Refugio Inesperado

Capítulo 16

La luz cegadora del exterior y el bullicio de los turistas parecían de otro planeta. Sebastián cerró el puño con fuerza alrededor de la gaviota de porcelana, sintiendo el borde afilado donde un ala se encontraba con el cuerpo. Ese pequeño dolor físico era un ancla, algo real y presente en medio del torbellino de emociones que lo sacudía.

—Tenemos que movernos —dijo Argos, su voz baja pero urgente, rompiendo el hechizo—. Si Tomás nos recordó a Marco, es posible que nosotros también hayamos llamado demasiado la atención al venir aquí.

La advertencia los sacudió a la realidad. Milena asintió, ya con el teléfono en la mano. —Buscaré los planos de la fábrica desde un cibercafé. No usemos el wifi del apartamento.

Caminaron rápidamente, mezclándose con la multitud, pero la sensación de ser observados era una sombra pegada a sus espaldas. Sebastián no podía dejar de pensar en los ojos de su hermana, llenos de un "pánico absoluto". La imagen, ahora vívida y terrible, le quemaba el pensamiento.

Mientras Milena se encargaba de la investigación, Sebastián y Argos se dirigieron a un bar ruidoso cerca del puerto, un lugar donde las conversaciones se perdían en el fragor de las máquinas tragaperras y el fútbol en la televisión. Se sentaron en una esquina, lejos de las ventanas.

—No fue solo un secuestro —murmuró Sebastián, girando la taza de café entre sus manos—. Fue una cacería. Tomás lo dijo: "como un perro de caza que ya tiene la presa acorralada". Marco no las encontró por casualidad. Las estaba buscando.

Argos asintió, sus ojos escaneando el local de forma discreta pero constante. —Lo que significa que Julia y la niña representaban algo para él. Un peligro, una deuda, una posesión... algo por lo que valía la pena perseguirlas. Y si las llevó a una fábrica abandonada en lugar de... a otro lugar, es porque ese sitio tenía un significado o una utilidad.

—¿Crees que... las mantuvo allí prisioneras? —la pregunta se atragantó en la garganta de Sebastián.

—Es una posibilidad —dijo Argos, sin endulzarlo—. Un lugar aislado, lejos de miradas. Perfecto para retener a alguien contra su voluntad. O para...

No terminó la frase, pero Sebastián comprendió. O para ocultar un crimen. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

La tarde caía cuando Milena se reunió con ellos, su rostro era una máscara de concentración. Traía una carpeta con impresiones.

—"Salinas del Norte" —anunció, desplegando los papeles sobre la mesa—. Cerrada oficialmente en 1998, un año antes de la desaparición. Propiedad original, una cooperativa de pescadores que quebró. Pero aquí está lo interesante: seis meses antes de que Julia y Lena desaparecieran, la fábrica fue comprada por un testaferro a través de una sociedad instrumental. Es casi imposible rastrear al dueño real.

—Marco —concluyó Sebastián, con amargura.

—O alguien para quien Marco trabajaba —precisó Argos—. Un matón con una cicatriz llamativa no suele ser el cerebro, sino el brazo ejecutor.

Milena señaló unos planos borrosos, escaneados de un archivo municipal.

—El complejo es enorme. Almacenes, naves de procesamiento, oficinas e incluso un pequeño muelle privado. Si quisieras esconder a alguien, o esconder algo, tendrías espacio de sobra.

—Tenemos que entrar —dijo Sebastián. La decisión era firme ahora, nacida del dolor y la rabia—. Esta noche.

—Es una locura —susurró Milena, mirando a Argos en busca de apoyo.

El ex policía estudió los planos, luego a Sebastián. Vio la misma determinación feroz que había visto en los ojos de Tomás al describir a Julia. Una determinación que ya no podía ser contenida.

—Sí, es una locura —admitió Argos—. Pero es nuestra única jugada. No podemos esperar a que las pistas se enfríen otra vez. Veinte años es demasiado tiempo. —Se inclinó hacia adelante—. Pero lo hacemos a mi manera. Con precaución, con silencio, y con una ruta de escape clara. No somos héroes. Somos... investigadores. Y si encontramos algo, cualquier cosa, nos vamos inmediatamente y llamamos a las autoridades. ¿Entendido?

Sebastián asintió, aunque en su interior sabía que si encontraba el más mínimo rastro de su hermana, ninguna fuerza en la tierra podría sacarlo de allí. La gaviota en su bolsillo parecía latir, un corazón de porcelana que bombeaba veinte años de silencio y que ahora exigía, por fin, ser escuchado.

La noche se acercaba, trayendo consigo no solo la oscuridad, sino la promesa de respuestas que habían permanecido enterradas demasiado tiempo en la sal y el óxido de la fábrica abandonada. El rastro estaba caliente, y ellos se adentrarían en el vientre de la bestia para seguirlo.

La noche envolvía la fábrica "Salinas del Norte" en un manto de silencio profundo y ominoso. Solo el lejano golpear de las olas contra los acantilados y el crujido de la madera podrida bajo sus pies rompían la quietud. Sebastián y Argos, vestidos de negro, se movían como sombras entre los edificios decrépitos, sus linternas táctiles barriendo haces de luz que cortaban la oscuridad como cuchillos.

Cada habitación, cada pasillo, era un golpe a sus esperanzas. Polvo, óxido y telarañas. Nada más. La nave principal, con sus cintas transportadoras detenidas para siempre, parecía el esqueleto de un monstruo olvidado. No había rastro de vida reciente, ni de un pasado siniestro. Solo abandono.




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