Si era completamente honesta conmigo misma mientras observaba el agua fría del Bósforo, mi coraza no empezó a construirse con los desengaños de mi adultez. Se forjó mucho antes, en las cenizas de una infancia que nos fue arrebatada por la irresponsabilidad y el silencio.
Mi mente viajó al pasado, a los días en La Chivera. A mis siete años, yo creía tener una vida perfecta: mi hogar, mi casita del árbol, la vegetación y la ilusión de que mi papá era un héroe protector. Pero detrás de esa fachada, se escondía una verdad amarga. Mi papá estaba enfermo y decidió callarlo. Por orgullo, negligencia o cobardía, no le dijo nada a mi mamá. Y ella, sumida en su propia rutina, tampoco fue lo suficientemente atenta para darse cuenta de que el hombre con el que compartía su vida se estaba derrumbando.
En lugar de enfrentar la realidad e ir al médico, tomó una decisión egoísta que nos dejó a la deriva: nos hizo mudarnos a la fuerza a casa de mi abuela. De la noche a la mañana, lo perdimos todo. Nos fuimos con lo puesto a un lugar que no era el nuestro.
Allí comenzó la verdadera pesadilla. A los pocos meses, la enfermedad que mi papá ocultó le detonó en un ACV devastador. La casa de mi abuela se convirtió en un caos. Mi mamá vivía metida en el hospital, y a mi hermanito y a mí nos dejaron atrapados en una red de mentiras. «Su papá está de viaje», nos decían. Hubo días y noches enteras en las que nos quedamos completamente solos, siendo apenas unos niños, enfrentando el miedo en medio del silencio.
Cuando mi papá murió, el dolor vino acompañado de una amarga decepción: nos habíamos quedado sin nada. Si él hubiera sido responsable y se hubiera chequeado a tiempo, quizás el desenlace habría sido distinto. Y si no se podía evitar, al menos habríamos conservado nuestro propio hogar. Su irresponsabilidad nos condenó a años de complicaciones y desamparo.
El luto por la muerte de mi padre ni siquiera tuvo tiempo de asentarse en nuestras almas cuando el segundo golpe nos derribó. Mi abuela paterna, cegada por rencores que nunca nos pertenecieron a nosotros como niños, nos dejó claro que ya no había espacio para mi madre, mi hermano y para mí en su casa. De la noche a la mañana, nos encontramos con la vida empacada en unas cuantas bolsas de plástico, despojados de la única certeza que conocíamos.
Tuvimos que huir hacia la inmensidad sofocante de Estambul, buscando refugio en la casa de una tía. Pero el refugio pronto se convirtió en otra prisión. Nos acomodaron en un cuarto minúsculo, un espacio frío donde apenas podíamos estirar las piernas sin tropezar unos con otros. No teníamos nada.
Ahí aprendí a crecer a la fuerza. Mientras asistía a la escuela intentando concentrarme entre libros prestados, la realidad al volver a aquel cuarto era implacable. Para una niña de mi edad, las responsabilidades sobrepasaban por completo mis fuerzas: limpiar, acatar órdenes sin chistar y cargar con el peso de no sentirme bienvenida. Aprendí a caminar de puntillas, a volverme invisible para no generar molestias, a tragarme las lágrimas antes de que alguien las notara.
Pero la casa de mi tía fue solo la primera parada de un peregrinaje amargo. Los problemas no tardaron en aflorar y la incomodidad de albergar a dos niños pequeños y a una madre rota se volvió insostenible. Así comenzó nuestra rutina de ser errantes.
Nos mudamos hacia las afueras, a zonas más alejadas como Pendik. De un barrio a otro, de casa en casa. Nos recibió una de mis hermanas por un tiempo, luego nos desplazamos hacia la casa de otra. No existía un techo fijo. La vida para mi mamá, mi hermano y para mí se transformó en un movimiento perpetuo marcado por la incertidumbre. Cada vez que intentaba acostumbrarme al olor de una habitación o al camino hacia una nueva escuela, las tensiones explotaban y debíamos empacar de nuevo.
Éramos dos niños envueltos en un torbellino de adultos. Recuerdo la angustia constante en el pecho, ese nudo helado al escuchar discusiones en la cocina a altas horas de la noche, sabiendo que el tema de conversación éramos nosotros y el espacio que ocupábamos. La desolación de no tener un lugar en el mundo al cual llamar «hogar» se incrustó profundamente en mis huesos.
Aquella expulsión tras la muerte de mi padre fue la gota que derramó el vaso, el acontecimiento que quebró definitivamente mi infancia. Sin saberlo, entre tanta inestabilidad, promesas rotas y mudanzas apresuradas, comencé a construir una armadura. Me juré a mí misma que cuando fuera grande, jamás permitiría que nadie me hiciera sentir que estorbaba, y que pasara lo que pasara, mis futuros hijos jamás sabrían lo que significaba no tener un lugar seguro donde dormir.
Limpié con rabia contenida una lágrima dura que amenazaba con salir. Kerem no solo conoció a una mujer cautelosa; conoció a la niña a la que le enseñaron a golpes que las decisiones de los demás te pueden dejar sin nada. Y por eso mismo, dejar entrar a alguien a mi vida de nuevo me provocaba un terror que solo Dios y yo conocíamos.
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Aquí el segundo capítulo, espero lo disfruten...