El viernes amaneció con esa luz tibia que suele colarse suavemente por las ventanas de Estambul. En la cocina, el aroma a plátano dulce y mantequilla llenaba el ambiente mientras yo volteaba con cuidado unos panqueques en el sartén. Al lado, sobre el tope de mármol, dos vasos llenos de zumo de naranja recién exprimido esperaban por los niños.
Aden, de ocho años, y la pequeña Aila estaban sentados en los banquitos del mesón, mirando con entusiasmo cada uno de mis movimientos.
—¡Ya casi están listos! —les dije con una sonrisa, sirviendo los panqueques dorados en sus platos.
Mientras ellos comenzaban a desayunar, me sequé las manos con un paño y tomé mi teléfono de la barra para responder el mensaje de WhatsApp que acababa de entrar. Era Emre, el papá de Aden. Le escribí para confirmar la hora exacta en que pasaría a buscar al niño para su fin de semana.
«Estaré por allá entre las 9 y las 10 de la mañana. Te aviso cuando esté en el estacionamiento del conjunto», me respondió al poco tiempo.
Con la hora confirmada, me enfoqué en la dinámica de la mañana. Aquel viernes mi mamá, Tania, no estaba en casa porque le tocaba turno de trabajo, así que me correspondía llevar la batuta de todo. Una vez que Aden terminó de comer, fue a la sala a jugar un momento, mientras Aila, intentando comer solita, dejaba un pequeño rastrejo de comida sobre el mesón.
Sonreí con paciencia maternal y me puse manos a la obra. Limpié el desastre de la niña, lavé los trastes del desayuno y dejé la cocina impecable. Luego, vestida con una franela cómoda y unos pantalones informales, fui al dormitorio para preparar el bolso de viaje de Aden.
—Aden, ven un momento, mi amor —lo llamé suavemente mientras doblaba su ropa.
El niño entró al cuarto y se sentó en la orilla de la cama.
—Mira, aquí te llevo la ropa limpia para el fin de semana —le expliqué mirándolo a los ojos—. Sabes que tienes que comportarte muy bien con tu papá, ¿sí? Hazle caso, no te quedes despierto hasta tarde viendo pantallas y acuérdate de comer bien. Si me extrañas o necesitas algo, le pides el teléfono a tu papá y me llamas, que yo siempre voy a estar pendiente de ti.
—Sí, mamá, tranquilo —asintió con esa nobleza que lo caracteriza.
Cerca de las nueve y media de la mañana, un mensaje de Emre anunció su llegada. El sonido seco de una corneta desde el estacionamiento confirmó que ya estaba abajo. Le acomodé el bolso al hombro a Aden, lo abracé fuerte en la puerta y bajé junto a él para entregárselo a su padre.
Al llegar al vehículo, Emre bajó la ventanilla. La interacción entre nosotros fue corta y formal, como de costumbre.
—Hola, Emre —saludé acomodando el bolso de Aden en el asiento trasero—. Quería decirte que ya Aden sale oficialmente de vacaciones la semana que viene. Tenemos que ponernos de acuerdo sobre cómo vamos a dividir el tiempo, si va a estar la mitad de las vacaciones contigo y la otra mitad conmigo para inscribirlo en un plan vacacional.
Emre suspiró, recostando las manos sobre el volante con un gesto de preocupación.
—La verdad es que ahorita la cosa está bastante apretada, Aylee. El negocio ha estado fatal, casi en quiebra, y tengo mil cosas que resolver financieramente. Déjame ver cómo acomodo los números estos días y te aviso cómo hacemos con lo de las vacaciones.
—Está bien, entiendo —respondí manteniendo la calma—. Pero no te olvides de que también tenemos que ir comprando los uniformes, los útiles y la lista escolar entre los dos antes de que nos gane el tiempo.
—Sí, sí, yo sé. Estamos en contacto por teléfono —concluyó antes de despedirse de su hijo y poner en marcha el auto.
De regreso en el apartamento, suspiré profundamente. La certeza de que Aden estaría bien con su padre me daba tranquilidad, pero mi día apenas comenzaba.
Acomodé a Aila, le puse su ropita de salir y preparé las bolsas de tela. Necesitaba hacer las compras de la casa para asegurarme de que a mi mamá y a la bebé no les faltara nada durante el fin de semana. Salimos juntas a caminar por la zona comercial de nuestro sector. Recorrimos el abasto para comprar los víveres de la semana, la fruta fresca y todo lo necesario para dejar el menú del sábado y domingo resuelto.
De regreso, el calor del sol se hacía sentir con fuerza sobre las calles. Para recompensar a la niña y regalarme un momento dulce, hice una parada en una heladería local. Aila, con las mejillas manchadas de helado, reía en la mesita mientras yo la miraba con una ternura infinita. La niña comenzaba a dar muestras de cansancio, y yo, que ya sentía el peso de las bolsas en los brazos, decidí tomar un transporte de regreso a la residencia.
Llegamos a la casa exhaustas. Dejé las compras en la cocina, desvestí a Aila, le di un baño refrescante con agua tibia y le serví su almuerzo. En cuestión de minutos, la pequeña quedó profundamente dormida en su cuna.
Con la casa sumida en un silencio reparador, aproveché para darme una ducha larga. Dejé que el agua caliente me aliviara la tensión de los hombros. Al salir, me vestí con ropa fresca, preparé una taza de té y abrí mi laptop sobre la mesa de la sala.
Aquella tarde tomé una determinación importante. Abrí los archivos de mi currículum y comencé a enviarlo a varias empresas que me habían recomendado. Las ventas virtuales de ropa atravesaban un momento muy amargo por culpa de los clientes morosos, y sabía que no podía depender de la incertidumbre. Necesitaba la estabilidad de un empleo formal para proteger el futuro de mis hijos y dar el paso hacia la casa propia que tanto anhelaba.
A eso de las cuatro de la tarde, Aila se despertó con energía renovada. Mientras ella jugaba tranquila en la alfombra, aproveché para organizar la ropa que usaría al día siguiente y dejé listo el vestidito de Aila para cuando se quedara con mi mamá.
En ese momento, mi teléfono vibró con una llamada de Nuria. Contesté de inmediato.