Nadie puso una mano sobre mí, pero el dolor que sentí fue como si todos los huesos de mi cuerpo se estuvieran quebrando al mismo tiempo.
No habría sido capaz de describirlo.
Sentía como si algo me quemara por dentro, recorriendo cada parte de mi cuerpo, mientras un dolor mucho más profundo, uno que no podía entender, se apoderaba de mí.
Quería gritar.
Quería llorar.
Quería hacer cualquier cosa para que aquello terminara, pero mi cuerpo no respondía. Algo me lo impedía.
Un pitido agudo comenzó a retumbar dentro de mi cabeza, aumentando de intensidad hasta que fue lo único que pude escuchar.
Y entonces...
Todo se volvió calma.
Silencio.
Un silencio tan profundo que, por un instante, olvidé incluso cómo respirar.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Quizá habían sido segundos, quizá horas. Lo único que sabía era que ya no sentía dolor. Abrí los ojos lentamente y durante unos segundos no pude distinguir nada; todo a mi alrededor estaba cubierto por una especie de neblina y mi cabeza se sentía pesada, como si acabara de despertar de un sueño demasiado profundo. Intenté moverme y, para mi sorpresa, esta vez pude hacerlo. Mis dedos se movieron con dificultad y llevé una mano hacia mi cuello, quedándome inmóvil al instante. No había ninguna herida. Palpé mi piel una y otra vez, buscando alguna señal de la navaja de Julián. Nada. Ni sangre, ni una cicatriz, ni siquiera dolor.
—¿Qué...?
Mi voz salió apenas como un susurro. Bajé la mirada hacia mis manos y descubrí que las esposas habían desaparecido. Las heridas de mis muñecas también. Me incorporé lentamente y entonces noté algo todavía más extraño: el vestido que llevaba estaba completamente limpio. Ya no había sangre, tierra ni suciedad sobre él. Mi respiración comenzó a acelerarse mientras miraba a mi alrededor. Seguía en aquel bosque, pero algo había cambiado. El círculo de personas había desaparecido. Los lobos también. La enorme piedra permanecía en el centro del claro, pero ahora estaba completamente sola. Me puse de pie con dificultad y di un par de pasos.
—¿Hola?
Mi voz se perdió entre los árboles.
Nadie respondió.
Todo parecía demasiado tranquilo. Demasiado normal.
Hasta que escuché un crujido detrás de mí.
Me giré de inmediato, pero no había nadie. Un escalofrío recorrió mi espalda y retrocedí lentamente.
—Esto no puede estar pasando...
Después, un gruñido bajo y profundo se escuchó proveniente de entre los árboles.
Acto seguido, apareció una enorme cabeza y después el resto del cuerpo. Era un lobo gigantesco, mucho más grande que cualquier lobo que hubiera visto antes. Su pelaje oscuro brillaba bajo la luz de la luna y sus ojos permanecían fijos sobre mí.
Debería haber salido corriendo.
Debería haber gritado.
Pero no lo hice, en cambio, me quedé mirándolo.
No pude evitarlo. A pesar del miedo que me provocaba, había algo fascinante en él. Era la primera vez que veía un animal así de cerca y, aunque una parte de mí gritaba que aquello era una pésima idea, otra quería acercarse un poco más.
El lobo dio un paso hacia mí..
—¿Qué eres exactamente? — pregunté más para mí que para él mientras lo observaba.
Recordaba vagamente lo que había ocurrido antes, aunque ahora se veía difuso en mi mente. Era como una especie de sueño que se había sentido bastante real.
El lobo ladeó la cabeza, cuando me escuchó.
Parpadeé.
—¿Me entiendes?
Por supuesto que no podía entenderme. Era un lobo... ¿Verdad?
Fruncí el ceño y lo observé con mayor atención. Había algo extraño en su comportamiento. No enseñaba los colmillos ni parecía dispuesto a atacarme. Simplemente me miraba, como si estuviera intentando descubrir qué demonios hacía yo allí.
—No vas a comerme, ¿cierto?
El animal soltó un gruñido bajo.
—Tomaré eso como un no, espero...
Di un pequeño paso hacia él, estirando una mano.
El lobo levantó la cabeza de inmediato, soltando un gruñido bajo.
—Está bien, está bien. No me acerco. ¿Tienes miedo de mi?
No pude evitar sonreír, al escuchar mi pregunta.
Era absurdo. Yo estaba frente a un lobo gigantesco en medio de un bosque que no reconocía y, le preguntaba si... ¿tenía miedo? El miedo debía tenerlo yo...
Entonces escuché un ruido entre los árboles.
El lobo se giró bruscamente.
Su cuerpo se tensó y un gruñido profundo escapó de su garganta.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué pasa?
Miré hacia donde él observaba, pero no conseguí distinguir nada.
Solo oscuridad.
El lobo volvió a gruñir, esta vez con más fuerza.
Y, sin previo aviso, salió corriendo entre los árboles.
—¡Oye!
Di un paso para seguirlo y me detuve.
No tenía idea de por qué acababa de preocuparme por un animal que probablemente podría arrancarme un brazo de un mordisco.
Suspiré.
—Definitivamente me estoy volviendo loca.
El bosque seguía en silencio, pero ahora había algo diferente.
Una sensación.
Como si aquel lobo hubiera estado intentando advertirme de algo.
Y, por supuesto, mi curiosidad decidió que ignorar esa sensación era imposible.
—Bueno... ¿qué podría salir mal?
Comencé a caminar en la misma dirección en la que había desaparecido, siguiendo el rastro del lobo.
No tenía un plan, de hecho, mientras avanzaba entre los árboles, empezaba a preguntarme si aquello había sido una de las peores decisiones que había tomado en mi vida.
Aunque, considerando que hacía unas horas Julián me había asesinado supuestamente, ya nada me sorprendía.
Aparté una rama de mi camino y continué avanzando. El bosque se había vuelto mucho más oscuro y la luz de la luna apenas conseguía atravesar las copas de los árboles. Aun así, podía distinguir algunas huellas marcadas sobre la tierra húmeda.
—¿Dónde te metiste lobito?
No esperaba una respuesta, pero hablar conmigo misma hacía que aquel lugar se sintiera un poco menos aterrador.
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Editado: 09.09.2026