El silencio en el piso cuarenta de la torre Splügen era tan espeso que la llovizna alpina contra los ventanales parecía un estruendo, Sophie Del Rio permanecía estática con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el rostro de Ángela, buscando asimilar la colisión tridimensional de su propia genética. La simetría entre ambas era devastadora, era como si el tiempo hubiera creado un duplicado exacto del linaje Rossi, separando la frescura de los veintitantos años de la fría sofisticación militar que Ángela proyectaba.
Ignacio dio un paso al frente, recortando su imponente figura al lado de Ángela, su presencia pesada y el aroma a sándalo que lo acompañaba funcionaron de inmediato como un muro de contención corporativa. Sus ojos oscuros, cargados de esa fijeza posesiva y protectora, taladraron a la joven analista. Para el magnate, cada segundo en esta sala era una pieza más en el rompecabezas del fraude que había burlado su propia red de seguridad en Milán.
Sophie, sin embargo, forzó a sus músculos a recuperar la rigidez suiza. Ignoró la presión física del director ejecutivo y clavó su mirada directamente en el hombre que controlaba el imperio Del Vecchio.
Ignacio se tensó en su sitio. Una rigidez peligrosa endureció la línea de su mandíbula y sus puños se apretaron dentro de los bolsillos de su traje sastre oscuro. Su instinto primitivo de blindaje, el mismo que lo había llevado a destrozar a Bianca y a su propia madre en las últimas horas, se resistió de inmediato a dar un solo paso atrás. No pensaba dejar a su esposa desprotegida frente a una jugadora desconocida en un tablero extranjero.
Sophie sostuvo la mirada del depredador sin pestañear, demostrando que la sangre Rossi compartía la misma audacia inquebrantable. Iba a replicar pero Ángela levantó una mano enguantada en un gesto imperioso, deteniendo el inminente choque de voluntades.
Ángela se giró despacio hacia Ignacio, cancelando la distancia entre ambos. Posó una de sus manos sobre el pecho del magnate, justo encima del latido acelerado de su corazón, un contacto cálido y reverente que funcionó como un bálsamo sobre la furia contenida del hombre. Miró esos ojos oscuros con una calma gélida pero honesta.
Ignacio la observó en silencio por un segundo largo que pareció eterno. La devoción salvaje y posesiva que lo dominaba desde el accidente luchó contra su necesidad de control total pero el respeto absoluto que Ángela se había ganado en el vestidor de la mansión terminó por vencer.
Lentamente, Ignacio asintió. Inclinó su rostro para depositar un beso pausado y cargado de una promesa de fuego en la sien de Ángela, asegurándose de que Sophie captara el mensaje de blindaje absoluto.
Se dio la vuelta y cruzó las puertas dobles de cristal con pasos pesados y rítmicos, dejando que el chasquido hidráulico del cerrojo metálico sellara el aislamiento de las dos mujeres en la sala del ala norte.
Ángela esperó a que la silueta del magnate se desvaneciera en el pasillo antes de retirar su guante de piel. Se sentó en una de las sillas de cuero blanco, cruzando las piernas con una sofisticación felina y fijó sus cuchillas azules directamente en su viva imagen más joven.