El aire nocturno, cargado de sal y el leve olor a podredumbre del puerto, le dio una claridad brutal a la mente de Sebastián. No era solo una teoría; era una certeza que le quemaba las entrañas. Tomás, con toda su lógica policial, había visto a Julia, pero no había entendido porque huía. Marco no era un criminal común; el sabía quién era y porque las buscaba.
—No las escondió en un lugar —murmuró Sebastián, más para sí mismo que para Argos, mientras encendían el motor del coche—. Julia se escondió de el al escapar. En una mentira tan grande que resultaba invisible. Mi pobre hermana.
Argos, con las manos firmes sobre el volante, asintió. Su perfil, recortado contra los faros de los barcos, era una línea de pura determinación.
—Un fantasma no se esconde en una casa abandonada. Se esconde en una vida normal. En la rutina que nadie mira dos veces.
Esa fue la chispa. La rutina. Las gaviotas.
La búsqueda ya no era en fábricas o naves industriales. Cambiaron de idea. Comenzaron por las librerías de viejo y las papelerías especializadas de la ciudad costera. Mostraban el dibujo, siempre la misma pregunta: “¿Ha visto este símbolo? ¿Alguien compra cuadernos, tal vez una madre con una hija, que siempre dibuje esto?”.
Los primeros días fueron un desierto de negativas y miradas de lástima. Hasta que, en una pequeña y polvorienta tienda cerca del muelle, un anciano con gafas de culo de botella sostuvo el papel con una mano temblorosa.
—Las gaviotas… sí. La niña. Era callada, como asustada de su propia sombra. La madre, una mujer de una tristeza profunda, compraba lápices de colores y cuadernos baratos. Siempre el mismo modelo. —El hombre miró a Sebastián por encima de sus gafas—. Hace años que no vienen. La última vez, la mujer parecía… distinta. Más fuerte, quizás. Como si se hubiera quitado un peso de encima.
—¿Recuerda algo más? ¿Un nombre? ¿Adónde iban? —preguntó Argos, conteniendo la emoción.
El anciano negó con la cabeza. Pero luego, su rostro se iluminó.
—No. Pero una vez, la niña dejó caer un cuaderno. Al recogerlo, se le cayó un marca-páginas. De la biblioteca pública. Tenía el sello, ¿saben? El de la biblioteca del barrio de los pescadores.
Era casi nada. Y era todo.
La biblioteca era un edificio antiguo, de techos altos y un silencio que olía a papel y madera encerada. La bibliotecaria, una mujer joven, no recordaba a una niña que dibujara gaviotas. “Son muchos niños”, dijo con una sonrisa apologética. Pero cuando Sebastián mencionó, casi sin esperanza, el nombre de “Julia” —el nombre de la madre—, la mujer se quedó quieta.
—Esperen... Si —Se alejó hacia un archivo de fichas antiguo, un sistema que debía llevar décadas sin usarse—. Hubo una usuaria, hace mucho. Pero no se llamaba Julia sino. Elena Montes. Solía llevarse libros de geografía. Atlas de lugares remotos. Islas, sobre todo. Decía que era para un proyecto.
Elena Montes. Un nombre falso, sin duda. Pero era un hilo. Y al seguirlo, llegaron a una dirección, un pequeño piso en una calle estrella cuyo buzón aún tenía el apellido “Montes” escrito con letra desgastada.
Sebastián se quedó frente a la puerta, el corazón golpeándole las costillas. No llamó. Desde la ventana entreabierta del primer piso, flotaba una melodía tenue. Una canción de cuna que él no había oído en veinte años, pero que su subconsciente reconocía al instante. La misma que su hermana le cantaba a su hija cuando era un bebé y no podía dormir.
No necesitó verla para saberlo. La persecución de dos décadas, la obsesión que había consumido su vida y la de su padre, terminaba aquí, en este lugar anodino y tranquilo.
Julia estaba aquí. No era un eslabón. No era un fantasma.
Era una mujer que había crecido escondida en la luz del día, y que, en ese mismo instante, cantaba su propia canción de cuna a una hija que él no conocía.
La melodía era un hilo de plata en la noche, tirando de él, desenterrando un dolor que creía fosilizado. Sebastián contuvo la respiración. Cada nota era un clavo en el ataúd de su antigua vida. Allí, tras esa puerta pintada de azul desgastado, estaba el final de todo.
—Espera aquí —le susurró a Argos, cuya mano se cerró con fuerza sobre su hombro, una ancla en la marea de emociones que lo arrasaba.
—Sebastián, piénsalo. Veinte años. Ella no te espera.
Pero él ya no escuchaba. Cruzó la calle con determinación de sonámbulo y empujó la puerta, que cedió con un crujido sordo, nunca cerrada con llave. La escalera olía a cerrado y a pescado cocinado hace horas.
Subió los peldaños de dos en dos, su corazón un tambor de guerra. La canción era más clara ahora. Una voz de mujer, suave y cansada, que canturreaba para alguien más. Para su hija.
Se detuvo frente a la puerta del piso. La música se filtraba por la rendija. Alargó la mano, temblorosa, para llamar. Pero no fue necesario.
La puerta se abrió.
Era ella. Julia su hermana. La mujer cuya tristeza había descrito el viejo de la librería. Pero la tristeza se había transformado en una frialdad absoluta. En sus ojos no había sorpresa, solo una resignación helada, como si hubiera estado esperando este momento durante dos décadas.
#952 en Novela romántica
#385 en Chick lit
#madrecoraje #hombrepoderoso, #ricachónypobrecita #segundaoportunidad
Editado: 23.11.2025