Refugio Inesperado

Capítulo 13

El amanecer encontró la mansión Valente sumida en un silencio distinto. No era la quietud opresiva de los secretos, sino el de una herida recién limpiada, dolorosa pero con la promesa de una posible cicatrización. La lluvia había lavado el jardín y la fachada, pero no el peso de la revelación.

Sebastián, con los ojos hinchados y las vendas limpias en sus manos, se sentó frente a Argos en la biblioteca. Milena estaba a su lado, una taza de té intacta entre sus dedos. Sobre la mesa de caoba, entre ellos, Argos había extendido un mapa desgastado y una libreta de anotaciones antiguas.

—Necesitamos un punto de partida, Argos —dijo Sebastián. Su voz era ronca, pero clara. El vacío de la noche anterior había sido reemplazado por un propósito febril—. Todo detalle, por pequeño que sea.

Argos, demudado pero sereno, asintió. Había cruzado un umbral; la lealtad ciega había muerto, reemplazada por la necesidad de enmendar.

—La ciudad costera era San Marín —comenzó, señalando un punto en el mapa con un dedo tembloroso—. Un pueblo de pescadores que crecía entonces. La llevé en coche toda la noche. Iba en el asiento trasero, con la niña… con su sobrina, en brazos. No lloró en todo el viaje. Solo miraba por la ventana, como si memorizara el camino para no volver.

—¿A dónde llegaron? ¿Una dirección? —preguntó Milena, tomando notas en un cuaderno moderno, un anacronismo que simbolizaba la intrusión del presente en este pasado doloroso.

—Una pensión barata cerca del muelle. Se llamaba «La Gaviota». Le alquilé una habitación por un mes y le di este dinero —Argos sacó una vieja cartera de cuero del bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un fajo de billetes de la época, intactos, atados con una goma elástica ya quebradiza—. Son cinco millones de pesetas de entonces. Es todo lo que pude sacar sin que Luca lo notara. Ella no quiso tomarlo al principio. Dijo que no era limosna lo que quería.

Sebastián palideció. «Cinco millones». Una fortuna para empezar una vida nueva, pero una miseria comparada con lo que Julia había dejado atrás. Y él, en su ira, la había acusado de robar diez veces esa cantidad. El recuerdo de sus acusaciones le golpeó como un puño en el estómago.

—¿Y las postales? —preguntó Milena, suavemente, guiando la conversación lejos del abismo de culpa en el que Sebastián se sumía de nuevo.

—Las guardé. Siempre. —Argos se levantó y se dirigió a un viejo arcón de madera tallada en un rincón de la biblioteca. Lo abrió con una llave que llevaba siempre consigo. Entre documentos antiguos y fotografías en sepia, encontró un sobre amarillento. Volvió a la mesa y dejó caer su contenido: tres postales, descoloridas por el tiempo.

Milena las tomó con reverencia. La primera mostraba un paisaje de San Marín, con el mar azul vibrante y las blancas casas escalonadas en la colina. No había mensaje, solo una dirección: "Pensión La Gaviota, Hab. 4". La segunda era una ilustración de un barco pesquero. En el dorso, una letra que Milena no conocía, fina y elegante a pesar de la torpeza del trazo, como si quien escribía estuviera re-aprendiendo a hacerlo: "Estamos bien. La niña crece fuerte. Gracias por el nuevo comienzo." No había firma.

La tercera postal era diferente. Mostraba una plaza soleada con una fuente, de un pueblo que no era San Marín. El mensaje era más largo, y más sombrío: "Hemos tenido que movernos. Él preguntó en el pueblo. No por su nombre, pero describiéndola a ella. Tenemos miedo. Es mejor que no sepa más. Que nadie sepa. Cuida de mi hermano, Argos. Y de mi padre. Adiós."

Sebastián leyó el mensaje por encima del hombro de Milena. "Él". Una sola palabra que congeló la sangre en sus venas. No era Luca, su padre estaba demasiado enfermo y creía la historia del robo. "Él" solo podía ser uno: Marco, el hombre que la golpeaba, el cobarde del que Julia había huido. Él también las había buscado.

—Dios mío —murmuró Sebastián, desplomándose en su silla—. Él no se rindió. Las acosó hasta el final.

—Eso creo, señor —confirmó Argos, su voz un hilo de dolor—. Después de esta postal, intenté buscarlas, como le dije. Fui a San Marín. En «La Gaviota» me dijeron que una joven con una niña pequeña se había ido abruptamente una noche, sin dejar dirección. Una vecina dijo haber visto a un hombre preguntando por ellas días antes. Un hombre con cicatriz en la mejilla.

"Cicatriz en la mejilla". Un detalle que convertía a "Él" en una persona real, tangible, un fantasma de carne y hueso que aún podía estar ahí fuera.

—Tenemos que encontrar a ese hombre —dijo Milena, alzando la vista del mapa, sus ojos brillando con una luz determinada—. Marco. Es el hilo que une el pasado de Julia con su posible paradero actual. Si él las encontró entonces, o si siguió buscándolas, alguien en San Marín podría recordarlo.

—Han pasado más de veinte años, Milena —dijo Sebastián, con un asomo de la antigua desesperanza—. La gente se muda, muere, olvida.

—El miedo tiene una memoria larga—replicó ella—. Un hombre preguntando por una mujer y una niña, que luego desaparecen… en un pueblo pequeño, eso deja marca. Y las cicatrices, sean en la cara o en el alma, no se borran.

Sebastián la miró, y en sus ojos vio no solo compasión, sino la feroz inteligencia que lo había desarmado desde el primer día. Ella no era solo un testigo; era un faro en la niebla de su pasado.

—De acuerdo —asintió, enderezándose—. Vamos a San Marín. Hoy mismo. —Su mirada se posó en Argos—. Tú vendrás con nosotros. Ella te escribió a ti. Tu rostro es el único que Julia podría reconocer sin salir corriendo.




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