Refugio Inesperado

Capítulo 22

Las horas se diluyeron en una sustancia pesada y opaca. El primer día en la celda de lujo pasó para Milena entre susurros calmantes para su hija y una vigilancia desesperada de cada centímetro del ático. Cada ruido sordo del sistema de ventilación, cada cambio en la luz que filtraban los ventanales, la hacía estremecer. El silencio era tan vasto como el espacio de la habitación, y tan opresivo como las paredes invisibles que la rodeaban.

Exploró cada rincón con una meticulosidad de pánico. La cocina totalmente equipada, con cuchillos de acero inoxidable que brillaban bajo la luz indirecta. Los tomó, sopesó su frío filo, y luego los dejó caer con un ruido metálico que resonó en el silencio. ¿De qué servía un arma contra cerraduras electrónicas y hombres armados? El baño, impecable, con productos de higiene personal sin estrenar. La habitación principal, con una cama enorme de ropa blanca y pura que le pareció una burla. No había dormido. No podía.

Su hija, Mía, finalmente se había rendido al agotamiento, durmiendo en un sofá de piel blanca, ajena a la geometría perfecta de su prisión. Milena se acurrucó a su lado, sin apartar los ojos de la puerta. El teléfono, ese objeto negro y liso sobre la mesa de cristal, parecía palpitar con una energía maligna. Era un cordón umbilical envenenado que la unía a su captor.

La noche se hizo eterna. Las luces de la ciudad no se apagaron, un recordatorio constante de la vida que continuaba ahí fuera, de la libertad que le había sido arrancada. En algún lugar entre ese mar de destellos, Sebastián estaba. ¿Buscándola? ¿O se había olvidado de ella.

Mientras Milena luchaba contra la desesperación en su torre de marfil, Sebastián recorría los bajos fondos de la ciudad como un espectro poseído. El olor a humedad y derrumbe impregnaba el aire en el almacén abandonado del puerto donde habían refugiados. Latas vacías y mantas sucias eran el testimonio de personas. Estaba desesperado, la pobre Milena en manos de Marcos el hombre que le hizo daño a su hermana Julia, y ella Milena estaba allí ayudado a conseguir a su hermana.

Su padre Luca había traicionado su confianza, había vendido a Milena para salvar su propio pellejo. La furia era un fuego blanco que le nublaba la visión, pero la tenía que contener. La furia lo volvía predecible, y Marcos se alimentaba de la predictibilidad.

Su teléfono, un dispositivo desechable y cifrado, vibró. Un mensaje de un número desconocido. Solo una coordenada GPS y una hora: 03:00 AM. El muelle 7.

No era Luca su padre. El estilo era demasiado seco, demasiado directo. Podía ser una trampa, por supuesto. Todo podía ser una trampa ahora. Pero era la única hebra que tenía que tirar. Milena estaba en alguna parte, quizás usada como carnada igual que su hermana… Milena estaba atrapada como ella. La imagen de ella, acurrucada en ese frío suelo diáfano, lo impulsó a actuar. Se enfundó la chaqueta de cuero, comprobó la carga de su arma y se sumergió en la noche, un hombre convirtiéndose en la tormenta que necesitaba desatar.

El amanecer llegó, tiñendo el cielo de un naranja pálido sobre el perfil de los rascacielos. Milena, con Mía en brazos, miraba cómo la ciudad despertaba. Los coches eran como insectos diminutos, las personas, motas de polvo. La distancia era una ilusión cruel. Estaba tan cerca del mundo y tan irrevocablemente separada de él.

Fue entonces cuando el teléfono vibró.

El sonido, agudo e intrusivo, cortó el silencio como un cuchillo. Milena contuvo la respiración. Mía, alarmada por la tensión súbita de su madre, se quejó. El aparato bailaba sobre el cristal, un objeto vivo y demandante.

Lo tomó con manos temblorosas. La pantalla brillaba con una sola palabra: “Marcos”. No había opción para rechazar la llamada.

Deslizó el dedo para contestar y se lo llevó al oído, sin decir nada.

—¿Cómoda? —La voz de Marcos era tan serena como la tarde anterior, como si conversaran desde oficinas separadas.

—¿Qué quieres? —logró articular Milena, con la voz ronca por la falta de sueño.

—Verificar que mis activos están en buen estado. Y darte una oportunidad.

Milena apretó los dientes. “Activos”. Ella y su hija, reducidas a una palabra de contabilidad.

—¿Qué oportunidad?

—Sebastián está siendo particularmente… tenaz —dijo Marcos, y Milena pudo escuchar el leve crujido de una silla de cuero, imaginándolo en su despacho, reinando—. Está cavando su propia tumba y la de otros. Necesito que entienda que debe cesar.

—Yo no puedo controlar lo que él haga.

—Oh, pero sí puedes. Eres el único termostato para su calor insensato. Escúchame con atención, Milena. Esta es la única vez que lo explicaré.

Ella se quedó en silencio, el corazón latiéndole en el oído opuesto al teléfono.

—Tu silencio es asentimiento. Bien. Sebastián tiene setenta y dos horas. Setenta y dos horas para presentarse aquí, por su propia voluntad, y rendirse. Si lo hace, te liberaré a ti y a tu hija.

Milena sintió una punzada de esperanza, tan dolorosa como una puñalada, seguida inmediatamente por el escepticismo.

—¿Y si no lo hace? —preguntó, casi sin querer oír la respuesta.

Al otro lado de la línea, Marcos hizo una pausa dramática. Cuando habló de nuevo, su voz había perdido toda traza de amabilidad ficticia.




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