Durante mucho tiempo, yo camine a ciegas. Mi hilo estaba tenso, arrastrándose entre las cenizas de un pasado que me obligó a crecer a golpes, rompiendo mis defensas y enseñándome a mirar el mundo a través de una coraza de hierro y apatía. Aprendí a desconfiar de las palabras bonitas, a dudar de las intenciones de los hombres que decían quererme y a refugiarme en el silencio de mi taller de ropa, en el calor de mi madre y en los ojos inocentes de mis dos más grandes tesoros. Para mí, el amor era una palabra desgastada por los engaños, una quimera que no me pertenecía. Estaba sanando, sí, buscando pedazos de paz en los bancos de una iglesia cada domingo y en el aroma de un café turco esporádico, convencida de que mi vida ya estaba escrita y que la soledad era mi único escudo seguro.
Nuestras vidas no estaban listas en el pasado. Éramos como dos astros girando en órbitas distintas, esperando el momento perfecto en que el dolor dejara de quemar y las corazas se empezaran a agrietar. Había retos esperándonos en las sombras, memorias que dolería arrancar del pecho y verdades que nos harían temblar las piernas.
Pero el hilo ya estaba amarrado.
Esta no es la típica historia donde todo es fácil. Es el relato de cómo dos personas rotas por la vida se encontraron en el tiempo preciso. Es la crónica de cómo él se ganó, centímetro a centímetro, el derecho a transformar mi mundo, a enseñarme a ver los pequeños detalles y a recordarme por qué valía la pena volver a encender la luz en medio de la oscuridad más profunda.
Porque cuando el tiempo por fin nos encontró, supimos que, sin importar las tormentas del pasado, nuestros caminos se habían unido para no separarse jamás.