El Maybach blindado regresó a los portones de hierro de la mansión Del Vecchio bajo el manto de una madrugada serena. El bullicio de la gala anual, los aplausos subordinados de la alta sociedad y el eco de la estrepitosa caída de Doña Soledad habían quedado atrás, en el centro de Milán. Dentro del vehículo, la tensión combativa que había gobernado el día se había disipado, reemplazada por una calma profunda y una complicidad que ninguno de los dos había experimentado jamás.
Al cruzar el umbral de la suite presidencial, el silencio de la residencia los envolvió de inmediato. Ignacio se despojó de la chaqueta del frac y la arrojó sobre un diván, desabotonando los primeros botones de su camisa con un suspiro de alivio. Ángela se acercó al gran ventanal que daba a los jardines iluminados se quitó los guantes negros de seda, sintiendo el aire fresco de la noche colarse por la rendija del cristal.
Ignacio caminó hacia ella con pasos pausados. Su aroma a sándalo precedió su cercanía y con una reverencia suave y desprovista de su antigua brutalidad, rodeó su cintura con sus brazos de acero, pegando la espalda de Ángela contra su pecho. Ella no se tensó, al contrario, apoyó la cabeza en su hombro, dejándose envolver por esa fijeza protectora que él le había jurado. Ambos sabían que las deudas con los Del Valle y con Bianca estaban saldadas y que Doña Soledad no volvería a cruzar el jardín sin pedir permiso. Estaban listos para dejar el pasado atrás y edificar una vida en pareja bajo los nuevos términos de igualdad que el temporizador de ciento ochenta días había inaugurado.
Sin embargo, el peso del secreto quemaba en el pecho de Ángela. Ver la devoción honesta, salvaje y posesiva en los ojos oscuros de Ignacio la hacía sentir el rigor de una mentira existencial. Él estaba enamorándose de una versión letal de su esposa, creía firmemente que el acantilado había liberado el fuego de Ciara Rossi.
Ángela respiró hondo, tomando el control de sus nervios de supermodelo y se giró despacio en su agarre para mirarlo de frente. Sus manos se posaron en el pecho de Ignacio, sintiendo el latido constante de su corazón.
Ignacio la observó con una fijeza mística, acariciando la línea de su mandíbula con el pulgar.
El teléfono satelital guardado en el cajón del tocador de mármol, parpadeaba con una luz azul frenética. El búnker digital de la división Alfa estaba rompiendo el protocolo de la madrugada. Ignacio se tensó y Ángela, tragándose la confesión que había quedado suspendida en un hilo de voz, caminó hacia el mueble y extrajo el terminal limpio. Deslizó el dedo por la pantalla y activó el altavoz.
Ignacio se colocó de inmediato al lado de Ángela, con los ojos oscuros fijos en la pantalla del dispositivo, donde un archivo de imagen encriptado acababa de descargarse de forma automática.
Un segundo después, el monitor principal de la habitación se encendió, revelando una fotografía de alta resolución tomada hacía menos de veinte minutos en una de las avenidas principales de Zúrich. La imagen mostraba a una mujer de unos veintitantos años caminando bajo la lluvia, vistiendo un abrigo sastre impecable.
Ángela se acercó un paso al monitor, conteniendo el aliento. En la pantalla, las dos mujeres se parecían muchísimo. La estructura de los pómulos, la forma almendrada de los ojos y la línea aristocrática de la mandíbula eran prácticamente idénticas a las del rostro que Ángela veía cada mañana en el espejo. Solo que Sophie era una versión más joven, una estampa de frescura biológica desprovista de las sutiles cicatrices emocionales que el tiempo y la tragedia habían grabado en las facciones de Ciara. El lazo de sangre Rossi era innegable, una simetría genética tan perfecta que helaba la sangre.
Ignacio dio un paso al frente, clavando sus ojos oscuros en la pantalla, completamente hipnotizado por la asombrosa similitud.
Ángela asintió lentamente, asimilando el impacto visual de su verdadera sangre. La revelación que Ignacio había interrumpido quedó sepultada en el aire de la suite presidencial. El guion de la novela seguía mutando, cobrando una vida propia y salvaje que ahora la obligaba a cruzar las fronteras de Milán. Tenía una hermana con su mismo rostro esperándola en los Alpes y la primera coordenada de Suiza estaba lista para arrastrarlos a ambos hacia una guerra de escala transnacional.