El sonido del golpe en la puerta principal, seguido por la voz gélida de Marco, cortó el aire viciado del estudio como un cuchillo. Por un instante, el tiempo se congeló. La revelación que estaba a punto de ocurrir, el contenido del sobre escondido en "La Ilíada", quedó suspendida por la amenaza inmediata que resonaba desde la entrada.
Sebastián cerró el libro falsificado con un golpe seco, guardando el sobre en el interior de su chaqueta. Sus ojos, cargados de una furia helada, se encontraron con los de Argos. No hubo necesidad de palabras. El guardaespaldas asintió casi imperceptiblemente. Su mirada de halcón se volvió hacia la puerta del estudio, calculando ángulos y posiciones.
—Él... él vino —susurró Luca, retorciéndose en su sillón. La breve lucidez fue devorada por el pánico, y sus ojos se velaron de nuevo, esta vez con un terror infantil.— Se lo llevará todo. Él siempre se lleva todo.
Julia se abrazó a sí misma, una ráfaga de frío existencial recorriéndola. Esa voz. Esa era la voz que había susurrado pesadillas en su oído durante veinte años. La voz del hombre que había convertido su vida en una mercancía. Sin pensarlo, dio un paso atrás, buscando instintivamente a su hija.
Laura, pálida pero serena, ya había reaccionado. Con movimientos rápidos y silenciosos, tomó a la pequeña Ana, aún dormida, de los brazos de su madre y, con una mirada urgente hacia Argos, se deslizó hacia una puerta lateral que conectaba el estudio con una biblioteca auxiliar, más pequeña y oscura. Era un escondite temporal, pero mejor que nada.
—Sebastián —la voz de Luca fue un jadeo—. Él está aquí. ¿Y Milena? Si él está aquí... ¿dónde está ella?
La pregunta flotó en la habitación, envenenando el aire. La ausencia de Milena, aquella mujer que lo había ayudado a encontrar a Julia donde se encontraba. Marco no habría venido solo. Luca, en su delirio, había insinuado que "él vendría". ¿Había entregado Luca a Milena y a su hija como parte de un nuevo trato para salvar su pellejo una vez más?
—No lo sé —respondió Sebastián, su voz tensa como un cable de acero—. Pero vamos a averiguarlo. Argos, quédate con ellas. Yo abro.
—Es una locura —protestó Julia, agarrándole del brazo—. Está armado, debe de traer hombres...
—Es nuestra casa, Julia —dijo Sebastián, y por primera vez desde su regreso, hubo un atisbo del hermano protector que ella recordaba—. Y esta vez, no vamos a huir.
Bajó la escalera con determinación, cada paso una afirmación de su nueva resolución. Al llegar a la puerta principal, dudó solo un instante antes de girar la pesada llave y abrirla.
Marco estaba allí, en el umbral, como una extensión de la noche. Vestía un abrigo oscuro y elegante, y su rostro, cincelado y frío, esbozaba una sonrisa que no llegaba a sus ojos, muertos como piedras pulidas. Detrás de él, dos hombres de complexión sólida y miradas vacías custodiaban la entrada.
—Sebastián —dijo Marco, como si saludara a un viejo conocido—. Me alegra ver que el hijo pródigo ha vuelto al redil. Estaba teniendo una... conversación pendiente con tu padre.
—¿Dónde está Milena? —preguntó Sebastián, ignorando el saludo. Su cuerpo bloqueaba la entrada.
La sonrisa de Marco se ensanchó un milímetro.
—La joven Milena, es un alma... cooperativa. Una vez que comprendió que la seguridad de su pequeña hija dependía de su discreción, se mostró muy útil manteniendo un ojo sobre tus movimientos y los de la joven Laura. Lástima que su utilidad haya llegado a su fin.
Un puño de hielo se cerró alrededor del corazón de Sebastián. "¿La pequeña hija?". Luca no solo había traicionado a su propia familia; había arrastrado a otra a su pesadilla.
—¿Qué hiciste con ellas? —la voz de Sebastián era un rumor cargado de muerte.
—Oh, están a salvo —respondió Marco con despreocupación—. Por ahora. Son el seguro para lo que vine a buscar. Luca tiene algo que me pertenece. Unos... documentos insidiosos que se le ocurrió coleccionar hace años. Creía que el fuego los había consumido, pero mi viejo amigo siempre fue más astuto de lo que aparentaba. —Su mirada se posó sobre el bulto que el sobre hacía en la chaqueta de Sebastián—. Parece que llegué justo a tiempo.
—No te llevarás nada de esta casa —declaró Sebastián.
—Mi querido muchacho —Marco dio un paso al frente, invadiendo su espacio—. Tú no decides lo que me llevo. Yo decido si te dejo a ti, a tu hermana, a su preciosa niña y a tu amiga la tal Milena con vida. Es una ecuación muy simple. Dame el sobre, y puedes quedarte con tus ruinas y tus recuerdos.
En ese momento, un grito ahogado proveniente del piso de arriba, seguido del estallido sordo de un cuerpo contra la pared, cortó la tensión. Era la voz de Argos.
Marco suspiró, con fingido aburrimiento.
—Ah, sí. Mis otros asociados. Una escalera trasera, una ventana descuidada... Uno no puede confiar en que las puertas sean el único acceso, ¿verdad?
El aire en el estudio era denso, cargado con el humo del incendio que comenzaba a trepar por las cortinas y el olor dulzón de la traición. Las lágrimas de su padre caían sobre la alfombra persa, manchas oscuras de culpa y cobardía. Julia lo miró, no con la compasión de una hija, sino con la frialdad de un juez. Su mundo, ya fracturado, se hacía añicos con cada balbuceo del hombre postrado a sus pies.
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Editado: 23.11.2025