Reescribiendo las reglas

CAPÍTULO 14: El eco de un abrazo

​​Narra Aylee

​El aire frío de la terraza del Mavi Bahçe chocó contra mis mejillas ardientes en el instante en que nos separamos. Todavía sentía el peso firme de sus manos en mi cintura y el calor sofocante de su aliento. Kerem me miraba con esa intensidad tranquila que siempre lograba desarmarme, con la frente aún rozando la mía y una ligera sonrisa de triunfo flotando en sus labios.

​—Kerem... —logré articular, aunque la voz me salió casi en un murmullo involuntario.

​—No me digas que te arrepientes —dijo él suavemente, alargando el pulgar para acariciar la línea de mi pómulo antes de dar un paso atrás, dándome el espacio necesario para respirar.

​—No me arrepiento —admití, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja mientras trataba de recuperar la postura—. Pero no podemos ignorar todo lo demás. Esto no es solo entre tú y yo en una terraza bonita a las cinco de la tarde. Tengo dos niños en casa, una rutina que sostener y un trabajo que empieza pasado mañana.

​Kerem regresó a su silla, tomó su vaso de agua y bebió un sorbo antes de volver a fijar su mirada en mí.

​—Aylee, nunca te he pedido que dejes de lado tu vida ni a tus hijos. Lo único que pido es que no me vuelvas a cerrar la puerta solo porque sientas que las cosas se complican. Puedo adaptarme. Puedo ir a tu ritmo. Pero necesito saber que estamos en la misma página.

​Nos quedamos en el café durante casi una hora más. Hablamos de temas más ligeros: me preguntó por las ocurrencias de Aiden, por cómo estaba la pequeña Ayla y por cómo mi mamá estaba sobrellevando ayudarme en la casa. También me contó más sobre su trabajo en la firma, los proyectos de construcción que estaba supervisando y lo mucho que le agotaba la burocracia de los contratos. Vernos y escucharnos de nuevo se sentía extrañamente natural, como si el tiempo no me hubiera alejado de él realmente, sino que solo hubiera puesto en pausa nuestra historia.

​A las 5:45 p.m., nos levantamos de la mesa. Kerem pagó la cuenta pese a mis insistencias por compartir los gastos.

​—Déjame llevarte a casa —ofreció mientras bajábamos las escaleras del Mavi Bahçe.

​—Prefiero caminar, Kerem. De verdad —sonreí con sinceridad—. Caminar me ayuda a procesar las ideas, y además quiero comprar un par de cosas en la panadería antes de llegar.

​—Está bien —cedió él con un suspiro resignado, pero sus ojos brillaban con ternura—. Escríbeme cuando llegues, ¿de acuerdo? Y no esperes hasta la noche para responder.

​—Lo haré. Prometido.

​Nos despedimos con un abrazo breve pero firme en la entrada del café. Caminé de regreso a mi edificio despacio, sintiendo la brisa fresca del atardecer sobre el rostro. Mis pensamientos iban y venían entre el recuerdo del beso y la lista de pendientes para el lunes. «Un paso a la vez, Aylee», me repetí mientras compraba el pan fresco en la esquina. «Paso a paso.»

​Al entrar al departamento, el olor a té de manzana y galletas recién horneadas por mi mamá me dio la bienvenida. Aiden corrió a abrazarme por la cintura.

​—¡Mamá! Mi tía me prometió que el lunes me va a traer un helado después de la escuela —anunció con entusiasmo.

​—¿Ah sí? Pues tienes que portarte muy bien y hacer toda la tarea primero —le dije, revolviéndole el cabello antes de darle un beso a mi mamá, quien me observaba con una ceja levantada y una mirada llena de curiosidad silenciosa desde la cocina.

Narra Kerem

​El trayecto de regreso en el auto se sintió diferente. La presión en el pecho que me había acompañado toda la semana había desaparecido, reemplazada por una calma cargada de expectativa.

​Aylee seguía siendo la misma mujer precavida y entregada a su familia, pero esta vez había visto algo distinto en sus ojos: el deseo manifiesto de intentarlo. No iba a presionarla. Sabía que el lunes comenzaba su nueva etapa laboral y que sus horarios estarían apretados, pero haber dejado en claro lo que sentíamos era el primer paso real hacia algo sólido.

​Al llegar a mi departamento, dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y saqué el teléfono de mi bolsillo. Pasaban unos minutos de las seis de la tarde. En lugar de esperar a que ella escribiera primero, envié un mensaje corto:

Kerem: «Supongo que ya estás en casa y que Aiden te recibió con energía. Solo quería decirte que me alegra mucho haberte visto hoy, Aylee. Que tengas buena noche con la familia.»

​Sonreí al ver que el mensaje marcaba la lectura casi de inmediato.

Narra Aylee

​El domingo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, entre doblar la ropa limpia, organizar la mochila de Aiden con sus cuadernos y dejar preparado mi uniforme para el día siguiente.

​Cuando la alarma sonó el lunes a las 6:00 a.m., el corazón me dio un vuelco de nervios. Me levanté en silencio para no despertar a Ayla. Me vestí con el pantalón oscuro y la camiseta corporativa de la empresa de limpieza, me recogí el cabello en una coleta tirante y revisé por última vez la nota que le dejé a mi mamá en la nevera con los horarios de las comidas.

​A las 7:30 a.m. ya estaba tomando el transporte público rumbo al centro administrativo donde me habían asignado mi primer turno. El aire mañanero de Estambul estaba frío, pero mis manos estaban tibias. Saqué el teléfono un segundo antes de entrar al edificio.

Aylee: «Ya estoy en la puerta de mi nuevo trabajo. Deséame suerte.»

​La respuesta de Kerem llegó en menos de un minuto:

Kerem: «Mucho éxito hoy, Aylee. Vas a hacerlo excelente, como todo lo que haces. Hablamos en la tarde.»

​Guardé el teléfono en el bolsillo, respiré hondo y crucé las puertas de cristal para empezar mi jornada laboral. Un nuevo capítulo comenzaba para todos.

​📚📚📚📚📚📚📚📚📚📚📚📚 🌟 NOTA DE LA AUTORA 🌟

​¡Hola a todas, mis queridas lectoras! 👋✨




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