Reescribiendo las reglas

​? CAPÍTULO 8: El preludio de un respiro (Parte 2)

​El sábado llegó envuelto en un aura diferente. Abrí los ojos a las ocho de la mañana. Me había acostado exhausta la noche anterior, tras un viernes agitado entre compras y diligencias, pero el descanso completo me premió con una energía completamente renovada. La casa estaba sumida en una calma apacible.

​Salí de la habitación dejando la luz apagada para no alterar el sueño de Aila, que aún dormía plácidamente. Al cruzar el pasillo, noté que la puerta de mi madre estaba entreabierta; la escuchaba ordenando con tranquilidad algunos de sus asuntos personales. Decidí que ese día me encargaría yo misma del desayuno.

​Caminé hasta la cocina y puse la cafetera al fuego. Mientras el aroma tostado comenzaba a impregnar el aire, preparé unas pequeñas empanadas rellenas de queso y jamón, dorándolas hasta que quedaron en su punto exacto. Con todo listo, me serví una taza de café humeante y me senté en el mesón de la cocina. Abrí mi libro y leí un par de páginas mientras disfrutaba del silencio matutino.

​En ese instante, una sensación extraña recorrió mi pecho. No era una corazonada pesada ni un presagio de angustia; al contrario, era una calidez grata, un alivio sutil.

Bueno, debe ser porque por fin me voy a tomar un día para mí... Y eso está bien —pensé con una sonrisa serena.

​A los pocos minutos, mi mamá salió del cuarto y Aila despertó desperezándose. Le serví el desayuno a la niña y le serví una taza de café a mi mamá, quien se acomodó en la cocina a mi lado. Tuvimos un diálogo breve pero afectuoso, repasando de forma coordinada lo que sería la rutina del día. Con todo resuelto y la tranquilidad asentada en el hogar, regresé a mi habitación para arreglarme.

​Busqué en el clóset hasta dar con un vestido de color rosa viejo, de tirantes sencillos y de un largo elegante hasta las rodillas. Lo combiné con unas zapatillas cómodas. Me dejé el cabello rizado suelto, permitiendo que mis ondas cayeran con volumen natural, y me apliqué un maquillaje sutil que resaltaba mi frescura. Tomé mi bolso, asegurándome de llevar lo esencial: llaves, celular, cargador, una botella de agua y algunos retoques de maquillaje. Quería estar preparada para disfrutar sin contratiempos.

​Saqué el teléfono y le escribí a mi amiga:

—Nuria, ¿estás lista?

​A los pocos segundos, la pantalla se iluminó con la respuesta:

—¡Sí, estoy lista! Te espero en el centro para encontrarnos de una vez.

​*—Está bien, espérame allí en el spa —*contesté antes de salir.

​El reencuentro en el spa fue el inicio perfecto para la jornada. Durante una hora y media, el tiempo pareció detenerse entre aromas de aceites esenciales, música tenue y luces cálidas. Recibimos masajes reconfortantes y tratamientos faciales revitalizantes. No hacía falta llenar el aire con palabras; la simple compañía mutua en medio de aquella atmósfera de relajación profunda bastaba.

​Al salir, renovadas y con la piel luminosa, la brisa de la calle nos recibió alegremente.

—¿Qué te parece si buscamos algo dulce antes de seguir? —propuso Nuria.

​Terminamos en una pequeña panadería local. Nos acomodamos en una mesa pequeña y pedimos un pastel de maní cada una para picar. Mientras disfrutábamos del postre, la conversación fluyó hacia los planes a futuro.

​—He estado buscando trabajo activamente estos días —comenté, dando un sorbo a mi agua—. Quiero establecerme bien.

​—¿Sabes qué? Si quieres puedo decirle a mi esposo para que pregunte en el taller. A lo mejor hay algún puesto libre para ti —ofreció Nuria con entusiasmo sincero.

​—Ay, Nuria, de verdad muchas gracias, pero no quisiera causar ninguna molestia con tu esposo...

​—Para nada, Aylee, no es ninguna molestia. Al contrario, nos encantaría ayudarte.

​—Lo sé y lo aprecio de corazón —sonreí—, pero prefiero encontrar algo por mi cuenta. Necesito tener una visión clara de lo que quiero hacer y construir este camino por mí misma.

​—Está bien, te entiendo perfectamente. Pero de igual forma, si necesitas ayuda con lo que sea, solo me dices —concluyó Nuria, tomándome la mano con afecto.

​—Hecho. Gracias, amiga.

​La siguiente parada fue la peluquería, un lugar vibrante que prometía ser divertido. Yo no quería cambios drásticos; solo pedí un tratamiento hidratante para darle definición a mis rizos y que me arreglaran las uñas de los pies. Nuria, por su parte, decidió secarse el cabello para darle brillo y también se hizo la pedicura.

​Entre el sonido de los secadores y las bromas compartidas con el peluquero, las horas pasaron entre risas y complicidad. Al salir con el cabello impecable, caminamos sin prisa por las calles del centro, disfrutando del ambiente urbano, tomándonos fotografías e intercambiando confidencias de todo tipo.

​A mitad de la tarde, la misión se enfocó en la noche: necesitábamos una prenda especial para estrenar en el bar-restaurante Lucca.

​Recorrimos vitrinas e ingresamos al centro comercial observando cortes y telas. Tras probarnos varias opciones, Nuria eligió un vestido entallado de un llamativo color azul que resaltaba su figura. Yo, en cambio, opté por un vestido blanco con delicados lunares negros, de estilo top arriba y de caída suelta hasta la mitad de la rodilla, el cual combiné con unas sandalias sumamente cómodas pero elegantes. Satisfechas con las compras, pagamos y nos dirigimos a casa de Nuria para alistarnos.

​A eso de las siete de la noche, perfectamente arregladas y perfumadas, abordamos un taxi con destino a Lucca. Sentía una mezcla de expectativa y emoción revoloteando en mi estómago.

​Al llegar, la fachada del lugar lucía acogedora y elegante.

—Tenemos una reservación a nombre de Nuria —indicó mi amiga en la recepción.

​El anfitrión nos guió hacia la terraza. El ambiente del bar-restaurante era cálido, iluminado por luces tenues y pequeñas velas en cada mesa. Nos acomodaron en un espacio muy agradable: Nuria quedó sentada de espaldas a la entrada, mirando hacia los límites de la terraza, mientras que yo me ubiqué de frente a ella, teniendo una vista panorámica de todo el lugar.




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