inmediato.
Las miradas se cruzaron.
Y esa palabra quedó flotando en el aire.
Fiesta.
Vale casi saltó en su asiento.
—¿Ves? Esto es lo que yo llamo vivir.
—Yo lo llamo caos—murmuré.
—Mismo concepto—respondió ella sin dudar.
—Dicen que no es una fiesta cualquiera—comentó alguien detrás—. Es clandestina.
Vale me miró con brillo en los ojos.
—Perfecto.
—Eso no suena legal—dije.
—Suena divertido—respondió ella.
La cafetería seguía llena, pero ahora todos hablaban de lo mismo. El lugar. Los rumores.
—También dicen que los chicos nuevos van a estar ahí—se escuchó desde la otra mesa.
Vale me miró como si el destino acabara de confirmarse.
—Ya está decidido—dijo.
—Yo no he decidido nada.
—Pero lo harás.
No tuve tiempo de responder.
Porque en ese instante, la puerta de la cafetería se abrió.
Tres chicos entraron.
Y el ambiente cambió sin permiso.
El ruido bajó.
Las miradas subieron.
Y el aire se tensó como si algo invisible hubiera cruzado el lugar.
Era imposible de ignorar.
Altos. Seguros. Demasiado llamativos como para ser simples estudiantes nuevos.
pero lo que realmente los diferenciaba no era su apariencia… era la forma en la que ocupaban el espacio.
El primero caminaba con una seguridad relajada, como si todo le resultara familiar sin esfuerzo.
El segundo tenía una sonrisa ligera, como si observar el caos del lugar le divirtiera.
El tercero era distinto.
No llamaba la atención con intensidad.
La llamaba con control.
Miraba todo como si estuviera guardando información, sin prisa, sin emoción evidente. Su expresión era neutral, impecable… casi distante.
No intimidaba.
Evaluaba.
Las conversaciones bajaron solas.
—Ok… esto no es normal—susurró Vale.
Los tres avanzaron entre las mesas sin detenerse, como si ya supieran exactamente a dónde iban.
Y entonces escuché fragmentos de su conversación:
—Hoy en la noche.
—La fiesta.
—Sí… pero aún falta él.
El tercero no reaccionó a la frase.
Solo siguió observando con calma fría, como si nada lo sorprendiera lo suficiente como para alterar su expresión.
Uno de ellos pasó la mirada por la cafetería…