Reescribiendo las reglas

? CAPÍTULO 7: Las grietas que nadie ve

Tipo de narrador: Omnisciente

Hay momentos en que el tiempo parece transcurrir al mismo ritmo para todos, pero bajo techos distintos se libran batallas completamente opuestas. Aylee no lo sabía —no podía saberlo mientras luchaba por no ahogarse en las cuentas de su negocio y en la fatiga diaria de la maternidad—, pero el mundo a su alrededor se movía bajo sombras, intenciones y verdades que ella aún no lograbacomprender.

En una residencia de apartamentos a apenas veinte minutos de su casa, Kerem permanecía de pie en el balcón. El aire fresco de la noche le rozaba el rostro mientras sostenía una pequeña taza de café turco entre los dedos. Dentro del inmueble reinaba un silencio incómodo; en las habitaciones continuas estaban su madre y su hermana, pero la distancia entre ellos no se medía en metros, sino en abismos emocionales. Convivían, pero era como habitar en países distintos.

Kerem había aprendido a refugiarse en la soledad desde muy niño, cuando la separación de sus padres a los once años desmoronó la frágil estabilidad de su infancia. Creció bajo la sombra de una madre inestable y las traiciones de una familia que le enseñó lo amarga que podía ser la decepción. Pero las cicatrices de Kerem no venían únicamente de su hogar. A lo largo de los años, personas externas a su núcleo también le pagaron mal; atravesó relaciones pasadas con mujeres que jamás supieron valorar su entrega ni su reciprocidad. Incluso, en una etapa de su juventud, rozó malos pasos y entornos oscuros que no le favorecían. Sin embargo, Kerem tuvo la lucidez y el carácter para reconocer que ese camino estaba mal; tomó la decisión consciente de retirarse a tiempo, sanar y reconstruirse. Todo ese dolor lo moldeó hasta convertirlo en el hombre correcto, transparente y de reglas claras que era hoy. Su soledad no era tristeza, era un espacio sagrado ganado a pulso.

Sin embargo, al mirar hacia el horizonte nocturno, la figura de Aylee volvía a cruzarle el pecho. Recordó la tarde en que, de regreso del trabajo, pasó por la calle contigua a la casa de ella y observó a la distancia. Sabía exactamente por lo que Aylee atravesaba porque él conocía el peso de las cargas familiares, pero le entristecía saber que ella lo había apartado por miedo a repetir viejos patrones. «Necesitas aprender a estar sola para sanar, Aylee», pensó en silencio mientras le daba un sorbo al café. Le preocupaba verla desgastarse por amistades que en verdad no la cuidaban, sabiendo que si ella no aprendía a ver los detalles, seguiría tropezando con las mismas piedras.

A esa misma hora, en el otro extremo de la ciudad, Tania ajustaba el agarre del coleto mientras repasaba el pasillo de un edificio residencial. El olor a limpiador de pisos inundaba el ambiente mientras ella, entre el cansancio físico y el ruido del agua en el balde, dejaba volar la mente hacia el pasado. Tania trabajaba duro en el mantenimiento de aquel lugar, pero sus verdaderos pensamientos estaban estancados en los errores de sus años mozos.

Recordaba con amargura los días posteriores a la muerte del papá de Aylee, las malas decisiones, los choques constantes con su hija y la falta de madurez con la que manejó la crisis en su momento. La vida presente, las estrecheces y el hecho de estar compartiendo un techo con Aylee y sus nietos no eran más que la consecuencia de un camino mal trazado en los años difíciles. Tania miraba el reflejo del piso húmedo y suspiraba con una mezcla de culpa y resignación, sabiendo que la paciencia que hoy le ofrecía a Aylee cuidando a Aila era su forma silenciosa de intentar reparar las grietas que dejó abiertas en la juventud de su hija.

En otra parte de la ciudad, el ambiente en la casa de Gaby era un caos cotidiano. Entre el humo de la cena que preparaba en la cocina, el llanto del niño más pequeño de apenas dos años que exigía atención y los gritos de la niña de cuatro peleando por un juguete, Gaby intentaba mantener la paciencia. Su hijo mayor, de ocho años, jugaba en un rincón de la sala mientras las hermanas de Gaby conversaban sentadas cerca de la barra.

Gaby sirvió la comida con el cansancio marcándole el rostro y, mientras secaba sus manos con un paño, soltó un comentario amargo frente a sus hermanas:

—Aylee ya ni me escribe ni me llama. Desde que anda metida en sus cosas se olvidó por completo de que existo. Pareciera que ya no le importa nuestra amistad.

Sus hermanas asintieron sin refutar. Gaby vivía abrumada por la crianza de sus tres hijos y sus propios problemas, pero en su mente no había espacio para entender que los demás también cargaban sus propias cruces. Olvidaba que la amistad real no exige una presencia diaria ni llamadas constantes cuando la vida aprieta, sino estar allí en los momentos cruciales. Resultaba más fácil victimizarse desde el agotamiento que levantar el teléfono, dejar el ego a un lado y preguntarle a Aylee cómo estaba.

Al mismo tiempo, en la oficina de un taller de latonería y pintura, Nuria revisaba unas facturas sobre el escritorio mientras su esposo terminaba de organizar las herramientas al fondo del local. Nuria ejercía como administradora del negocio familiar con una soltura calculadora. Ante los ojos de Aylee, Nuria era la amiga comprensiva que siempre tenía tiempo para un consejo o una salida a tomar una copa; pero detrás de esa fachada amable se escondía un cinismo silencioso. Nuria escuchaba las quejas de Aylee no por empatía pura, sino por el hábito de mantener el control y estar presente en la vida de los demás sin comprometer jamás su propio corazón.

Y mientras los hilos de esas vidas se cruzaban sin que nadie lo notara, Aylee intentaba sobrevivir en su pequeño espacio entre el miércoles y el jueves.

Sentada a la mesa con su computadora abierta y la lista de cuentas sin cobrar, cometía el error invisible que tanto la desgastaba: dar el cien por cien por personas que no le devolvían ni un diez. Sentía culpa por no escribirle a Gaby, planeaba salidas para complacer a Nuria y buscaba excusas para justificar los errores de su pasado.




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