Refugio Inesperado

Capitulo 18

El silencio en la pequeña sala era tan denso que se podía palpar. Las palabras de Julia flotaban en el aire como cuchillos, destrozando la realidad que Sebastián había construido durante veinte años. Su padre, el hombre cuya obsesión lo había consumido, no era una víctima. Era el cómplice, el traidor.

—No es posible —logró balbucear Sebastián, pero la certeza en los ojos de su hermana era un espejo que reflejaba una verdad brutal. Su búsqueda, su vida entera, había sido una farsa alimentada por la culpa de un hombre que prefirió la demencia a enfrentar su crimen.

—Es la única verdad, Sebastián —dijo Julia, su voz recuperando una chispa de la fuerza que debió tener para orquestar semejante fuga—. Papá le dijo a Marco en qué puerta entrar, a qué hora yo estaría sola. La deuda era más grande que su familia.

Desde el rellano, Argos rompió la tensión. Su instinto de antiguo policía se imponía sobre el drama familiar.

—Julia, ¿Marco sabe que tu padre fue su cómplice?

—No—respondió ella, secándose una lágrima de rabia con el dorso de la mano—. Para Marco, papá era solo un peón asustado. Un recurso. Nunca supo que papá conocía su identidad. Eso fue lo que me salvó. Esa noche, después de que Marco se fuera... papá vino. Estaba destrozado, sollozando. Me dijo que huyera, que Marco volvería, que no podría protegerarme. Me dio dinero, lo poco que tenía. Me dijo... que lo olvidara. Y tú Argos fuiste leal, me ayudaste me trajiste aquí.

—Y lo hiciste bien —murmuró Sebastián, el dolor abriéndose paso a través del shock—. Te escondiste de él también.

—Tuve que hacerlo. Si Marco alguna vez sospechaba que yo sabía la verdad, que papá había hablado, nos habría matado a los tres. Mi silencio fue lo único que los protegió a ustedes.

La ironía era un veneno que corría por las venas de Sebastián. Él y su padre, viviendo en la misma prisión de culpa y obsesión, pero por razones diametralmente opuestas. Su padre, por haberla vendido; él, por creerse responsable de no haberla protegido.

La joven del sofá, Laura como Julia la presentó con un susurro, observaba la escena con los ojos muy abiertos, acunando a su hija. Sebastián sentió un vuelco al mirarlas. Eran su familia, la sangre que no sabía que tenía, y su sola existencia era un recordatorio de todos los años perdidos.

—No podemos quedarnos aquí —declaró Argos, entrando por fin al departamento y cerrando la puerta con llave. Su mirada escudriñó la calle a través de la ventana—. Si Sebastián los encontró, Marco también puede hacerlo. Este lugar está quemado.

—¿Y adónde vamos a ir? —preguntó Julia, con un deje de antigua fatiga—. He estado huyendo toda mi vida.

—Ya no huimos —dijo Sebastián. Su voz sonó diferente. La confusión y el dolor empezaban a ceder, reemplazados por una fría y clara determinación. El pilar de su vida la lealtad a la memoria de su padre se había desmoronado, y en su lugar solo quedaba el deber hacia su hermana y su nueva familia—. Ahora contraatacamos.

Todos lo miraron.

—¿Contraatacar? ¿Contra Marco? Sebastián, es un hombre peligroso, con recursos —protestó Julia.

—Sí. Pero tiene un punto ciego. Cree que mi padre es un viejo demente, consumido por la pena. No sabe que tenemos la verdad —Sebastián se acercó a su hermana, tomándole las manos. Eran frías—. Julia, lo que papá hizo es imperdonable. Pero su demencia... ¿es real? ¿O es otra fachada para esconderse?

El rostro de Julia se contrajo en un conflicto de emociones.

—No lo sé. La última vez que lo vi, hace veinte años, su arrepentimiento era real. Pero el miedo puede pudrir la mente de formas extrañas.

—Tenemos que ir a verlo —anunció Sebastián—. A la mansión Valente. vamos hermana tienes que regresar.

Argos asintió lentamente, comprendiendo el plan.

—Usamos la verdad como carnada. Si el viejo realmente ha perdido la cabeza, quizás no sirva de nada. Pero si está fingiendo... él es la única prueba viviente del vínculo entre Marco y lo que le pasó a Julia. Es la llave para tenderle una trampa a Marco.

—¿Una trampa? —preguntó Laura, hablando por primera vez. Su voz era un eco joven de la de su madre.

—Sí —confirmó Sebastián, mirando a su sobrina y a su nieta—. Durante veinte años, Marco ha perseguido un fantasma que Julia creó. Es hora de que el fantasma se convierta en cazador. Y para eso, necesitamos al hombre que empezó todo esto. Mi padre.

La decisión estaba tomada. Mientras Julia y Laura recogían sus escasas pertenencias con la velocidad de quien ha vivido siempre listo para huir, Sebastián se quedó mirando la calle oscura. La mansión Valente, ese lugar de recuerdos opresivos y silencios acusadores, lo esperaba. Ya no iría como el hijo doliente, sino como el portador de una verdad que podría destruir lo que quedaba de su familia... o, por primera vez, recomponerla.

El viaje de regreso a la mansión Valente no sería un regreso a casa. Sería una incursión en el corazón de la mentira. Y Sebastián, armado con la dolorosa claridad que le había dado su hermana, estaba listo para enfrentar al hombre que lo había convertido en un perseguidor de sombras: su propio padre.




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