Redención: El Amor que Duele

CAP 8- El lobo

Narra Kael

Muchos dicen que la soledad mata y que es un lugar donde nadie es feliz, que no hay amor, solo una oscuridad constante que termina consumiéndote, pero yo lo veo de otra manera, la hice mía hace mucho tiempo, la convertí en mi fortaleza y también en la confidente de mis más oscuros deseos. No soy un santo ni un alma devota, soy un depredador y el más feroz de todos, y cuando te conviertes en mi presa no hay salida.

De pie frente al ventanal de vidrio que da directo a la ciudad, observo sus tenues luces mientras sostengo un trago de vodka en mis manos, el reflejo del cristal me devuelve una imagen que nunca me ha incomodado. Todo parece tranquilo desde aquí arriba, demasiado tranquilo, como si la ciudad olvidara por un segundo quién la controla. La observo como si fuera mi obra, porque lo es. Desde que decidí que este sería mi hogar lo he construido poco a poco, moldeándolo a mi manera, a mis reglas. Nada en esta ciudad pasa si yo no lo permito y, de ser lo contrario, no esperes ver de nuevo la luz del sol, porque yo mismo me encargo de apagarla.

Mi celular vibra en mi bolsillo derecho y no evito el leve gruñido que sale de mi garganta, porque siempre tiene que ser tan oportuno, como si disfrutara interrumpir cuando todo está en calma. Lo saco con lentitud, sin prisa, miro el nombre grabado y antes de contestar dejo pasar unos segundos, no por duda, sino porque me gusta recordar que incluso él tiene que esperar cuando se trata de mí.

—¿Qué quieres? —pregunto antes de que él hable, cortante, directo.

—¿Acaso no puedo saber cómo estás? —dice una voz fría y tosca desde la otra línea, una voz que no cambia con el tiempo, como si estuviera hecha de piedra.

—Solo me hablas cuando ocupas que haga algo por ti —respondí aún más frío que él, sin interés en jugar a una conversación que ya conozco de memoria.

—Qué elocuente eres, hijo —dice con una leve risa amarga y con un ápice de indiferencia—. Dentro de unos segundos Luka estará en tu puerta.

Cuando terminó de decir eso, el timbre de mi apartamento sonó casi al instante, arrancándome una ligera sonrisa sin humor. Qué viejo más calculador, pensé para mis adentros, nunca da un paso sin tener todo medido, todo previsto, como si creyera que el mundo entero se mueve bajo su control.

Sin cortar la llamada fui a abrir la puerta y, como era de esperar, el gran consigliere de mi padre estaba frente a mí con esa mirada cálida y divertida que nunca termina de convencerme, porque sé que detrás de esa calma hay más de lo que deja ver. No evité suspirar y hacerme a un lado para que entrara, no porque quisiera, sino porque ya sabía a qué venía. Sin más, corté la llamada, no tenía intención de escuchar sermones de un vejete que cree que aún puede manejarlo todo.

—Lindo apartamento, Kael —dice Luka, dando la vuelta para mirarme con detenimiento, como si estuviera evaluando algo más que el lugar.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, dándole un trago a mi vaso sin apartar la mirada de él, esperando que dejara de rodear el punto.

—¿Acaso necesito un motivo para visitarte?

Mi mirada bajó directamente al portafolio que llevaba en la mano, él hizo lo mismo y no pudo evitar esbozar una sonrisa, una de esas que confirman lo evidente sin necesidad de palabras. Sin que le dijera que tomara asiento se sentó en el sofá y puso el portafolio en la mesita de cristal con total tranquilidad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo permanecí en pie, observándolo, tratando de leer cada una de sus expresiones, cada pequeño gesto que pudiera darme una pista de lo que estaba pasando realmente.

Cuando empezó a abrirlo lo hizo sin prisa, sacó una carpeta amarilla del interior y me la extendió, esperando a que la tomara. La recibí sin decir nada, la abrí y saqué lo que había en su interior.

Fotos.

Muchas.

Demasiadas.

Todas de la misma persona.

No pude evitar ladear la cabeza ante tal contenido, analizando cada una con más detenimiento, como si en algún punto fuera a encontrar algo fuera de lugar, algo que justificara todo esto.

Interesante.

—Tu padre ocupa que te encargues de ella —dijo con una seriedad que no era común en él, lo que hizo que frunciera el ceño con más fuerza. ¿Qué se traen estos dos?, pensé, porque nada de esto tenía sentido, no a su manera habitual.

—¿Que me encargue? ¿Acaso tengo cara de niñera o qué? —dije, rabioso, sin dejar de mirar las imágenes, porque había algo en ellas que no terminaba de encajar.

—No, pero ocúpate de ella.

Solté una risa baja, sin humor.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Que le sirva el té, que la lleve de compras y que le cumpla sus caprichos?

—Exactamente eso, Kael, tu padre ocupa que la enamores.

No pude evitar reír cuando dijo eso, una risa más oscura que divertida, porque la idea en sí era absurda, completamente fuera de lugar, incluso para alguien como él. ¿Es esto un chiste o es uno más de sus espectáculos sin sentido? ¿Quién se cree que es para pedirme tal cosa? ¿Acaso piensa que soy una casamentera como la cagna de su amante? Sí que está loco, pero no más que yo.

—No —dije sin más.




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