La voz áspera del viejo Tomás cortó el aire salado como un cuchillo. Los tres se quedaron inmóviles en la entrada de la caseta.
Sebastián palideció. La imagen de su hermana y su sobrina, atrapadas en un lugar tan siniestro, le provocó náuseas. Milena fue la primera en reaccionar, cerrando la endeble puerta de madera para aislarlos del mundo exterior. El interior quedó sumido en una penumbra oliente a sal y redes viejas, solo rota por el destello de los ojos claros del anciano.
"Se las llevaron", había dicho. No "se fueron". La elección de las palabras pesaba como losa.
—Por favor —suplicó Sebastián, encontrando por fin la voz, quebrada por la angustia—. Cuéntenos. Tenemos que saber qué pasó.
Tomás asintió con lentitud, dejando la aguja y la red sobre el mostrador de madera gastada. Sus dedos, nududos y surcados de cicatrices menores, tamborilearon sobre la superficie.
—Esa chica... tu hermana —comenzó, mirando a Sebastián—. Era un cervatillo asustado. Se pasaba los días en la habitación o paseando a la niña por la playa norte, lejos de miradas. La pequeña era callada, sí. Demasiado callada para su edad. Como si supiera que el mundo era un lugar peligroso.
Hizo una pausa, su mirada se perdió en la oscuridad de la caseta, viajando en el tiempo.
—La noche que llegó Marco no era como las otras. Había tormenta en el aire, aunque no una sola nube en el cielo. Se sentía. Yo estaba arreglando un aparejo aquí mismo, con la puerta abierta. Los vi pasar. Él caminaba detrás de ellas, no con violencia, sino con una... una certeza terrible. Como un perro de caza que ya tiene la presa acorralada. La mujer, Julia, llevaba a la niña en brazos, apretada contra el pecho. Iba caminando hacia un coche negro, grande, que esperaba con el motor al ralentí en el camino de tierra que lleva a la carretera.
Argos emitió un sonido gutural, un quejido ahogado. Sebastián tenía el puño tan apretado que le temblaba.
—¿No hizo nada? —preguntó Milena, su voz suave pero cargada de una intensidad que hizo que Tomás la mirara.
—Yo era un pescador, señorita, no un héroe —dijo el viejo, sin un ápice de vergüenza, solo la fatiga de quien ha vivido demasiado—. Marco era el tipo de hombre que llevaba la violencia tatuada en la mirada, junto a esa cicatriz. Y yo tenía una familia. Pero sí hice algo. Me acerqué, lo suficiente para que me viera. Le pregunté a la joven si todo estaba bien.
Los ojos de Tomás se clavaron en Sebastián.
—Ella me miró. Tenía los ojos llenos de un pánico tan absoluto que me heló la sangre. Pero entonces... miró a Marco, y luego a la niña en sus brazos. Y me dijo, con una voz que apenas era un susurro: "Sí. Está bien. Es... mi marido".
La decepción y la rabia se mezclaron en el rostro de Sebastián. —¿Por qué diría eso?
—Porque era inteligente —intervino Argos, hablando por primera vez, su voz un eco seco desde el rincón—. Sabía que si causaba una escena, ese hombre podría hacerle daño a la niña allí mismo. Eligió la sumisión por protección. Era su única moneda de cambio.
Tomás señaló a Argos con un gesto de cabeza.
—El señor tiene razón. Fue un acto de desesperación, no de verdad. Marco me sonrió entonces. Una sonrisa fría, de triunfo. Abrió la puerta trasera del coche para que ellas entraran. Y entonces, justo antes de subir, Julia... tu hermana —repitió, para Sebastián—, volvió la cabeza hacia mí. Marco no lo vio. Y con la niña ocultando el movimiento de su mano, dejó caer algo pequeño y blanco en la tierra, junto a la rueda trasera.
Milena contuvo la respiración. —¿Qué era?
—No lo supe hasta que el coche se marchó —dijo Tomás—. Esperé a que los faros se perdieran en la oscuridad. Luego me acerqué y lo recogí. Era una figurita de porcelana, una de esas que adornan las llaves. Tenía la forma de una gaviota.
Sebastián jadeó, llevándose instintivamente la mano al bolsillo de su chaqueta, donde durante años había llevado el par de la misma figura, el recuerdo de un regalo que le hizo a su hermana cuando eran adolescentes.
—La recogí y la guardé —continuó Tomás—. No sabía qué hacer con ella. No tenía nombre, ni dirección. Solo sabía que aquella chica había intentado enviar un mensaje. Un testigo. Así que me lo quedé, esperando. Y nadie vino a preguntar... hasta hoy.
Con movimientos lentos, el viejo pescador se inclinó y abrió un pequeño cofre de madera, lleno de clavos, anzuelos y cordeles. De lo más profundo, sacó un objeto envuelto en un trapo limpio. Lo desenvolvió con cuidado y lo colocó sobre el mostrador.
Allí estaba. La pequeña gaviota de porcelana, blanca y azul, sucia de barro en una punta del ala, pero intacta. Un símbolo diminuto y frágil de una última chispa de esperanza en medio del terror.
—No sé a dónde las llevaron —dijo Tomás, su voz más suave—. Pero el coche no tomó la carretera principal. Giró hacia el norte, por la costa vieja. Es un camino solitario. Solo lleva a un par de calas abandonadas y a la antigua fábrica de conservas "Salinas del Norte". Lleva cerrada desde antes de que eso pasara.
Sebastián cogió la figurita con mano temblorosa. La cerró en su puño, sintiendo el filo de la porcelana contra su palma. El dolor era agudo, visceral, pero por primera vez, no era de desesperanza. Era un dolor con dirección. Tenían un nombre: Marco. Tenían un destino probable: la fábrica abandonada. Y ahora tenían una prueba tangible, un frágil hilo de porcelana que conectaba directamente el pasado con el presente.
#952 en Novela romántica
#385 en Chick lit
#madrecoraje #hombrepoderoso, #ricachónypobrecita #segundaoportunidad
Editado: 23.11.2025