Refugio Inesperado

Capítulo 14

El coche serpenteaba por la carretera costera, dejando atrás la atmósfera enclaustrada de la ciudad y la mansión Valente. El aire que entraba por las ventanillas ya olía a salitre, a algas secas y a horizonte abierto.

Sebastián conducía con una tensión concentrada, sus nudillos blancos sobre el volante. En el asiento del copiloto, Milena estudiaba el mapa desgastado y las notas digitales que había tomado, cruzando la información de Argos con registros públicos que había consultado apresuradamente en su tableta. En la parte trasera, Argos permanecía en silencio, la mirada perdida en el paisaje que se desdibujaba, reviviendo un viaje que había hecho una vez en la oscuridad, cargando con el secreto de una vida.

San Marín no era ya el pueblo pesquero en crecimiento que Argos recordaba. El turismo lo había transformado en un laberinto de callejuelas empedradas flanqueadas por tiendas de recuerdos y bares con sombrillas de colores. La «Pensión La Gaviota», sin embargo, seguía en pie, aunque con una fachada renovada y un letrero neón que rezaba "Hostal La Gaviota". El muelle viejo, el de la postal, era ahora un paseo marítimo repleto de turistas.

—No será fácil —murmuró Sebastián, aparcando en una estrecha calle lateral—. Todo ha cambiado.

—Los cimientos no —repuso Milena, señalando con la cabeza la estructura baja del hostal—. Y la gente mayor suele aferrarse a los lugares. Preguntemos ahí.

El interior olía a lejía y a café rancio. Una mujer de edad avanzada, con el pelo teñido de un rubio apagado y una mirada cansina, miraba un programa del corazón en una pequeña televisión tras la recepción.

—Disculpe —dijo Milena, con su sonrisa más amable—. ¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?

La mujer, que se presentó como Rosa, los miró con desconfianza, una desconfianza que se agudizó cuando Argos, con voz quebrada, preguntó por la dueña de hacía veintitantos años, una señora llamada Eulalia.

—Eulalia era mi tía. Se murió hace diez años. Yo regento esto desde entonces —dijo Rosa, cruzando los brazos—. ¿Qué quieren?

Sebastián dio un paso al frente, conteniendo la desesperación que empezaba a rugir en su pecho.

—Buscamos información. Sobre una mujer joven que se hospedó aquí, en la habitación cuatro, hace más de veinte años. Llegó de noche, con una niña pequeña. Se fue abruptamente.

Rosa frunció el ceño. El programa de televisión seguía sonando a sus espaldas.

—¿Son policías?

—Familia —intervino Milena, suavemente—. La mujer era su hermana —señaló a Sebastián, cuya expresión dolida era tan genuina que resultaba imposible de fingir.

Algo se suavizó en el rostro de Rosa. Miró a Argos, luego a Sebastián, y finalmente a Milena. Suspiró.

—Mi tía hablaba a veces de eso. Decía que era una de las pocas veces que tuvo miedo en su propia casa. Una chica muy joven, muy asustada. Hermosa, pero con los ojos como los de un animal acorralado. La niña, un sol. No lloraba nunca.

—¿Recuerda por qué se fueron? —preguntó Milena, conteniendo la respiración.

—Claro que sí. Un hombre. Un tipo desagradable, con una cicatriz aquí —Rosa se pasó el dedo por la mejilla izquierda, un gesto que hizo que el corazón de Sebastián diera un vuelco—. Preguntó por ellas. No por el nombre, sino por "una mujer guapa con una niña rubia". Dijo que era su marido. Mi tía, que era más espabilada, le dijo que no había visto a nadie así. Pero el tipo se pasó días merodeando por el muelle, preguntando a los pescadores.

Argos cerró los ojos, como si pudiera bloquear la imagen que las palabras de Rosa pintaban con tanta claridad.

—¿Alguien del pueblo le dio información? —preguntó Sebastián, su voz apenas un susurro.

—Los viejos del lugar no. Eran recelosos. Pero —Rosa hizo una pausa, buscando en su memoria— había un hombre, un tal Pepe "el Rápido", que siempre andaba metido en líos. Le gustaba el dinero fácil. Mi tía siempre sospechó que fue él quien le dijo al de la cicatriz que las había visto a ellas dos yendo hacia la playa norte, la que no es turística.

—¿Este Pepe sigue en el pueblo? —preguntó Milena, sacando su cuaderno.

Rosa soltó una risa corta.

—En el cementerio. Se lo llevó por una borrachera hace quince años. Pero si quieren saber del pasado, hablen con el viejo Tomás. Tiene una caseta de venta de cebos y artes de pesca al final del muelle viejo, donde atracan los barcos de verdad. Él lo sabe todo. Y lo recuerda todo.

Agradeciéndole a Rosa con una sinceridad que hizo que la mujer asintiera con un atisbo de simpatía, salieron del hostal y se dirigieron hacia el muelle. La brisa marina agitaba el pelo de Milena. Sebastián caminaba a su lado, una chispa de esperanza renovada encendida en su mirada. No era mucho, pero era un hilo. Un hilo que llevaba directamente a un hombre con una cicatriz y, quizás, más allá.

Al final del muelle, alejado del bullicio turístico, una caseta de madera descascarada se mantenía en pie con terquedad. Un letrero escrito a mano decía "Cebos y Redes de Tomás". En el interior, entre el olor a red seca y a pescado, un hombre anciano, con la piel curtida como el cuero y ojos de un azul pálido y penetrante, remendaba una red con dedos que, a pesar de su edad, no habían perdido destreza.




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