Reencarnada por la luna

Capitulo 4

Cap #4

El hombre que estaba de pie se tensó de repente. Su expresión cambió por completo mientras comenzaba a mirar hacia todos lados, como si hubiera escuchado algo que yo no podía percibir.

—Están aquí —dijo en voz baja.

Sus ojos continuaron recorriendo el bosque mientras su cuerpo adoptaba una postura mucho más alerta. El hombre herido también pareció comprender lo que ocurría e intentó incorporarse, aunque el dolor lo obligó a detenerse.

Yo, por mi parte, no escuchaba absolutamente nada.

Ni pasos. Ni voces. Ni siquiera una rama quebrándose.

Están dementes, pensé mientras los observaba.

—¿Podrían explicarme qué está pasando? —pregunté, mirando de uno a otro—. Porque si esto es algún tipo de broma, les aviso que no me está haciendo ninguna gracia.

El hombre levantó una mano, indicándome que guardara silencio.

—Shh.

Entrecerré los ojos, pero antes de que pudiera protestar, volvió lentamente la mirada hacia la espesura del bosque.

—Ya vienen.

Intenté concentrarme y agudicé el oído.

Nada.

—No escucho nada —murmuré.

Él permaneció en silencio, sin apartar la mirada del bosque.

El desconocidos se acercó al herido y pasó uno de sus brazos alrededor de sus hombros para ayudarlo a incorporarse. El otro apretó los dientes mientras se apoyaba en él, intentando ignorar el dolor que claramente le provocaba cada movimiento. Yo los observé en silencio hasta que escuché al primero murmurar entre dientes:

—No debí traerla… Se supone que es la mejor bruja. Pensé que podría ayudarte a sanar e irnos, Pero ahora ahora tenemos otra carga.

Alcé una ceja.

—¿Están hablando de mí?

El hombre guardó silencio durante un instante.

—No exactamente.

—Ah, claro. Porque decir «otra carga» mientras estoy parada frente a ustedes debe referirse a alguien más.

El herido volvió a reír divertido, pero su compañero le lanzó una mirada que hizo que recuperara la seriedad.

—Y tampoco soy una bruja —añadí.

Ambos me miraron con sorpresa.

—¿No?

—No. Al menos que yo sepa.

—Muévete si no quieres que nos maten… Bethany.

Pronunció mi nombre con un tono tan cargado de desprecio que no pude evitar fruncir el ceño.

—¿Por qué dices mi nombre como si te hubiera hecho algo?

—No tenemos tiempo para esto —respondió mientras empezaba a caminar—. Nuestro alfa tendrá muchas preguntas para ti. La más importante será por qué la manada más fuerte te rechazó y te lanzó al destierro.

Me quedé callada unos segundos.

— Yo también espero poder descubrir eso —respondí —. Porque hasta ahora ustedes parecen saber mucho más sobre mi vida que yo misma..

— Tranquilo Michael — dijo entonces el herido. — Salgamos rápido, puedo sentir que se acercan.

Sin decir nada más, y mirando hacia todas partes con paranoia, comencé a seguirlos aún confundida, pero parecía más seguro ir con ellos que quedarme sola en aquel bosque.

Caminamos no sé cuántos metros; la verdad, el recorrido había sido bastante rápido, lo cual resultaba extraño considerando que el ahora conocido Michael prácticamente llevaba a su compañero a rastras. El chico apenas podía mantenerse en pie y, aun así, avanzábamos por el bosque a una velocidad que me habría resultado imposible mantener en circunstancias normales. Intenté no darle demasiada importancia al principio, pero después de varios minutos comencé a sospechar que quizá el problema no era solo que yo estuviera perdida.

—¿Siempre caminan tan rápido? —pregunté finalmente.

El herido soltó una pequeña risa.

—¿Te parece rápido?

—Bastante. Tú estás herido y él prácticamente te está arrastrando, pero aun así parece que vamos corriendo.

Michael me miró por encima del hombro.

—Nos estamos moviendo lentamente.

¿En qué mundo nos estábamos moviendo lentamente?

Miré mis pies y luego el sendero que desaparecía detrás de nosotros. Definitivamente no era lento.

—Claro... —murmuré—. Y yo soy una bruja.

El herido soltó una carcajada que terminó en un quejido de dolor.

—Ten cuidado con lo que dices. Podrías descubrir que sí lo eres.

—No me des más problemas de los que ya tengo. — recriminé.

Después de unos minutos más de caminata, el bosque comenzó a abrirse hasta dar paso a una pequeña aldea rodeada de árboles, con cabañas de madera y piedra distribuidas alrededor de un camino de tierra. Varias personas transitaban por el lugar, pero al reconocer a Michael y a su compañero, se acercaron rápidamente.

—¿Qué ocurrió? —preguntó una mujer.

—Está herido. Necesita atención —respondió Michael sin detenerse.

De inmediato, varios se encargaron de ayudar al herido, aunque no tardaron en reparar en mi presencia. Las miradas de sorpresa y desconfianza se multiplicaron a nuestro alrededor, acompañadas de murmullos que no alcanzaba a distinguir. Un par de niños incluso me señalaron hasta que una mujer les bajó las manos.

—¿Por qué todos me miran así? —pregunté en voz baja.

El herido, ahora sostenido por dos personas, me dedicó una sonrisa divertida.

—Porque te conocen.

— Eso es bueno ¿No? Espero que no quieran lincharme cómo los anteriores. — Hablé bajito, lo suficiente para que sólo yo pudiera oírlo.

—Vamos, Beth —me llamó mientras comenzaba a avanzar—. El alfa te está esperando en el castillo.

Detuve mi andar cuando escuché la palabra castillo, dicha con naturalidad.

—¿El castillo?

—Sí.

—¿Y lo dices como si fuera lo más normal del mundo?

Miré las pequeñas construcciones que nos rodeaban y después a él.

—Aquí lo es —respondió con naturalidad.

Suspiré. Cada minuto en aquel lugar conseguía ser más extraño que el anterior. Michael pasó junto a mí y siguió de largo.

—¿Piensas quedarte ahí parada toda la noche?

—¡Ya voy! —protesté, apresurándome para alcanzarlos—. Solo intento procesar que aparentemente vivo en un cuento medieval.




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