Reescribiendo las reglas

CAPÍTULO 13: La verdad entre nosotros

​📖 ​Narra Aylee

​La semana posterior a nuestro acuerdo por mensaje había sido un pequeño torbellino de expectativa. Kerem y yo habíamos mantenido una comunicación fluida, constante y llena de un cariño sutil que jamás se perdió del todo. Nos escribíamos por las mañanas y, a menudo, nuestras conversaciones por WhatsApp se extendían hasta las nueve o diez de la noche, compartiendo detalles de nuestro trabajo, de mi nueva rutina y del cansancio del día a día. Saber de él cada jornada me había devuelto una sonrisa que ya no podía disimular, pero también me llenaba de una ansiedad nueva: la de volver a tenerlo frente a frente.

​El sábado finalmente había llegado. La mañana transcurrió acelerada, como si el tiempo supiera que yo necesitaba cada segundo. Me levanté temprano para finiquitar la compra semanal en el mercado del barrio y dejar todo organizado en casa. El lunes comenzaba formalmente mi empleo en la empresa de limpieza corporativa, y la logística familiar tenía que quedar perfectamente engranada: yo trabajaría en el turno matutino de 8:00 a.m. a 3:00 p.m.; mi hermana mayor iría por Aiden a la escuela al mediodía para llevarlo a casa, y mi mamá, Tania, llegaría poco después para quedarse cuidando a Ayla y estar pendiente de ambos hasta que yo regresara a las 4:00 p.m.

​—Aiden, mi amor, recuerda que el lunes tu tía te busca en la escuela —le dije a mi hijo mientras organizaba los estantes de la cocina—. Nada de quedarte entretenido en la puerta, ¿de acuerdo?

​—Sí, mamá, ya me dijiste tres veces —respondió Aiden con una sonrisa pícara mientras armaba un rompecabezas en la mesa—. ¿Hoy vas a salir? Te pusiste el perfume bonito.

​Sentí que el calor se me subía a las mejillas. Justo en ese momento, el teléfono sobre la mesita vibró con un mensaje.

Nuria: «Aily, por favor dime que no te sobremaquillaste. Algo sutil, discreto, pero que resalte esos ojos. ¡Ponte hermosa! Estás a nada de tu cita.»

Aylee: «Nuria, me puse un poco de rímel y brillo labial, nada extravagante. Pero no te miento, estoy que me muero de los nervios. Siento que cuando lo tenga enfrente me voy a quedar en blanco.»

Nuria: «No te vas a quedar en blanco. Ya han hablado toda la semana como si nada. Respira, disfruta el café y deja que fluya. ¡Me llamas apenas termines!»

​A las tres y media de la tarde, mientras los niños jugaban tranquilos en la sala bajo la mirada atenta de mi mamá, entré a la habitación para vestirme. Preferí la seguridad de unos jeans oscuros bien entallados, una blusa de tela suave en tono marfil y una chaqueta ligera. Mientras me peinaba frente al espejo, un nuevo mensaje de Kerem apareció en pantalla:

Kerem: «Salí temprano del trabajo hoy para poder organizarme bien. Voy a pasar por casa a cambiarme. Nos vemos a las 4:30 p.m. en el Mavi Bahçe.»

Aylee: «Perfecto, Kerem. Yo también ya me estoy alistando. Allá nos vemos a las 4:30 p.m.»

​A las cuatro de la tarde, me despedí de mi mamá con un beso rápido. Salí del edificio y empecé a caminar por las calles empedradas de mi vecindario. El aire fresco de la tarde en Estambul me ayudó a calmar un poco los latidos acelerados de mi corazón. Observé las fachadas de las casas antiguas, sus balcones de madera y los niños jugando en las aceras.

«¿Habré tomado la decisión correcta?», pensaba mientras caminaba. «Es un hombre que no necesita complicaciones, y mi vida es un caos de horarios y responsabilidades. ¿Qué pensará realmente cuando me vea?». Caminar por estas calles siempre me daba serenidad, pero la idea de nuestro futuro seguía dando vueltas en mi mente. Deseaba con todas mis fuerzas que este nuevo trabajo me permitiera ahorrar lo suficiente para comprar nuestra propia casa, o tal vez adquirir la propiedad donde vivíamos.

​—¡Buenas tardes, Aylee! —me saludó la Sra. Fatma desde su ventana mientras regaba sus plantas.

​—¡Buenas tardes, Sra. Fatma! —respondí devolviéndole el saludo con una sonrisa.

​A las 4:25 p.m. crucé la puerta del Mavi Bahçe Café. El aroma a café recién molido me recibió de inmediato. Me acerqué a la barra, donde el encargado, Burak, me saludó cordialmente.

​—¡Aylee! Qué gusto verte por aquí hoy —dijo sonriendo—. ¿La mesa de la terraza, como siempre?

​—¡Hola, Burak! Sí, por favor. Tengo una reservación a las 4:30 p.m.

​Subí a la terraza. Estaba sola, rodeada de macetas y con una vista preciosa de los tejados. Me senté y, para calmar la ansiedad, pedí un pastel de chocolate y un vaso de agua. Cinco minutos después, el teléfono vibró: «Ya voy subiendo las escaleras».

​La puerta se abrió y Kerem apareció. Llevaba unos pantalones azul marino bien ajustados, una camisa azul clara y esa barba de tres días que le daba un aire imponente. Al verlo, mi corazón se aceleró.

Narra Kerem

​Caminé hacia la terraza sintiendo una presión extraña en el pecho. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos a solas, y aunque habíamos estado hablando por mensaje toda la semana, tenerla enfrente a las 4:30 p.m. era una historia completamente distinta.

​Al cruzar la puerta, la vi. Estaba sentada junto a la barandilla. La luz de la tarde rozaba su rostro. «¿Qué estará pensando?», me pregunté en silencio. «Aún no puedo creer que estemos aquí otra vez después de todo el tiempo que pasó.»

​No quería crearme expectativas ni apresurar las cosas. Sabía la responsabilidad que ella llevaba a cuestas, pero verla allí me confirmó que esa atracción contenida entre los dos seguía intacta.

Narra Aylee

​—Hola, Aylee —dijo Kerem con su voz profunda, rompiendo el aire de la tarde.

​—Hola, Kerem —respondí poniéndome de pie.

​Nos saludamos brevemente. La tensión era palpable, una electricidad que no necesitaba presentación. Se sentó frente a mí en la mesa de madera.




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