Narra Kerem
El sonido constante de los tecleos y el murmullo de la oficina eran el fondo habitual de mi rutina. Como supervisor del área en una empresa de tecnología avanzada, mi día a día transcurría entre la revisión de sistemas, la gestión de personal y el flujo incesante de datos. Era un trabajo exigente que requería mi atención completa, algo que en el fondo agradecía, porque mantener la mente ocupada era mi mejor estrategia para no girar en torno a pensamientos que no me llevaban a ningún lado.
Revisaba un informe en la pantalla cuando dos de mis compañeros de equipo se acercaron a mi escritorio.
—Kerem, hermano, por fin terminó la jornada de esta semana —dijo uno de ellos, apoyándose en el borde del módulo—. Varios del grupo estamos organizando para ir a tomar algo y cenar un rato en Lucca. El ambiente allá es buenísimo para despejarse. ¿Te nos unes?
Miré la hora en la esquina del monitor y luego la montaña de pendientes que todavía tenía en bandeja. Los lugares concurridos no solían ser mi primera opción después de una semana agotadora; prefería la calma de mi espacio.
—No lo sé, muchachos —respondí sin desviar del todo la mirada de la pantalla—. Tengo bastante trabajo acumulado por cerrar antes de irme. Vayan ustedes, yo les aviso más tarde si me libero.
—Dale, no te quedes encerrado trabajando hasta tarde. Te esperamos allá —insistió antes de retirarse junto al resto del grupo.
Cuando el área quedó en relativo silencio, recliné la espalda contra el respaldo de mi silla y dejé escapar un suspiro pesado. Me quité los lentes y me pasé una mano por el rostro.
«¿Será que me doy un momento para respirar después de tanto trabajo?», me pregunté en silencio.
Mi propia mente, en esos breves segundos de pausa, trajo de vuelta ese recuerdo recurrente que intentaba evitar: el día en que Aylee decidió poner distancia entre los dos. Recordé la frialdad del momento, la forma en que ella prefirió replegarse en sus miedos y alejarme antes de permitir que nos entendiéramos. Yo había entendido sus razones; sabía que estaba abrumada, que cargaba con demasiadas responsabilidades y que su primer instinto ante la vulnerabilidad era protegerse cerrando la puerta. Me dolía, claro que sí, pero respeté su espacio. Aun así, el sabor amargo de ese distanciamiento no se borraba tan fácilmente.
Sostuve la mirada fija en el ventanal de la oficina, viendo cómo la luz de la tarde comenzaba a ceder paso a la noche sobre Estambul.
«¿Por qué no salir un rato? Al final, un cambio de ambiente no me vendría mal para romper la rutina y dejar de darle vueltas a lo mismo», me dije a mí mismo, tomando la decisión.
Guardé mis documentos, apagué el equipo y fui a darle el alcance a mis compañeros.
A los pocos minutos, llegamos a Lucca. El lugar tenía esa iluminación tenue y cálida que combinaba velas en las mesas con el murmullo constante de las conversaciones y copas chocando. Nos acomodaron en una mesa espaciosa en la terraza. Éramos un grupo de seis: tres de las chicas del equipo de desarrollo, dos analistas y yo. Pidieron una botella de vino y varias entradas para compartir.
La reunión avanzaba entre risas, anécdotas del trabajo y comentarios sobre los proyectos de la siguiente semana. Yo participaba de a ratos, sonriendo o respondiendo cuando la conversación lo requería, pero por dentro seguía sumido en un estado de observación bastante reservado. Sostenía la copa de vino con una mano, sintiendo el cansancio acumulado en los hombros.
De pronto, una sensación extraña hizo que se me erizara la nuca. Como si una fuerza invisible e ineludible me obligara a girar la cabeza, desvié la mirada por encima del hombro hacia la zona de las mesas continuas.
Y ahí estaba ella.
Aylee.
El tiempo pareció congelarse en ese instante. Me quedé helado a mitad de una frase, con la copa detenida a pocos centímetros de los labios. Llevaba un vestido blanco de lunares que le sentaba increíble y sus rizos caían con ese volumen despeinado que yo recordaba a la perfección. Pero lo que verdaderamente me atravesó el pecho fue notar que ella ya me estaba mirando. Tenía esos ojos oscuros fijos en mí, cargados de una mezcla de sorpresa, tensión y una electricidad no resuelta que me obligó a sostenerle la mirada sin pestañear.
Sentí un vuelco amargo y cálido a la vez en el estómago. Verla de repente, en medio de la nada y después de tanto tiempo de silencio, me tomó totalmente con la guardia baja. Tuve que apretar la mano libre debajo de la mesa para no dejar evidencia del impacto que me causaba.
Aylee fue la primera en cortar el contacto visual de golpe, llevando su copa a los labios en un intento obvio por disimular su agitación.
En ese momento, mi mente se desconectó por completo de la mesa. Escuchaba las voces de mis compañeros como un eco lejano. Uno de ellos me dio un leve toque en el hombro al notar mi repentina rigidez.
—¿Kerem? ¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí, disculpen... Voy a la barra un segundo —articulé con voz neutra.
Me aparté de la mesa de mis compañeros con el pretexto de ir a pedir algo, pero la verdad era que necesitaba aire de inmediato. Sentía una tensión punzante recorriéndome la espalda. Me adentré en el área de la barra interior, donde la iluminación era aún más tenue, me senté en uno de los taburetes de madera y le pedí al bartender una copa de vino.
Apoyé los antebrazos sobre la barra y fijé la mirada en el cristal frente a mí, tratando de estructurar mis pensamientos. Pero no hacía falta voltear; un instinto inequívoco me decía que ella no se iba a quedar sentada. Podía sentir la fuerza ineludible de su presencia acercándose a mis espaldas, paso a paso, acortando la distancia que ambos habíamos guardado durante tanto tiempo.
Escuchá el suave rozar de sus pasos detenerse justo a mi lado.
—Tanto tiempo... ¿Cómo estás? —articuló Aylee con esa voz suave que tantas veces había resonado en mis recuerdos.