El gran salón principal del Palazzo della Permanente era un despliegue de opulencia arquitectónica. Enormes lámparas de cristal de Murano colgaban de techos decorados con frescos renacentistas, derramando una luz dorada sobre la crema y nata de la alta sociedad milanesa. El murmullo de cientos de voces aristocráticas y el tintineo de las copas de cristal de Baccarat llenaban el ambiente pero todo sonido pareció modular hacia una frecuencia subordinada en cuanto Ángela e Ignacio cruzaron el umbral.
La noticia de la carnicería legal en la alfombra roja se había propagado por el salón con la velocidad de un incendio forestal. Los ministros, los banqueros y los directores ejecutivos que el año pasado habían ignorado o compadecido al adorno defectuoso de los Del Vecchio, ahora se apartaban en bloque, abriendo un pasillo humano de respeto y temor reverencial.
Ángela caminaba con la sofisticación felina de quien sabe que cada par de ojos en la estancia es un territorio conquistado. Su vestido de hombreras rígidas y corsé de seda satinada negra azabache absorbía la luz del salón, haciéndola brillar con una energía peligrosa y letal. A su lado, Ignacio avanzaba con la barbilla en alto, su frac impecable y su presencia imponente actuando como una declaración de guerra ante cualquiera que osara parpadear con duda.
Los acordes iniciales de una orquesta de cuerdas en vivo comenzaron a resonar desde el palco este, anunciando el vals de apertura de la gala. Tradicionalmente, ese momento pertenecía a los presidentes de la Cámara de Comercio pero Ignacio, con un ademán imperioso y arrogante de su mano, detuvo el protocolo. Tomó la mano enguantada de Ángela y la guio directamente hacia el centro geométrico de la pista de mármol pulido, reclamando el espacio antes de que nadie pudiera reaccionar.
El espacio a su alrededor quedó completamente vacío, confinando a la alta sociedad a los márgenes del tablero.
Ignacio la rodeó por la cintura con su brazo de acero, pegando bruscamente el cuerpo de Ángela contra el suyo en un gesto que oscilaba entre la posesión salvaje y la reverencia absoluta, Ángela posó su mano sobre el hombro de él y la otra en su agarre, sintiendo de inmediato la tensión eléctrica que siempre mutaba el aire cuando sus pieles se encontraban.
Comenzaron a moverse al ritmo del vals pero no era un baile dócil, era un choque de trenes, una coreografía fluida donde dos voluntades idénticas se medían milímetro a milímetro, Ignacio la guiaba con giros pausados pero firmes, manteniendo sus ojos oscuros clavados en los de ella con esa fijeza posesiva y honesta que ya no pretendía ocultar ante los ministros y la junta directiva. Sus ojos brillaban con el fuego devorador del depredador que contempla a la única mujer capaz de obligarlo a arrodillarse.
Ignacio usó la palabra "novela" de forma figurada, como un sinónimo del drama familiar que gobernaba sus vidas, desconociendo por completo la realidad absoluta detrás de sus propias palabras. En su mente de magnate calculador, no existía el concepto de la transmigración, ni los mundos de tinta, ni la certeza de que todo lo que vivía, sentía y poseía era producto de un libro impreso llamado Cadenas de Oro. Para Ignacio, la mujer entre sus brazos seguía siendo Ciara Rossi, la misma esposa trofeo a la que había despreciado pero cuyo cerebro había reaccionado de forma milagrosa y letal tras el golpe del acantilado. Él creía que el trauma físico había liberado a un monstruo de ambición reprimida. No sospechaba, ni por un segundo, que la verdadera Ciara había muerto aquella noche en el fango y que la soberana que ahora lo dominaba era Ángela Ferreti, una supermodelo de otro universo jugando con las ventajas de haber leído el guion original de su propia existencia.
Ángela sostuvo su mirada, permitiendo que una sonrisa milimétrica y cargada de una malicia sofisticada habitara sus labios rojos. Mientras se mecían sobre el mármol, la mente quirúrgica de la transmigrada analizó el panorama. Había despertado en este cuerpo esperando encontrar al monstruo despiadado que el autor del libro describía en sus páginas pero el hombre que la estrechaba contra su pecho, el que había bloqueado a Bianca, el que había destrozado el complot de su propia madre y el que estaba dispuesto a quemar el imperio corporativo con tal de ser su escudo, ya no respondía a las leyes de la imprenta. Él estaba quebrando su propia programación literaria por devoción a ella.
El agua helada del acantilado y el trauma residual de Ciara se sintieron, por primera vez, lejanos. Ángela sintió el calor de los dedos de Ignacio presionando su corsé y tomó una decisión visceral. El cronómetro de los ciento ochenta días seguía corriendo pero ella iba a borrar la fecha de caducidad de su estrategia. Decidió dejar de mirarlo como a un enemigo predeterminado por el autor de la obra. Decidió, en mitad de la pista de baile más importante de la alta sociedad, darle una verdadera oportunidad a Ignacio Del Vecchio. Una oportunidad real, bajo sus propios términos de igualdad, utilizándolo como su aliado definitivo para destrozar cualquier intento del libro de arrastrarla hacia su trágico final.