El sábado amaneció con esa luz tibia que suele colarse entre las cortinas de Kuzguncuk. Para mí, los fines de semana no eran sinónimo de descanso, sino de poner en orden la vida. Desde muy temprano me dediqué a limpiar el cuarto, a lavar la ropa de la semana y a aplicarme un tratamiento en el cabello que llevaba días postergando. Mientras el olor a lavanda y a productos capilares llenaba la habitación, me encargué de que Aden se sentara a terminar sus deberes escolares, mientras Aila correteaba de un lado a otro jugando tranquila con sus juguetes en el piso.
A media mañana, el murmullo de voces en el pasillo y el sonido de la puerta principal anunciaron lo predecible: mis hermanas y mis sobrinos habían llegado. Como solían hacer los fines de semana, venían a visitar a mi mamá. Mi hermana también aprovechaba estos días para revisar la casa, ya que ella vivía en otro sector del estado. En Turquía, las reuniones familiares son ruidosas, llenas de té, preguntas y una calidez que a veces puede resultar abrumadora cuando una busca un poco de espacio mental.
Salí de la habitación, saludé a todos con un abrazo breve, conversé un par de minutos sobre la rutina y, sin hacer demasiado ruido, me retiré de nuevo a mi refugio. Me encerré en el cuarto con los niños. Mientras Aden leía y Aila armaba sus bloques, me senté en el escritorio a avanzar en unos detalles manuales, terminando de confeccionar unas flores de tela que tenía pendientes.
En un momento de pausa, tomé el celular con la intención de escribirle un mensaje a Nuria. Sin embargo, al abrir la aplicación, mis ojos fueron a parar involuntariamente a la pestaña de los estados. Ahí estaba la foto de Kerem.
Aparecía rodeado de un grupo de amigos y amigas, sonriendo, y justo a su lado estaba una muchacha. Una punzada helada me atravesó el pecho. Sentí un vuelco amargo en el estómago, una mezcla de rabia y celos repentinos que me descolocó por completo. Ni siquiera quise admitirlo en el primer segundo; simplemente me invadió una profunda tristeza.
Impresionada por mi propia reacción, tiré el teléfono bruscamente sobre la cama.
«¿Qué me pasa?», me recriminé a mí misma en silencio, sujetándome el borde del escritorio. «Yo fui la que lo alejó. Yo puse los límites, yo construí el muro. No tengo ningún derecho a sentirme así».
Me quedé de pie unos segundos, respirando profundo para recuperar la firmeza. Lanzar el teléfono había sido un gesto infantil e inútil. Lo recogí de la cama, dejando de lado los estados de WhatsApp, y me enfoqué en lo que iba a hacer originalmente. La bulla de los niños y las voces de la familia afuera empezaban a saturarme; necesitaba salir de la casa y hablar con alguien que entendiera mis silencios.
Le escribí directamente a Nuria:
—¿Estás en casa?
A los pocos segundos, su respuesta llegó:
—Sí, Aily, estoy aquí. Vente sin pensarlo. Ponemos a los niños a jugar abajo en el parque de la residencia y conversamos tranquilas de lo que quieras.
Sin pensarlo dos veces, vestí a los niños con algo cómodo, junté mis cosas, arreglé un poco mi cabello y tomé un bolso pequeño. La residencia de Nuria quedaba a escasos quince minutos caminando. El trayecto corto me sirvió para aclarar los pensamientos y despejar la mente con el aire fresco de las calles.
Al llegar, Nuria me recibió con la calidez de siempre. Nos dimos un abrazo apretado en la entrada y bajamos de inmediato al patio interno del conjunto residencial. Dejamos que Aden, Aila y la hija de Nuria —que tiene nueve años— corrieran hacia el área de juegos. Nosotras nos sentamos en uno de los bancos de madera bajo la sombra de los árboles.
—¿Te pasa algo? Te noto la mirada desencajada —me preguntó Nuria en cuanto nos acomodamos, observándome fijamente.
Solté un suspiro largo, mirando cómo Aden empujaba el columpio de su hermana.
—Vi un estado de Kerem —confesé con la voz baja, sintiendo un nudo en la garganta—. Salía con varios amigos... y había una chica al lado de él. Nuria, me dieron unos celos horribles. Me puse mal, me dio una rabia y una tristeza ridícula. Y me da rabia conmigo misma porque no tengo derecho. Fui yo quien decidió alejarlo, fui yo quien cerró esa puerta.
Nuria me escuchó en silencio, asintiendo suavemente antes de responder.
—Aily, es normal que sientas eso. Una cosa es la decisión racional que tomaste para protegerte a ti y a tus hijos, y otra muy distinta es lo que siente el corazón cuando ve que la otra persona sigue con su vida. No te castigues tanto por sentir.
Hablamos largo rato sobre mis contradicciones, sobre el miedo a dejar entrar a alguien y el dolor que provoca ver la distancia hecha realidad. Pero al observar la cara de mi amiga, noté que sus ojos no tenían el brillo habitual; había algo pesado en su expresión.
—¿Y tú cómo estás? —le pregunté, cambiando el tono—. Te veo un poco afligida. ¿Pasa algo en casa?
Nuria bajó la vista hacia sus manos y suspiró.
—Cosas con mi esposo, Aily. Tú sabes que la diferencia de edad a veces complica las dinámicas. Es un hombre difícil, rígido en sus formas. Además, se va del país por trabajo durante casi dos meses, y toda esta tensión previa me tiene la cabeza a mil.
Nos quedamos allí compartiendo nuestras desdichas y nuestras pequeñas victorias, desahogándonos sin juzgarnos. Poco a poco la conversación se volvió más ligera; entre historias, anécdotas de los niños y recuerdos, la risa volvió a aparecer. La tarde se nos fue volando entre confidencias hasta que el sol empezó a ocultarse y las luces del parque se encendieron.
Eran cerca de las siete de la noche cuando me puse de pie.
—Bueno, amiga, me tengo que ir —dije llamando a los niños, que venían sudados y sonrientes de tanto jugar.
—Oye —me dijo Nuria mientras nos despedíamos—, tenemos que organizar una pijamada de fin de semana pronto. Te traes a Aden y a Aila y nos quedamos hablando toda la noche.