El despertador sonó un lunes a las seis de la mañana, rompiendo el silencio del amanecer en Kuzguncuk. Me levanté de la cama con el cuerpo arrastrando el cansancio del fin de semana, pero con la mente ya activada en modo piloto automático. Caminé de puntillas por el pasillo de nuestra pequeña casa para no despertar a la pequeña Ayla, que dormía plácidamente arropada en su cuna. Mi madre, Saliha, ya estaba despierta en la cocina, preparándome esa mirada de complicidad que solo las dos entendíamos. Me dio un beso en la frente y se sentó cerca de la bebé, asegurándome con un gesto que podía irme tranquila.
Despertar a Adem siempre era una pequeña batalla de sonrisas y bostezos. Lo ayudé a vestirse con el uniforme escolar, revisé que su mochila tuviera los cuadernos en orden y salimos a la calle justo cuando los primeros rayos de sol teñían de dorado las fachadas de madera del barrio.
Caminar por la avenida Icadiye un lunes por la mañana era sumergirse en el ritmo vibrante de Estambul. Llevaba a Adem de la mano, esquivando a los vecinos que abrían las panaderías con olor a pan recién horneado y el trajín de los primeros autos. Al dejarlo en la puerta del colegio y verlo entrar con su paso saltarín, respiré hondo. El primer deber del día estaba cumplido.
De regreso, caminé un poco más despacio por las calles empedradas, deteniéndome en un pequeño mercado local para comprar los víveres necesarios para la semana. Cargando las bolsas, con el peso de la tienda virtual en la mente y los pendientes de los clientes del negocio rondándome la cabeza, sentí que mi cuerpo me pedía a gritos un respiro. Un oasis antes de volver a encerrarme a armar las manualidades y las flores que tenía prometidas.
Caminé hacia mi rincón favorito del mundo: el Mavi Bahçe Cafe.
Entré al local sintiendo el tintineo de la campana en la puerta y saludé con un gesto amable al barista. No me quedé adentro; busqué la terraza exterior, esa pequeña esquina de madera con vista a la bajada de la colina, donde el paisaje del barrio se mezclaba a lo lejos con el azul imponente del Bósforo. Me senté, dejando las bolsas a un lado, y esperé mi café turco.
Cuando la taza humeante estuvo frente a mí, saqué el libro de fantasía de mi bolso. Sin embargo, no pasé de la primera página. Me quedé contemplando el vapor que subía de la taza, sintiendo el peso de la mujer que era hoy. Sabía que era una leona, una trabajadora incansable, pero también reconocía mis fallas, esa apatía fría que a veces me cegaba y que me había llevado a cometer errores que todavía me pesaban en el alma.
Un suspiro pesado se me escapó del pecho al pensar en él. En Kerem.
Una punzada de nostalgia y culpa me apretó el corazón. Recordé sus mensajes, su paciencia, la forma tan pura en que siempre me había respetado a pesar de que yo sabía perfectamente que él quería algo más conmigo. Él jamás me forzó a nada; se mantuvo como un amigo incondicional cuando mi mundo se caía a pedazos por culpa del papá de Ayla. Y yo, aterrada por mis propias cicatrices y el dolor del pasado, decidí alejarlo. Corté el hilo. Lo hice por mí, porque necesitaba pasar mi proceso a solas, pero sobre todo lo hice por él, para no arrastrarlo a mis tormentas ni hacerle daño a la única persona que de verdad quería estar conmigo con intenciones limpias. Me dolió en el alma dejarlo ir, y la incertidumbre de saber si algún día me perdonaría o si ya me habría borrado de su vida para siempre era una sombra constante en mi mente.
Le di un sorbo al café, dejando que el sabor amargo me recorriera la garganta, y la mirada se me perdió en el horizonte de Estambul. ¿Cómo había llegado a ser esta mujer tan agrietada? ¿En qué momento comencé a construir esta armadura de hierro que terminó alejando lo bueno?
Cerré los ojos, y el ruido de la terraza empezó a desvanecerse. El hilo de mis pensamientos me arrastró con fuerza hacia atrás, cruzando el océano del tiempo y la distancia, hasta deteneme en un recuerdo que todavía me hacía temblar el pecho.
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Aquí el primer capítulo, disfrútenlo.