Refugio Inesperado

Capítulo 21

Horas antes de que Sebastián y su hermana pusieran un pie en la mansión, en la penumbra de un estudio privado, se había sellado un pacto que helaría el alma de quien lo presenciara. Luca, con el rostro surcado por una derrota silenciosa y los hombros cargados de un peso que no era solo suyo, había susurrado un acuerdo con Marcos. La oferta era clara, un trueque desgarrador: él se llevaría a Milena y a su hija lejos de aquel lugar, a cambio de que su vida y las de los suyos quedaran en paz. Era la rendición de un hombre acorralado, la moneda de cambio para una tregua que sabía frágil como el cristal.

Milena, sin embargo, no era consciente de ser la ficha en juego. Desde su escondite tras una pesada cortina de terciopelo en el corredor contiguo, había sido testigo involuntaria de cada palabra, de cada sílaba que caía como un latigazo en la quietud. No pudo soportarlo. La visión de aquel hombre, Luca, el padre de Sebastián, negociando con el diablo mismo, con los secuaces de Marcos, hizo que el mundo se le desdibujara en un remolino de traición y desesperación. Un grito se ahogó en su garganta, convertido en un nudo de angustia.

Dar un paso hacia la luz, revelar su presencia, habría significado cruzar un abismo del que no habría retorno. Habría sido exponer una compasión que Luca, en su amarga capitulación, probablemente despreciaría como un signo más de debilidad. Con el corazón martilleándole en el oído, un tambor de pánico que ahogaba todo otro sonido, Milena se volvió. No fue una huida cobarde, sino la retirada instintiva de una gacela que huele al depredador. Sus pies, descalzos sobre la fría losa, la llevaron en silencio por los pasillos sombríos, dejando atrás el eco de una desolación que ahora le pertenecía.

Subió a su habitación, a esa suite lujosa que con el tiempo había aprendido a reconocer como su prisión dorada. La puerta se cerró tras de sí con un clic sordo, el sonido de un cepo cerrándose. Se dejó caer en un sillón de brocado, y un temblor incontrolable, nacido de lo más profundo de su ser, se apoderó de ella. Enrolló las piernas contra el pecho, buscando un consuelo que no llegaba, mientras escuchaba, hipnotizada, los latidos acelerados de su propio terror, un reloj de arena que marcaba los segundos de su falsa seguridad.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, sumergida en un océano de incertidumbre. Podrían haber sido minutos o horas, el tiempo había perdido todo significado. Hasta que, de repente, la puerta de su habitación se abrió de par en par, sin ceremonia, sin el aviso de un golpe cortés. No era la figura esperanzadora de Sebastián, regresando triunfante con Julia a cuestas. Tampoco era Luca, con su pesar recién adquirido. Eran dos hombres de rostros tallados en granito, impasibles, enfundados en trajes oscuros que parecían absorber la poca luz de la habitación.

—La señorita debe venir con nosotros —dijo uno, con una voz plana y metálica que no admitía réplica, un sello de autoridad absoluta.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Adónde? —logró articular Milena, poniéndose de pie de un salto. Su instinto maternal fue más rápido que el miedo; sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de su pequeña hija, que dormía ajena al peligro. Una certeza fría, más cortante que el hielo, comenzó a helarle la sangre en las venas.

—Son órdenes. No haga esto difícil —repitió el mismo hombre, mientras el otro avanzaba, su sombra cayendo sobre ellas como una losa.

No hubo tiempo para recoger sus escasas pertenencias, esos pequeños objetos que eran los últimos vestigios de su identidad. La tomaron de los brazos con una firmeza impersonal y la condujeron a la fuerza por una escalera de servicio, un vientre oscuro y polvoriento de la mansión, lejos de la opulencia y las miradas de las áreas principales. En un patio trasero, bañado por la luz cruda de un farol solitario, esperaba una furgoneta negra, con los cristales polarizados como ojos ciegos. El motor ronroneaba con una impaciencia siniestra.

Antes de que la empujaran a la penumbra del vehículo, Milena alzó la vista por última vez hacia la silueta opresiva de la mansión Valente. Sintió, con una claridad aterradora, que una mano invisible, fría y calculadora, acababa de moverla en un tablero de ajedrez perverso del que no conocía las reglas. Sebastián no estaba allí para salvarla. En ese momento crucial, Sebastián estaba en otra parte, buscando a su hermana, creyendo que al regresar con ella, todo volvería a estar en su lugar. Y para cuando él regresara, solo encontraría el silencio y el vacío que su ausencia había dejado atrás.

La furgoneta negra se deslizó por los caminos privados de la finca Valente como una sombra maligna, sus neumáticos susurrando sobre la grava en un ritmo funesto. Dentro, la atmósfera era fría y claustrofóbica, impregnada del olor a cuero nuevo y a un perfume neutro que no lograba enmascarar el miedo. Milena se apretó contra su hija, sintiendo el pequeño y cálido cuerpo como el único ancla a la realidad en medio de un mar de pesadilla. Los hombres de rostros impasibles no decían una palabra, sus miradas fijas al frente, como autómatas programados para una misión desagradable.

Atravesaron los imponentes portones de hierro forjado que separaban el mundo de los Valente del resto del mundo, y fue en ese preciso instante cuando una punzada de pérdida absoluta atravesó a Milena. No solo la arrancaban de Sebastián, sino de cualquier posibilidad de refugio. La mansión, con todas sus sombras y secretos, había sido su jaula, pero también el único lugar donde él podía encontrarla. Ahora, se convertía en un fantasma en su propio pasado.




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