Reescribiendo las reglas

Capítulo 3: Entre hilos, cuentas pendientes y el presente

El frío de las calles de Estambul me recibió de golpe en cuanto crucé la puerta de la cafetería. Ajusté la bufanda alrededor de mi cuello y di un respiro profundo. El amargo del café aún permanecía en mi garganta, pero la melancolía que me había envuelto minutos atrás tuvo que quedar atrás. El pasado ya se había contado solo en mi cabeza; ahora me tocaba lidiar con la realidad. Y la realidad exigía acción.

Caminé con paso firme por la acera, sacando el teléfono del abrigo. El reloj en la pantalla me marcaba que el tiempo jugaba en mi contra: tenía unas cuantas horas para hacer las compras de material, gestionar las ventas del negocio y cruzar la ciudad para buscar a Aden al colegio a tiempo.

Puse el altavoz y marque el primer número de mi lista de pendientes. Mi primera deudora. Una semana entera esquivando mis mensajes.

—¿Sí? —contestaron al tercer timbre, con una voz algo distraída.

—Hola, buenas tardes —dije, manteniendo la firmeza en la voz sin perder la cortesía—. Hablas con Aily. Quería saber cómo estás y, de paso, consultar cuándo vas a terminar de saldar el pago de las prendas que te entregué la semana pasada.

Un silencio incómodo se apoderó de la línea antes de que suspiraran del otro lado.

—¡Ay, Aily! Qué pena contigo... Es que he tenido unos días complicados, tú sabes cómo es todo esto.

—Lo entiendo perfectamente —interrumpí con voz serena pero tajante, esquivando un grupo de turistas mientras cruzaba la calle—. Pero recuerda que yo también muevo mercancía continuamente. De hecho, esta semana me llega un nuevo pedido de ropa al mayor y necesito cerrar las cuentas anteriores. Tampoco quiero que te descuides.

—Sí, sí, te entiendo. Mañana a primera hora sin falta te hago la transferencia de la mitad, te lo prometo.

—Está bien. Quedamos así entonces. Que tengas feliz tarde.

Colgué antes de que inventara otra excusa y solté un suspiro. De inmediato busqué el contacto de la segunda deudora. La historia fue similar, pero tras un par de estiras y aflojas, logré que se comprometieran a pagar antes del fin de semana. No podía darme el lujo de perder dinero; cada lote de ropa era un esfuerzo enorme.

Mientras caminaba hacia el mercado de insumos, abrí mi grupo de WhatsApp del negocio. Escribí un mensaje rápido para mis clientas:

"¡Buenas tardes a todas! Les aviso que muy pronto tendremos disponible la nueva colección de ropa importada al mayor. Además, abrimos pedidos para un nuevo proyecto: arreglos y flores artesanales hechas a mano con cintas de raso. ¡Atentas a los catálogos que estaré subiendo hoy!"

Guardé el teléfono un segundo para entrar al abarrotado mercado. El olor a especias, el bullicio de los comerciantes y el brillo de los puestos me devolvieron la energía. Me dirigí directo al local de bisutería y manualidades.

¡Merhaba! —me saludó el vendedor detrás del mostrador.

—Hola, buenas tardes —respondí, señalando los estantes—. Necesito cintas de satén de varios colores, especialmente tonos vivos, y los alambres para armado. ¿A cuánto tienes el rollo al mayor?

Empecé a seleccionar los materiales cuidadosamente. Crear las flores requería paciencia, pero sabía que a la gente le encantaban esos detalles. Mientras el vendedor empacaba mis cintas, aproveché para consultar con un conocido del sector que también estaba en la tienda sobre un nuevo contacto de distribuidores de ropa en la ciudad.

Al salir del local con las bolsas en la mano, el teléfono volvió a sonar en mi bolsillo. Era el momento de revisar lo más importante del día. Marqué a casa.

—¿Aló? —escuché la voz cálida de mi mamá al otro lado.

—Mami, hola. ¿Cómo está todo por allá? ¿Cómo se está portando Aila?

—Hola, mi niña. Todo perfecto por aquí, no te preocupes —respondió mi mamá, y de fondo pude escuchar los balbuceos y risitas de la pequeña Aila jugando—. Ya almorzó y está tranquila. ¿Tú dónde andas?

—Caminando sin parar —sonreí con alivio al escuchar a mi hija—. Ya compré las cintas para las flores y cobré parte de lo de la ropa. Voy directo a la parada para ir a buscar a Aden a la escuela, no quiero que me agarre el tráfico y se me quede esperando.

—Tranquila, ve con cuidado. Por Aila no te preocupes, que aquí la tengo consentida. Nos vemos en un rato.

—Gracias, mami. Te quiero.

Colgué la llamada y apresuré el paso. Mis piernas ya empezaban a sentir el cansancio de tantas cuadras recorridas. "Necesito comprar un carro cuanto antes", pensé para mis adentros mientras esquivaba a la multitud. Caminar, tomar transporte público y cargar bolsas todos los días no era sostenible a largo plazo. En cuanto el negocio fluyera un poco más, ese sería mi próximo gran paso.

Al detenerme en el semáforo para peatones, saqué el teléfono una vez más para revisar la hora. Mis dedos, casi por inercia, abrieron los estados de WhatsApp. Y ahí estaba su nombre: Kerem.

Miré su foto de perfil. Había subido una imagen de su día, se le veía bien, tranquilo. Sentí un pequeño vuelco en el estómago, esa punzada de inevitable nostalgia.

A veces me escribía. Mensajes cortos, sencillos: "¿Cómo estás?", "¿Cómo van los niños?". Mis respuestas siempre eran cortas, educadas, casi vagas. No porque no me importara, sino porque sabía que aún tenía heridas que sanar. No quería dar pasos en falso ni lastimarnos de nuevo. Sin embargo, en el fondo de mi corazón, saber que él seguía ahí y que no me había sacado por completo de su vida me daba una extraña sensación de paz.

El semáforo cambió a verde. Guardé el teléfono, apreté el agarre de las bolsas y crucé la calle. Kerem tendría su momento, pero ahora, Aden me esperaba en la salida de la escuela.

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Llegué a la escuela justo a tiempo. El bullicio en la entrada ya era el típico de la hora de salida: padres conversando en la acera, niños corriendo con sus mochilas a cuestas y risas rebotando por todo el pasillo. Cruzar la puerta y sentir el ambiente cálido del colegio me dio un respiro del ajetreo de la calle.




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