Narra Elara
Kael se había ido sin decir absolutamente nada, desapareciendo entre la multitud como si nunca hubiera estado realmente en el lugar, y aunque su ausencia debería haber devuelto algo de normalidad al ambiente, lo único que hizo fue dejar una especie de vacío extraño, una tensión suspendida que no terminaba de irse y que hacía que todo siguiera sintiéndose inestable, como si el equilibrio de la noche dependiera de algo que ya se había movido de su sitio.
Vale soltó una pequeña risa a mi lado, más nerviosa que divertida, mientras miraba alrededor como intentando encajar lo que acababa de pasar con la energía de la fiesta, aunque claramente nada terminaba de encajar del todo.
—Ok… eso fue raro incluso para esta noche —dijo, encogiéndose de hombros como si intentara restarle importancia, pero su tono la delataba.
No le respondí. Algo en el ambiente seguía sin sentirse bien, como si la fiesta continuara por inercia pero con piezas mal colocadas, y esa sensación se intensificaba con cada segundo, especialmente porque las luces del lugar comenzaron a parpadear otra vez, primero de forma leve, casi imperceptible, pero luego con más frecuencia, como si el sistema eléctrico del lugar empezara a fallar sin razón aparente y nadie quisiera admitirlo en voz alta.
El primer golpe vino desde el fondo del almacén, un sonido seco, metálico, que se perdió entre la música y las voces sin que nadie le diera demasiada importancia, pero luego vino otro, más fuerte, más claro, que hizo que algunas cabezas se giraran sin entender del todo qué estaba ocurriendo, aunque la mayoría siguió como si nada, atrapados todavía en la energía de la fiesta.
La música no se detuvo, pero ya no sonaba igual, porque otro golpe volvió a resonar, y otro más, mientras las luces empezaban a titilar con más fuerza, como si todo el lugar estuviera perdiendo estabilidad poco a poco sin que nadie pudiera frenarlo.
Y entonces cayó la chispa.
Fue pequeña, casi insignificante a primera vista, apenas un destello que bajó desde el techo y aterrizó en una de las estructuras laterales del almacén, sin hacer ruido ni llamar demasiado la atención en el instante exacto, pero lo que hizo después cambió todo de forma inmediata, aunque no fuera visible de golpe.
El fuego no apareció como algo repentino o explosivo, no hubo una gran llamarada ni un estallido dramático, sino algo mucho peor, algo lento y casi silencioso al principio, como si el material mismo aceptara el cambio sin resistencia, y una línea roja comenzó a extenderse, creciendo poco a poco, viva, constante, como si estuviera aprendiendo a existir dentro de ese espacio.
—…no —susurré sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Vale giró de inmediato hacia el mismo punto, y en cuanto lo vio su expresión cambió por completo, perdiendo cualquier rastro de diversión o ligereza.
—Eso no es normal.
Antes de que pudiera procesarlo, otra chispa cayó desde el techo, más cerca, más visible, y fue en ese instante cuando el ambiente dejó de ser una fiesta y se convirtió en otra cosa completamente distinta, porque no hubo transición, no hubo advertencia, solo ruptura.
—¡FUEGO! —gritó alguien desde algún punto del lugar.
Y en cuestión de segundos, todo colapsó.
La música se cortó de golpe, dejando un silencio extraño que duró apenas un instante, pero que se sintió demasiado pesado, demasiado vacío, como si el lugar hubiera dejado de respirar por un segundo antes de que todo explotara en caos, gritos y empujones, con personas moviéndose sin dirección clara, intentando salir al mismo tiempo mientras el espacio se volvía cada vez más pequeño y más hostil.
Vale me tomó del brazo con fuerza casi inmediata, tirando de mí para intentar avanzar entre la multitud que ya se estaba compactando hacia las salidas, pero no había orden ni espacio, solo cuerpos chocando, pasos apresurados y un aire que empezaba a volverse más pesado y caliente con cada segundo que pasaba.
—¡Tenemos que salir! —gritó Vale, aunque su voz apenas se escuchaba entre todo el ruido.
El problema era que ya no había una salida clara, solo una masa de gente intentando ir hacia el mismo punto al mismo tiempo, empujando, cayendo, levantándose sin detenerse, mientras el humo comenzaba a filtrarse desde el interior del almacén, haciendo que cada respiración se sintiera más corta, más difícil, como si el aire mismo se estuviera agotando.
La perdí un segundo entre la multitud, y el pánico me apretó el pecho, hasta que su mano volvió a encontrar la mía y me jaló otra vez hacia adelante, obligándome a seguir moviéndome dentro de ese flujo descontrolado de personas que ya no pensaban, solo reaccionaban.
Y fue entonces cuando lo vi otra vez.
Kael no estaba corriendo como los demás, no estaba intentando escapar del caos como si fuera una amenaza directa, sino que se movía en dirección contraria, avanzando hacia el fuego con una calma que no tenía sentido dentro de todo lo que estaba ocurriendo, como si lo que los demás veían como desastre para él fuera simplemente un punto más dentro de algo que ya entendía.
—¡Está loco! —gritó Vale al notarlo.
Pero no parecía locura. Era otra cosa. Algo más calculado, más preciso, como si supiera exactamente qué estaba pasando o qué debía hacer en medio de todo aquello.
Adrián apareció del otro lado, empujado por la multitud, tosiendo por el humo mientras intentaba mantenerse en pie, y por un segundo sus miradas se cruzaron, la misma tensión del ring volviendo a aparecer en un contexto completamente distinto, aunque ahora no había combate ni reglas, solo caos compartido.
Un estruendo sacudió la estructura del lugar, y una parte del techo cedió en el fondo del almacén con un sonido seco que hizo que el pánico se intensificara aún más, empujando a la gente con más fuerza hacia las salidas mientras todo se volvía más inestable y el calor del fuego empezaba a sentirse más cerca, más real.