Narra Elara
La mañana siguiente no se sintió como una mañana normal.
Se sintió… falsa.
Como si el mundo hubiera decidido continuar su rutina sin tener en cuenta que algo importante se había roto la noche anterior, como si el incendio, los gritos, las sirenas y el caos entero hubieran sido doblados y guardados en un lugar donde nadie los iba a mencionar otra vez.
El campus estaba igual.
Demasiado igual.
Las mismas personas caminando, las mismas risas en los pasillos, los mismos grupos en la entrada de la universidad, y aun así había una diferencia que no se veía pero se sentía, como una tensión silenciosa que nadie nombraba pero que todos parecían estar evitando.
Vale caminaba a mi lado con su café en la mano, mirando todo con una expresión distinta a la de siempre, menos ligera, más observadora, como si estuviera esperando que alguien dijera algo sobre lo de anoche, pero nadie lo hacía.
—Es raro… —murmuró al fin—. Nadie está hablando de lo de ayer.
Asentí sin responder de inmediato, porque eso era lo que más me inquietaba, no el incendio en sí, sino el silencio después de él, como si el evento hubiera sido absorbido por el sistema del campus y borrado de la conversación colectiva sin explicación.
Entramos al edificio principal y todo seguía igual, los estudiantes entrando a clases, los profesores caminando con carpetas en la mano, el sonido de siempre, pero nada de eso lograba borrar la sensación de que algo no encajaba del todo, como si el ambiente estuviera imitando normalidad en lugar de vivirla.
Vale se detuvo un segundo en medio del pasillo.
—Ok… esto no es normal.
—¿Qué? —pregunté.
No respondió enseguida.
Solo miró hacia adelante.
Y entonces lo vi.
Kael.
Caminaba por el pasillo como si no hubiera pasado absolutamente nada, con esa misma calma extraña de siempre, sin rastros visibles de la noche anterior, sin prisa, sin tensión, sin nada que delatara que había estado en el centro del caos.
Como si el incendio no le perteneciera.
Como si el incendio no hubiera existido.
Vale se tensó a mi lado.
—No puede ser…
Kael pasó frente a nosotros sin detenerse, sin mirarnos de inmediato, como si el espacio alrededor no tuviera derecho a interrumpir su camino, pero en el último segundo su mirada giró apenas, lo suficiente para cruzarse con la mía otra vez.
No se detuvo.
No cambió su expresión.
Solo siguió caminando.
Pero esa mirada duró más de lo normal.
No fue casual.
Fue consciente.
Vale me observó de reojo en cuanto él desapareció por el pasillo.
—Dime que tú también lo sentiste.
No respondí.
Porque sí lo había sentido.
Esa misma sensación otra vez.
Como si no fuera una coincidencia.
Como si él no apareciera en los lugares.
Sino que los lugares terminaran cruzándose con él.
Seguimos caminando hacia clase, pero el ambiente ya no se sentía ligero. Era como si el campus entero estuviera sosteniendo una conversación que nosotros no podíamos escuchar del todo, una conversación hecha de miradas cortadas, silencios demasiado largos y noticias que nadie se atrevía a mencionar en voz alta.
Vale se inclinó un poco hacia mí mientras caminábamos.
—Ayer la policía no dijo nada oficial. Ni una sola declaración clara. Es como si todo se hubiera… apagado.
Eso me hizo frenar un poco, aunque seguí caminando.
—¿Cómo se apaga un incendio así sin que nadie hable de eso?
—Exacto —dijo ella bajando la voz—. Eso no pasa así nada más.
Entramos al aula y todo volvió a ese falso orden, estudiantes sentados, profesores organizando sus cosas, el ruido normal de siempre, pero incluso ahí la sensación no desaparecía, solo se hacía más silenciosa, más incómoda.
Me senté y dejé la mochila a un lado, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera la imagen de Kael en medio del caos, pero era imposible borrarlo del todo, porque no era solo lo que había hecho, sino cómo lo había hecho, como si el desastre no lo hubiera tocado de la misma forma que al resto.
Vale se inclinó hacia mí una vez más.
—No me gusta esto, Elara.
—A mí tampoco… —murmuré.
Pero lo que no dije fue lo otro.
Que no era solo el incendio.
Era él.
Porque cada vez que aparecía, algo alrededor cambiaba de forma mínima pero constante, como si su presencia fuera un punto fijo dentro de algo que estaba perdiendo estabilidad sin que nadie más lo notara todavía.