Cap #11
Valhir se puso de pie. Su vestimenta era... extraña. Y definitivamente no se parecía en nada a los magos elegantes y misteriosos que había visto en las películas de mi mundo.
Llevaba una especie de túnica roja que caía por detrás, adornada con símbolos extraños, sobre un traje completamente negro. Lo observé de arriba abajo, intentando decidir si aquello era realmente ropa de mago o si simplemente había perdido una apuesta.
—Hola, Bethany.
Fruncí el ceño al escuchar que me llamaba por mi nombre y, casi de inmediato, dirigí una mirada confundida hacia Edrik.
—Tranquila, Beth. Es de confianza. Le conté todo lo ocurrido y quiere ayudarnos a resolver este misterio.
Volví a mirar a Valhir.
Así que Edrik le había contado todo.
Perfecto.
Así me evitaba el hecho de tener que repetir toda mi historia otra vez. Sonreí.
—Valhir estará aquí todos los días. Se instalará en una de las casas del este y te dará clases por las tardes. Antes de eso, tomarás clases con Michael y el resto de los lobos novatos. — Continuó explicando Edrik.
Parpadeé un par de veces.
¿Clases?
¿Con Michael?
Miré a Edrik con una mezcla de sorpresa y resignación.
—¿También tengo que entrenar con ellos?
Edrik asintió con tranquilidad.
Genial.
—Bueno... —murmuré, intentando convencerme a mí misma—. Al menos ya tengo maestro de magia.
Miré de reojo a Valhir quién se acercó con paso lento, pero decidido, y extendió una mano hacia mí.
—¿Me permites, Bethany? —preguntó mientras su mirada recorría mi rostro, como si buscara alguna expresión distinta... o quizá algo peligroso.
Lo pensé durante unos segundos antes de mirar a Edrik, esperando que me confirmara si debía hacerlo. Él, por supuesto, asintió con tranquilidad. Suspiré y levanté mi mano para colocarla sobre la de Valhir.
—Bien —dijo él, concentrándose en el contacto—. Esto nos ayudará a descubrir si tienes algo de esencia mágica en este cuerpo.
Bajé la mirada hacia nuestras manos. No sabía por qué, pero escuchar aquello me puso un poco nerviosa.
—¿Y qué pasa si tengo demasiada?
Valhir me miró con calma.
—Lo descubriremos.
Eso no sonó nada tranquilizador.
—Solo quédate tranquila, Bethany —intervino Edrik.
—Estoy tranquila.
Valhir alzó una ceja.
—Estás apretando mi mano.
Miré nuestras manos y, efectivamente, lo estaba haciendo. La solté de inmediato.
—Es... una técnica de concentración. — me justifiqué.
Sacudí mi mano y respiré profundamente antes de volver a colocarla sobre la de Valhir. Al principio no sentí absolutamente nada, pero unos segundos después comenzaron a recorrerme pequeños toques de electricidad. La sensación me resultó extrañamente familiar, como cuando de niña había intentado tocar un enchufe y, después de recibir aquel pequeño calambrazo, me habían regañado por hacer semejante estupidez.
Abrí los ojos, parpadeé varias veces y finalmente arrugué la nariz.
—Okey... esto se siente muy raro.
Valhir cerró los ojos, tratando de concentrarse, o al menos eso parecía. Arrugó el rostro un par de veces y, de pronto, aquella sensación electrizante se dispersó por todo mi cuerpo, recorriéndome desde la punta de los dedos hasta la cabeza. Intenté no moverme, aunque cada pequeño cosquilleo me hacía querer apartar la mano.
—Aguanta un poco, Beth... —escuché la voz del alfa dentro de mi conciencia... o fuera de ella. A esas alturas ya no estaba segura.
Finalmente, Valhir me soltó y comenzó a examinarme con detenimiento.
—¡Ahí está! —exclamó alegremente—. Mírelo, alfa. Es maravilloso.
Intercalé miradas entre ambos, completamente perdida. Yo no veía absolutamente nada.
—Yo no veo nada —dije, encogiéndome de hombros.
Valhir tomó entonces un mechón de mi cabello y lo colocó frente a mis ojos.
Morado.
Parpadeé.
Volví a parpadear.
—¿Mi cabello...?
Hasta donde yo sabía, mi cabello no era morado.
—¿Desde cuándo tengo el cabello morado?
Valhir soltó una pequeña risa antes de responder. Se veía eufórico, casi como un niño que acababa de descubrir un tesoro, mientras que Edrik, por el contrario, parecía cada vez menos contento.
—Tu cabello no es morado, tontuela —explicó Valhir, divertido—. Solo es un mechón el que adquiere ese color. Así descubrimos si alguien tiene magia.
Fruncí el ceño y volví a mirar el mechón entre sus dedos, todavía sin entender del todo cómo aquello podía ser una prueba de magia. Fue entonces que Valhir descubrió parte de su cabeza y apartó su propio cabello, dejando al descubierto dos pequeños mechones: uno dorado y otro plateado.
—¿Y esos qué significan?
—Mi esencia mágica —respondió con naturalidad.
Miré los dos mechones y después el mío.
Bueno... al menos el mío era morado.
—¿Eso significa que tengo magia?
Valhir sonrió ampliamente.
—Significa que tienes mucha más de la que esperábamos.
—Pero también significa algo más, ¿cierto? —preguntó Edrik, serio por primera vez.
Valhir dejó de sonreír y asintió lentamente. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Yo los observé, sintiendo cómo una pequeña inquietud comenzaba a crecer dentro, hasta que Valhir finalmente volvió la mirada hacia mí.
—Bethany... tú no eres Nerea.
Por un instante me quedé completamente inmóvil.
Después, algo dentro de mí quiso gritar.
¡Lo sabía!
Una parte sintió un alivio tan grande que casi me dieron ganas de sonreír. Desde el primer momento se los había dicho. Yo no era Nerea. No sabía quién era ella, no recordaba su vida, sus recuerdos ni las cosas que supuestamente había hecho. Pero nadie podía entenderlo. Todos me miraban como si estuviera confundida, como si simplemente hubiera olvidado quién era.
Y ahora alguien finalmente me estaba dando la razón.
Yo sabía que no estaba loca.
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Editado: 12.09.2026