Las puertas de la torre Splügen se abrieron de par en par con un chasquido sordo, Ignacio que aguardaba en el vestíbulo con la mandíbula tensa y rodeado por su división táctica, se enderezó de inmediato. Su mirada oscura, cargada de una fijeza posesiva y honesta, barrió la estancia buscando a Ángela. Al verla salir ilesa, un suspiro de alivio contenido relajó sus hombros pero la sorpresa endureció sus facciones al notar que Sophie caminaba justo a su lado, portando un maletín de piel donde descansaban los secretos de Zúrich.
Ignacio entrecerró los ojos, clavando sus pupilas en la joven analista. El parecido físico seguía pareciéndole un milagro genético pero su instinto le advirtió que la presencia de la hermana menor en el jet privado significaba que nuevos secretos habían salido a la luz y estos alcanzaban una magnitud nuclear. No hizo preguntas el respeto absoluto que le profesaba a su esposa anuló cualquier intento de objeción en territorio suizo.
El viaje de regreso en el jet privado de las Empresas Del Vecchio se desarrolló bajo una atmósfera de silenciosa hostilidad contra el pasado. Mientras el avión cortaba las nubes alpinas en dirección a Lombardía, Ángela y Sophie permanecieron sentadas frente a frente, compartiendo los datos de la memoria encriptada con una fluidez táctica que demostraba que la lucidez mental de los Rossi gobernaba ambos cerebros. Ignacio operaba en el asiento contiguo, con los ojos fijos en las pantallas digitales, coordinando el blindaje del búnker digital de la firma para que Doña Soledad no detectara el movimiento transfronterizo. El magnate seguía ciego ante las páginas de la novela original; creía estar ayudando a su esposa a rescatar el honor de su sangre, ignorando que la mujer a la que amaba con devoción salvaje era una extraña que manejaba los hilos de su destino literario.
Al caer la tarde, el Maybach blindado cruzó los portones de hierro de la residencia de los Del Vecchio. Las luces de los jardines se encendieron de forma automática, bañando la fachada de mármol con un tono dorado y señorial.
Sophie descendió del vehículo y se detuvo en seco en mitad del sendero de gravilla. Levantó la vista hacia la imponente estructura de la mansión, el mismo palacio donde la verdadera Ciara había arrastrado las cadenas de su sumisión y donde Doña Soledad había reinado con crueldad aristocrática. Para Sophie, que había pasado casi toda su vida confinada en la frialdad de los internados suizos bajo un apellido falso, pisar ese suelo era el primer acto de una restitución histórica.
Ignacio avanzó por el sendero, colocándose justo detrás de Ángela, envolviéndola con su aroma a sándalo y su característica presencia pesada. Con un gesto de blindaje absoluto e innegable frente a la servidumbre que observaba alineada desde el vestíbulo, el magnate extendió su brazo de acero hacia el umbral de la residencia.
Ángela guio a su hermana hacia el interior del gran vestíbulo de mármol, marcando el paso con el ritmo constante de quien sabe que el terreno que pisa ya le pertenece por completo. Las dos mujeres Rossi, la supermodelo transmigrada y la analista alpina, ingresaban juntas al tablero de Milán por primera vez como herederas legítimas de la costa norte. Doña Soledad creía que su único problema era una orden judicial de salud mental para la gala de la Cámara de Comercio, sin sospechar jamás que dentro de su propio legado conyugal, las fuerzas de la imprenta se habían aliado con el dueño del tablero para ejecutar la destrucción definitiva de su guion.