El coche surcaba la carretera serpenteante que ascendía hacia la colina como un ataúd negro sobre ruedas. Dentro, el silencio era tan pesado que ahogaba hasta el sonido del motor. Sebastián conducía con las mandíbulas apretadas, sus nudillos blancos sobre el volante. En el asiento del copiloto, Argos escrutaba cada curva, cada retazo de bosque, con la mirada de un halcón. Julia, en la parte trasera, apretaba la mano de Laura, que a su vez acunaba a la pequeña Ana, ahora dormida gracias a un suave vaivén y al agotamiento de la noche.
Ninguno de ellos había pronunciado una palabra desde que abandonaron los límites de la ciudad. La decisión estaba tomada, pero la realidad del regreso a la mansión Valente se cernía sobre ellos, una tempestad a punto de estallar.
Julia miraba por la ventana, viendo desfilar los fantasmas de su juventud. Allí, en esa curva, se había detenido el coche de su primer amor. Más allá, entre esos árboles, solía leer a escondidas. Cada metro recorrido era un latigazo en su alma. Veinte años de exilio, de vivir con el corazón en un puño, y ahora volvía al lugar donde empezó su pesadilla. No como la niña asustada que huyó, sino como una mujer que regresaba para enfrentarse a la bestia... y al hombre que le abrió la jaula.
—¿Estás segura de esto? —murmuró Laura, rompiendo el silencio. Su voz era un hilo de seda en la oscuridad.
Julia apretó su mano con más fuerza. —No. Pero es lo único que nos queda.
Sebastián observó el breve intercambio por el espejo retrovisor. El gesto de protección de Julia hacia su hija le recordó brutalmente lo que su padre no había sido capaz de hacer. Ese contraste avivó la fría llama de su determinación.
Finalmente, entre los árboles centenarios, apareció la silueta de la mansión Valente. No era un hogar. Era una fortaleza de recuerdos podridos, un mausoleo de secretos. Las ventanas oscuras parecían ojos ciegos observando su aproximación. Un escalofrío recorrió la espalda de Sebastián. Esta vez no llegaba como el hijo pródigo, sino como un inquisidor.
Dentro de la mansión, en la penumbra perpetua del estudio, Luca Valente no dormía. Sentado en su sillón de cuero, frente a la chimenea fría, sus dedos temblorosos acariciaban el borde desgastado de un viejo libro de contabilidad. Sus ojos, velados por la niebla de la edad y la locura ¿fingida? ¿real?, miraban fijamente las llamas imaginarias que danzaban en el hogar vacío.
De pronto, sus dedos se crisparon sobre el libro. Un espasmo, rápido e involuntario, recorrió su cuerpo encorvado. Algo había cambiado en la atmósfera opresiva de la casa. Un eco lejano, un crujido en los huesos de la mansión. Algo se acercaba. Algo... inevitable.
—Ella —susurró para sí, su voz un quejido ronco—. Vuelve.
La enfermera, una mujer práctica y poco imaginativa, lo oyó desde el pasillo y suspiró. "Otra de sus alucinaciones", pensó, ajustándose la bata. "El viejo está cada día peor."
Pero Luca no estaba alucinando. Sentía, con una certeza que atravesaba la demencia como un rayo, que el pasado, del que había huido durante dos décadas encerrándose en su mente, estaba a punto de llamar a la puerta.
El coche se detuvo frente a la verja principal, que permanecía cerrada como una boca sellada. Sebastián bajó y la abrió con una llave oxidada que chirrió de protesta. El sonido rasgó la quietud de la noche como un grito.
Al entrar en el vestíbulo principal, el aire frío y viciado los recibió como una bofetada. Polvo y abandono. Pero para Julia, cada partícula de polvo contenía un recuerdo. Allí, en esa escalera, su padre la había cargado sobre sus hombros. Allí, bajo ese retrato de su madre, Sebastián le había prometido protegerla siempre. Promesas rotas. Mentiras fundacionales.
—Quédate con ellas —le ordenó Sebastián a Argos, con un gesto hacia Julia, Laura y la niña—. Yo iré primero.
—Ten cuidado, Sebastián —dijo Julia, su voz un susurro tenso—. No sabes en qué estado puede estar. O qué puede ser capaz de hacer.
Sebastián asintió y comenzó a subir la escalera principal, sus pasos resonando sobre la madera como tambores de guerra. No iba armado con nada más que con la verdad. Era el arma más peligrosa que tenía.
La puerta del estudio estaba entreabierta. Una rendija de oscuridad. Sebastián empujó lentamente.
Luca no se volvió. Permanecía inmóvil en su sillón, de espaldas a la puerta.
—Padre —dijo Sebastián, su voz firme, cortando la penumbra.
El viejo no se inmutó. —¿Trajiste a las raíces, hijo? —preguntó, su voz era el crujir de hojas secas—. Siempre te dije que no jugaras con fuego.
Sebastián frunció el cejo. ¿Era otra de sus divagaciones o había una intención detrás de esas palabras?
—No son raíces, padre. Es Julia. Julia ha vuelto a casa.
Por primera vez en años, el cuerpo de Luca se tensó de manera visible, una línea rígida de shock que recorrió su espalda encorvada. Un temblor incontrolable sacudió sus manos.
—No... —murmuró—. No debe estar aquí. Él... él vendrá. Siempre vuelve.
—¿Quién, padre? —preguntó Sebastián, avanzando lentamente hacia el centro de la habitación—. ¿Marco? ¿El hombre al que le vendiste a tu hija?
Luca giró entonces la cabeza. Sus ojos, hundidos en órbitas oscuras, no parecían los de un demente. En su profundidad ardía un fuego de agonía y un miedo tan visceral que era casi tangible.
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Editado: 23.11.2025