El distrito financiero de Zúrich se alzaba bajo una llovizna helada que cubría de gris los monolitos de cristal y hormigón de la Paradeplatz. Las Empresas Del Vecchio habían movido sus hilos con la rapidez de un rayo, el jet privado corporativo los había dejado en el aeropuerto alpino a primera hora de la mañana y ahora, el coche de representación avanzaba con un rodar amortiguado hacia la sede central de Vanguard & Co.
Ángela observaba el perfil de los edificios financieros a través del cristal tintado. Vestía un abrigo de lana estructurado en gris marengo, un suéter de cuello alto negro y sus inseparables guantes de piel. En su regazo, la tableta digital mostraba en bucle la fotografía interceptada por la división Alfa. El parecido físico ya no era una suposición teórica encriptada estaba a punto de convertirse en una colisión tridimensional de carne y hueso. Sophie Del Rio era una versión más joven del espejo que Ángela habitaba, una Rossi pura que manejaba fondos de riesgo en el corazón de la banca suiza.
A su lado, Ignacio revisaba los últimos reportes de las cuentas puente en una terminal blindada. La fijeza posesiva y honesta de sus ojos oscuros delataba que el viaje a Suiza ya no era un trámite corporativo, sino una misión de blindaje absoluto para su reina. Su mano de acero buscó la de Ángela por encima del cuero del asiento, entrelazando sus dedos con una firmeza cálida. Ignacio seguía ciego ante la tinta de la novela original para él, estaba llevando a su letal esposa a recuperar el único cabo suelto de su trágica infancia.
El vehículo se detuvo frente al imponente vestíbulo de la torre de cristal. El chófer abrió la puerta y el aire gélido de los Alpes golpeó las facciones esculpidas de Ángela, despejando el último rastro de cansancio de la madrugada. Ignacio descendió a su lado, acomodándose la chaqueta del traje sastre oscuro y la rodeó por la cintura con su brazo de acero, guiándola hacia los torniquetes de alta seguridad como un escudo oficial indestructible.
El ascenso en el ascensor panorámico de alta velocidad fue un contador rítmico de segundos. El piso cuarenta los recibió con un silencio corporativo sepulcral, alfombras de lana densa y paredes revestidas de madera de nogal cepillada. Una recepcionista suiza de aspecto pulcro se levantó de inmediato al ver la imponente figura del magnate Del Vecchio y la gélida elegancia de Ángela.
Ángela caminó al frente, marcando el ritmo con sus tacones aguja contra el parqué que bordeaba los ventanales con vistas al lago de Zúrich. Al llegar a la puerta doble de cristal del ala norte, no dudó. Apoyó su mano enguantada en el picaporte y la abrió con un movimiento fluido y felino, invadiendo el espacio sin llamar.
La estancia estaba iluminada por la luz grisácea del invierno alpino. Sentada frente a una pantalla interactiva llena de gráficos bursátiles, una mujer joven terminaba de repasar unos folios. Al escuchar el chasquido de la puerta, la analista se giró despacio, levantándose de su silla de cuero blanco.
El tiempo pareció congelarse en el piso cuarenta.
Las dos mujeres quedaron frente a frente, separadas únicamente por una mesa de cristal templado. La simetría genética golpeó el ambiente con la fuerza de un impacto físico. Sophie Del Rio tenía la misma estructura aristocrática de los pómulos, la misma línea recta de la mandíbula y la forma almendrada de unos ojos que, en su caso, brillaban con una frescura de veintitantos años desprovista de las sombras del matrimonio gélido de Milán. Era el vivo reflejo de la mujer que Ángela veía en su espejo cada mañana, una versión más joven de sí misma que parecía sacada de un retrato del pasado de la familia Rossi.
Sophie clavó sus ojos en Ángela y en una fracción de segundo, la máscara de frialdad analítica de la joven se agrietó por completo. El color abandonó sus mejillas de forma visible y los folios financieros que sostenía en la mano resbalaron de sus dedos, cayendo sobre la mesa con un rítmico siseo de papel.
Ángela avanzó un paso hacia el cristal, apoyando las yemas de sus dedos en la superficie pulida, regalándole una sonrisa. El libro original de la novela estaba oficialmente destrozado, el abismo virgen de Suiza acababa de abrirse de par en par bajo sus propios términos de sangre real.