Narra Elara
La noche cayó como un manto oscuro que cubría todo a su alrededor. La luna brillaba con una intensidad extraña, suspendida en lo alto como un testigo silencioso de todo lo que estaba por ocurrir. Había algo en el ambiente que no lograba encajar del todo, una sensación persistente, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Giré lentamente y observé a Vale frente al espejo. Retocaba su maquillaje con precisión, concentrada, segura, como si la noche le perteneciera por completo. Había en ella una confianza que siempre me resultaba admirable… y, a veces, peligrosa.
—Elara, ¿ya estás lista? —preguntó sin apartar la mirada de su reflejo.
Tardé unos segundos en responder. Mis ojos se encontraron con los míos en el espejo de cuerpo completo. El vestido estaba bien, el maquillaje también. Todo estaba en su lugar… menos yo.
—Supongo que sí… —murmuré finalmente.
Pero no era del todo cierto.
Me giré hacia ella, sintiendo cómo esa incomodidad crecía lentamente en mi pecho.
—Vale… esto no me gusta. Tengo una sensación extraña.
Ella soltó una risa suave, despreocupada.
—¿Cómo no, amiga? Fiesta, chicos guapos… claro que se siente raro.
Negué levemente. No era eso. No tenía nada que ver con chicos ni con fiestas. Era algo más profundo, algo que no podía explicar, pero que estaba ahí, insistente.
Vale tomó nuestros bolsos sin darle más importancia y caminó hacia la puerta.
—Vámonos antes de que te arrepientas.
Y la seguí.
Porque, en el fondo, sabía que igual iba a hacerlo.
El aire afuera estaba frío, pero no era un frío cualquiera. Era ese tipo de frío que trae consigo una sensación difícil de ignorar. El auto ya nos esperaba, inmóvil, con los vidrios completamente oscuros y el motor encendido, como si hubiera estado ahí desde antes de que decidiéramos salir.
Me detuve un segundo antes de entrar.
—Vale…
Pero no me dejó terminar. Me tomó del brazo y me llevó dentro sin dudar.
La puerta se cerró con un sonido seco.
El conductor no habló. No nos miró. No hizo ningún gesto. Solo condujo.
El trayecto se volvió extraño con rapidez. Las luces de la ciudad comenzaron a desaparecer poco a poco, como si alguien las apagara una por una. El asfalto dio paso a un camino irregular, de tierra, rodeado de oscuridad. El ruido del mundo quedó atrás, reemplazado por un silencio pesado.
—Vale… esto no me gusta —dije en voz baja, mirando por la ventana.
—Relájate, Ela —respondió ella—. Obvio no la harían en un lugar visible.
Eso no ayudó.
Para nada.
Cuando el auto se detuvo, el silencio se sintió aún más denso.
Bajamos.
Y lo vi, el almacén se alzaba frente a nosotros como una estructura olvidada por el tiempo. Grande, imponente, aislado. Solo algunas luces débiles marcaban su contorno. Desde dentro, la música se filtraba como un latido constante, grave, casi hipnótico.
Había gente entrando, pero nadie hablaba demasiado. Todo era contenido, medido, como si existieran reglas invisibles que todos conocían menos yo.
Un chico se interpuso frente a nosotras.
—Contraseña.
Vale no dudó.
—La noche no perdona.
El chico la observó unos segundos y luego asintió.
—Pasen.
Entramos.
El interior fue un golpe sensorial.
Luces de neón, rojas y azules, cortaban la oscuridad. El humo flotaba en el aire, atrapando la luz. La música vibraba en el pecho, en la piel, en cada paso. Las personas se movían sin restricciones: bailaban, bebían, reían, se besaban como si nada más existiera.
Era caos.
Pero no un caos desordenado.
Era un caos que seguía reglas que yo aún no entendía.
—Esto sí es una fiesta —dijo Vale con emoción.
Nos abrimos paso hasta el bar. Me apoyé un momento, intentando centrarme.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Agua.
El barman rió.
—Aquí no hay agua.
Parpadeé.
—¿Cómo que no hay agua?
—O tomas… o tomas.
Vale me miró divertida.
Suspiré.
—Una margarita.
Al probarla, hice una mueca que hizo reír a Vale.
Y, sin querer, yo también lo hice.
La música cambió de ritmo, volviéndose más intensa. La pista comenzó a llenarse hasta que, de pronto, se abrió en un círculo perfecto. La multitud reaccionó de inmediato, gritando, empujando, expectante.