La semana comenzó con el acelerador a fondo y una nube de incertidumbre flotando sobre mi cabeza. Los lunes por la mañana en la casa solían ser caóticos, pero esta vez la presión financiera le añadía una carga extra de peso al ambiente. Mi negocio de ropa virtual, que tanto esfuerzo me costaba sostener entre viajes para buscar mercancía y entregas a tiempo, estaba atravesando un bache amargo: la gente no estaba pagando.
Dejé a Aila jugando un momento en la alfombra y me senté en la orilla de la cama con el teléfono en la mano y la libreta de cuentas sobre las piernas. Tenía una lista de clientes con pagos atrasados. Mis ingresos dependían directamente de esa cobranza, y la falta de empatía de algunos me estaba ahogando.
Marqué el primer número.
—Hola, buenos días —dije intentando mantener un tono firme pero educado al responder la llamada—. Te llamo para saber qué pasó con la cuota de las prendas que te entregué hace dos semanas. Quedamos en que me transferías el viernes sin falta.
—Ay, Aylee, disculpa, es que he tenido unos gastos imprevistos... Dame unos días más, por favor —escuché al otro lado de la línea.
Apreté los labios, sintiendo cómo se me formaba un nudo de frustración en el estómago.
—Entiendo que tengas inconvenientes, pero yo también trabajo de esto y tengo compromisos que cubrir —le respondí con seriedad—. Así como tú tienes tu trabajo y tus cuentas, este es mi sustento. Necesito que te pongas al día lo antes posible.
Colgué tras recibir otra promesa a medias. Hice dos llamadas más con respuestas parecidas. La molestia me quemaba por dentro; me estaba replanteando seriamente si este negocio iba a seguir funcionándome si la gente mantenía esa irresponsabilidad.
Todo mi esfuerzo se iba en sostener una estructura que a veces parecía desmoronarse por la falta de compromiso ajeno.
A esa inquietud de las cuentas se sumaba mi situación en casa. Aunque la relación con mi mamá estaba en una etapa mucho más tranquila que en el pasado, la convivencia diaria seguía siendo un terreno delicado.
Habíamos tenido muchos choques en el pasado por diferencias de opinión y formas distintas de ver la vida. Aunque guardaba la fe de que con el tiempo podíamos sanar por completo nuestras dinámicas, estar en una casa prestada me recordaba a cada segundo que necesitaba construir mi propio espacio. Soñaba con un hogar que fuera realmente nuestro, un lugar donde Aden y
Aila tuvieran sus propios cuartos y donde no dependiéramos del techo de nadie más.
A mitad de la mañana, mientras ordenaba la cocina, me obligué a hacer una llamada que siempre me dejaba un mal sabor de boca: al papá de Aden.
—¿Alo? —contestó seco.
—Hola. Te estoy llamando por Aden —fui directo al punto—. Necesito saber cuándo vas a mandar el dinero para sus cosas. Ya va a salir de vacaciones de la escuela, pero necesita materiales, ropa y cosas personales para estos días. Yo no puedo cubrir absolutamente todo sola, y ya va bastante tiempo en el que no aportas lo que le corresponde.
—Tú sabes que la situación está dura, Aylee. No me estés presionando así, no tengo toda esa cantidad ahorita —se quejó de inmediato.
—No te estoy presionando, te estoy pidiendo lo que le toca a tu hijo —repliqué, conteniendo la rabia para no alzar la voz en la casa—. No es un favor que me haces a mí, es la responsabilidad con él. Yo me mato trabajando todos los días para que a mis niños no les falte nada.
Tuvimos una breve pero tensa disputa por teléfono. Él intentaba justificarse y yo me mantuve firme en mi postura. Finalmente, tras varios minutos de discusión, soltó un suspiro de fastidio:
—Está bien. Te voy a pasar la mitad del dinero entre hoy y mañana para que le compres eso al niño. Luego vemos lo demás.
—Espero que esta vez sí cumplas. Aden necesita sus cosas —dije antes de cortar la comunicación.
Solté el teléfono sobre la mesa de la cocina y me pasé las manos por la cara. La jornada apenas empezaba y yo ya me sentía exhausta. Para completar la lista de pendientes morales, tenía presente que no le había escrito a Gaby. Sentía una opresión constante por estar tan desconectada de ella, pero confiaba en que en algún momento las aguas se calmarían y podría sentarme a explicarle todo con la calma que se merecía.
A mediodía, la rutina me exigía volver a activarme. Mi mamá estaba ocupada con sus cosas de trabajo, así que me correspondía ir a buscar a Aden a la escuela. Preparé un bolso pequeño, vestí a la pequeña Aila con un conjuntito cómodo y nos dispusimos a salir. Mientras la peinaba frente al espejo, aproveché para practicar sus palabras.
—A ver, mi amor, di: «mamá» —le pedí sonriendo.
Aila me miró fijamente con sus ojos grandotes, soltó una risita y balbuceó intentando imitarme:
—«Ma-má...»
—¡Eso, mi vida! Muy bien —le dije dándole un beso en la mejilla—. Poco a poco vamos a ir soltando esa lengua.
Con Aila agarrada de la mano, salimos a la calle. El sol de mediodía pegaba fuerte y el calor empezaba a sentirse pesado sobre el asfalto. Para evitar que la niña se agotara caminando bajo el sol, decidimos abordar el transporte público en la esquina. Nos acomodamos en uno de los asientos del autobús y en pocos minutos llegamos a las afueras del colegio de Aden.
El timbre sonó y una marea de niños comenzó a salir. A lo lejos vi la figura de Aden cargando su bulto con cierto desgano. Se acercó a nosotras y le di un abrazo, notando de inmediato su carita de cansancio.
Camino a casa, nos detuvimos un momento en un pequeño parque a la sombra para hablar tranquilos. Aila jugaba con unas hojitas secas en el suelo mientras yo me sentaba frente a mi hijo.
—Aden, necesito hablar contigo en serio sobre la escuela —le dije mirándolo a los ojos con ternura pero con firmeza—. Tu maestra me dijo que te estás distrayendo mucho. Ya vas a salir de vacaciones, pero necesito que pongas de tu parte en estas últimas semanas. Te voy a ayudar en la casa a repasar la lectura y a mejorar esa letra, pero tienes que poner ganas.