El silencio que siguió a la llamada era más ensordecedor que cualquier ruido. Las palabras de Marcos, "setenta y dos horas", resonaban en el aire opresivo del ático como el tictac de una bomba. Milena se quedó inmóvil, con Mía aferrada a su cuello, la pequeña respiración entrecortada por el llanto un recordatorio visceral de lo que estaba en juego. El mundo se había reducido a esta habitación y a una cuenta regresiva implacable.
La primera hora fue de puro pánico paralizante. Recogió el teléfono del suelo, esa losa fría de decisiones imposibles, y lo sostuvo como si fuera un artefacto explosivo. Cada instinto maternal le gritaba que llamara a Sebastián, que le suplicara, que le ordenara que se rindiera. Salvar a Mía. Eso era lo único que importaba. Pero la imagen de Sebastián caminando hacia su propia ejecución, creyendo que los salvaría, le retorcía el estómago. Marcos no soltaba presas. Solo cambiaba de jaula. O las destruía.
La segunda hora trajo una fría lucidez. El miedo no se fue, pero se transformó en un hormigón de determinación. Observar, planificar, actuar. Esa había sido su mantra cuando ayudó a Sebastián a buscar a Julia. Ahora debía aplicarlo a su propia supervivencia.
Se levantó, con Mía en la cadera, y comenzó a recorrer el ático de nuevo, pero esta vez no con la meticulosidad del pánico, sino con la frialdad de un ingeniero que estudia los planos de una prisión.
La puerta principal era una losa de acero blindado con una cerradura magnética. No tenía picaporte, solo una ranura casi invisible y un panel táctil al otro lado. Imposible. Los ventanales, desde el suelo hasta el techo, eran de un cristal laminado de seguridad, probablemente a prueba de balas. Golpearlos sería inútil y alertaría a los guardias.
Pero toda fortaleza tiene un punto ciego. Un lugar por donde respira.
Se dirigió a la cocina. Abrió cada cajón y cada armario. Cuchillos, vajilla de porcelana, electrodomésticos de acero inoxidable. Nada que pudiera atravesar el cristal o forzar la puerta. Pero entonces, sus ojos se posaron en la campana extractora sobre la isla de cocina. Era moderna, discreta, integrada. Sacó una silla, se subió y, con una mano temblorosa, palpó los bordes. Encontró un pequeño interruptor de liberación. Un suave clic y la parte inferior se desprendió, revelando el interior del ducto de ventilación.
El conducto era estrecho, quizás de 30 centímetros de ancho. Imposible para ella. Pero no para Mía.
Un plan, temerario y lleno de agujeros, comenzó a formarse en su mente. No podía esperar a que Sebastián se sacrificara. No podía confiar en la palabra de un monstruo. Tenía que crear su propia oportunidad, incluso si era una posibilidad remota.
El teléfono despertó de nuevo, esta vez con un mensaje de texto. Un número nuevo, probablemente de Sebastián. "Milena, por todo lo que sientes, dime que estás a salvo. Estoy cerca. Encuéntrame una prueba."
Su corazón se encogió. Él estaba cerca. Demasiado cerca. Marcos lo estaba guiando hacia una trampa y Sebastián, cegado por la furia y la preocupación, corría directamente hacia ella. No podía decirle la verdad. Marcos sin duda escuchaba. Pero no podía dejarlo en la oscuridad.
Escribió una respuesta, midiendo cada palabra, intentando codificar un mensaje que solo él entendiera.
"Sebastián, el águila vuela demasiado alto. Su nido está en la torre más fría. No te acerques. La gaviota y su polluelo deben encontrar su propio camino al mar. Confía en mí."
"Águila" era el apodo que él usaba para Marcos. "Torre más fría" describía este ático helado y lujoso. "Gaviota" era como él la llamaba cariñosamente. Rogó para que lo entendiera. Para que supiera que ella tenía un plan y que él debía alejarse.
La respuesta tardó solo un minuto. "Entendido. Cuidado con el viento del norte."
"Viento del norte". Código para peligro inmediato, una amenaza que se acercaba. Sebastián había entendido, pero también le estaba advirtiendo. Algo malo estaba a punto de pasar.
La noche cayó de nuevo, la segunda de su cautiverio. Milena no durmió. Acostó a Mía en la cama grande, arropándola con una suavidad que contrastaba con el nudo de hierro en su pecho. Luego, se puso a trabajar.
Con un cuchillo de la cocina, desatornilló con cuidado la rejilla interior del ducto de la campana, dejando la abertura completamente libre. Reunió mantas de la habitación y, con una fuerza que no sabía que tenía, las desgarró en tiras largas y resistentes. Tejió un arnés rudimentario, lo suficientemente fuerte para sostener el peso de Mía. Ensayó el nudo una y otra vez hasta que pudo hacerlo con los ojos cerrados.
Su plan era simple y desesperado. Cuando llegara el momento del cambio de guardia, normalmente alrededor de las 4:00 AM, había un breve lapso de unos minutos donde la vigilancia podía flaquear. Ella forzaría el vómito, sonidos de enfermedad, gritaría que Mía estaba enferma, cualquier cosa para crear una distracción lo suficientemente convincente como para que uno de los guardias entrara. Si lograba desarmarlo, o al menos distraerlo el tiempo suficiente, introduciría a Mía en el ducto de la campana. El conducto debía salir al exterior. No sabía a dónde llevaba, ni si Mía sobreviviría al descenso o a la espera, pero era una posibilidad. Una posibilidad mejor que la que Marcos les ofrecía.
El amanecer del segundo día la encontró exhausta pero con los sentidos afilados como los cuchillos que no podría usar. Alimentó a Mía, jugó con ella en silencio, memorizando cada línea de su rostro, cada sonido de su risa. Podía ser la última vez.
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Editado: 23.11.2025