Reescribiendo las reglas

​Capítulo 12: Pasos a ciegas

​El sonido de la alarma rompió el silencio muy temprano por la mañana. La verdad es que yo llevaba rato despierta; el cielo de Estambul apenas comenzaba a teñirse de un azul tenue y el aire frío de la madrugada se colaba ligeramente por la ventana. Mi mente no había dejado de darle vueltas al mensaje que le envié a Kerem la noche anterior. «...me gustaría saber si en algún momento podríamos vernos para tomar un café y hablar con calma en persona». Las palabras seguían flotando en mi cabeza como un eco persistente. Ya estaba hecho. Había dado el paso. El problema real era que, a pesar de haber tomado el valor para escribirle, no tenía ni la menor idea de qué le iba a decir cuando lo tuviera enfrente.

​—¡Mamá, no encuentro mi cuaderno de dibujo! —la voz de Aiden me sacó de golpe de mis pensamientos mientras entraba a la cocina a medio vestir, con el uniforme escolar medio puesto.

​—Buenos días para ti también, mi amor —dije intentando sonreír, dejando el teléfono sobre el mesón—. Busca bien en el segundo tramo del morral, anoche lo guardamos juntos. Y apúrate que se nos hace tarde para la escuela.

​En ese momento, unos pasitos apresurados resonaron por el pasillo. Ayla, con los rizos despeinados por el sueño, apareció arrastrando su peluche favorito.

​—¡Ma-má, agua! —pidió estirando sus bracitos con esa ternura que siempre lograba desarmar cualquier preocupación mía.

​—Ven acá, mi princesa —la alcancé en brazos, dándole un beso en la mejilla antes de servirle su vaso de agua y preparar el desayuno a toda prisa.

​Entre preparar los desayunos, peinar a Ayla, lograr que Aiden se pusiera los zapatos correctos y revisar que no faltara nada en la mochila, la mañana avanzó como un torbellino. Llevar a Aiden a la escuela fue el respiro habitual: caminamos de la mano entre el ajetreo matutino de la calle mientras él me contaba emocionado sobre el juego que planeaba con sus amigos en el recreo. Ver su inocencia me hacía aterrizar, pero apenas lo dejé en la entrada y regresé a casa a toda prisa con Ayla sujetada de mi mano, la realidad de la jornada volvió a instalarse en mi pecho.

​Tenía el tiempo contado. Días atrás me había llegado un correo electrónico con una propuesta de trabajo de una empresa de servicios de limpieza que estaba comenzando a expandirse en la ciudad. Me habían citado para una entrevista hoy mismo a las diez de la mañana. Era una oportunidad clave. Mi negocio de venta de ropa no estaba pasando por su mejor momento; las personas a las que les había fiado mercancía se estaban retrasando demasiado con los pagos y las cuentas no esperaban. Necesitaba ese empleo temporal para estabilizar los gastos de la casa, tener un ingreso seguro mientras cobraba las deudas pendientes, reorganizaba el negocio con más calma y, sobre todo, avanzaba en mi gran sueño: ahorrar para comprar nuestra propia casa.

​Al llegar al apartamento, puse a Ayla a jugar tranquila en la sala con sus bloques de plástico. Miré el reloj: eran poco más de las ocho. Antes de prepararme, necesitaba resolver dos cosas fundamentales.

​Primero, marqué el número de Nuria para desahogarme un poco y pedirle consejo sobre el posible encuentro con Kerem. Respondió al segundo repique.

​—Dime que me llamas para darme buenas noticias o para decirme que sobreviviste a la rutina de la mañana —saludó Nuria con su energía habitual.

​—Sobreviví a la mañana... pero no sé si vaya a sobrevivir a mis propios nervios, Nuria —suspiré dejando caer los hombros mientras me apoyaba en la pared de la cocina, vigilando a Ayla de reojo.

​—Aily, ¿qué hiciste? —preguntó ella, cambiando el tono a uno más atento—. Cuéntame.

​—Le escribí a Kerem. Anoche. Le dije para vernos a tomar un café y hablar en persona.

​Hubo un silencio corto del otro lado de la línea, seguido de un grito ahogado de emoción.

​—¡Por fin! ¡Al fin diste el paso, Aily! Eso es genial, de verdad. Pero cuéntame, ¿qué te respondió? ¿Cuándo se ven?

​—Ese es el detalle... ¡estoy hecha un manojo de nervios! Todavía no me responde, y para colmo no sé a dónde invitarlo si me dice que sí. Quiero que sea un lugar tranquilo aquí en la ciudad, un sitio donde podamos hablar sin tanto ruido de fondo ni interrupciones, pero tampoco quiero que parezca algo demasiado formal o incómodo. Necesito que me recomiendes un sitio.

​—Tranquila, respira —me dijo Nuria intentando calmarme—. Déjame pensar bien en un sitio cómodo y te escribo más tarde. Pero te conozco, Aily... esa respiración no es solo por el lugar. ¿Qué más pasa?

​Apreté los labios. Nuria siempre sabía leerme demasiado bien.

​—Es que... le pedí vernos, pero la verdad es que no sé qué le voy a decir —confesé en voz baja—. Tengo miedo de quedarme paralizada frente a él, o peor aún, de decir algo equivocado. ¿Y si al final no era el momento?

​—Escúchame bien, Aily —la voz de Nuria sonó firme pero llena de cariño—. Si le escribiste fue porque tu corazón te pedía cerrar esa distancia o aclarar las cosas. No necesitas llevar un discurso preparado. Solo necesitas ser tú, ir paso a paso y escuchar lo que fluya en el momento. El lugar tranquilo te va a ayudar a sentirte en paz.

​—Gracias, Nuria... De verdad no sé qué haría sin ti.

​—Harías desastres —bromeó ella arrancándome una risa—. Ahora respira y concéntrate en tu día. Me vas avisando apenas te responda.

​Al colgar con Nuria, inmediatamente marqué el número de mi hermana. Necesitaba resolver el cuidado de Ayla para poder ir a la entrevista.

​—¡Hola, Aily! ¿Cómo estás? —respondió mi hermana alegremente al otro lado de la línea.

​—¡Hola! Mira, te llamo rapidito porque tengo una emergencia buena. ¿Te acuerdas de la propuesta de trabajo de la empresa de limpieza que te comenté? Me citaron hoy a la entrevista a las diez de la mañana. ¿Crees que me puedas cuidar a Ayla unas horas?

​—¡Ay, qué buena noticia, Aily! Claro que sí, no te preocupes. ¿A qué hora necesitas que esté allá?




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