Refugio Inesperado

Capítulo 24

Las palabras del hombre del traje, "Su padre ha enviado un taxi", resonaron no como un salvavidas, sino como el golpe de un juez decretando un destino inesperado. Milena se quedó paralizada, la mente un torbellino de confusión y desconfianza. ¿Su padre? ¿Cómo era posible? ¿Cómo había sabido? ¿Y por qué, después de meses de distanciamiento y frialdad, intervenía ahora?

—Papá, ¿por qué? —logró balbucear, su voz un hilo de incredulidad.

—Solo sígame y no hable —repitió el hombre, su tono era una losa de hielo que no admitía réplica. Su mirada, gélida y profesional, se desvió hacia Mía, que se aferraba al cuello de Milena con una fuerza desesperada.

El sonido de los disparos y los gritos en el exterior había cesado, reemplazado por un silencio espeso y ominoso. Eso era lo más aterrador. ¿Quién había ganado la pelea? ¿Dónde estaba Sebastián?

El hombre, a quien Milena identificó mentalmente como Kader, uno de los halcones de mayor confianza de su padre, hizo un gesto impaciente con la pistola. —No tenemos todo el noche, señorita. Las circunstancias son fluidas.

Fluidas. Una palabra tan pulcra y mortífera como su traje. Significaba que la ventana para escapar, o para lo que fuera que esto representaba, se cerraba rápidamente.

Ceder no estaba en su naturaleza, pero la lógica fría que había adoptado horas antes le dictó que oponer resistencia aquí, con Mía en brazos y solo un cuchillo contra una pistola, era un suicidio. Este hombre no era un matón de Marcos; era un operativo de élite. Su padre no enviaba a cualquiera.

Con el corazón latiéndole en el oído, asintió lentamente. Bajó el cuchillo, dejándolo resbalar silenciosamente detrás de un armario de la cocina, y salió de su escondite. Kader no perdió el tiempo. Giró sobre sus talones y salió al pasillo, esperando que ella lo siguiera.

Al salir del ático, el panorama era dantesco. El lujoso rellano parecía una carnicería. Dos de los guardias de Marcos yacían en el suelo, en posesiones grotescas, manchas carmesí oscureciendo la alfombra persa. No había signos de Sebastián ni de sus hombres. El aire olía a pólvora, sangre y metal.

Kader la guio con eficiencia brutal hacia la escalera de servicio, evitando el ascensor. Bajaron rápidamente, sus pasos eran los únicos sonidos en el silencio mortuorio que envolvía el edificio. Milena sentía cada uno de los latidos de Mía contra su pecho, un recordatorio constante de la pequeña vida que dependía de cada una de sus decisiones.

Al salir por una puerta trasera a un callejón oscuro y húmedo, un vehículo negro y discreto, una furgoneta sin marca, esperaba con el motor en marcha. Kader abrió la puerta trasera e hizo un gesto para que entrara.

Dentro, la realidad se torció aún más. No estaba vacía.

Sentado en una de los asientos, con su postura impecable y su rostro tallado en granito, estaba su padre.

No había envejecido; se había solidificado. Sus ojos, del mismo gris tempestuoso que los de ella, la examinaron de arriba abajo, deteniéndose un instante demasiado largo en Mía, antes de volver a su rostro. No había calor en esa mirada, solo una evaluación crítica.

—Entra, Milena. Cierra la puerta —dijo su voz, un bajo profundo que cortó la tensión del aire como un cuchillo.

Ella se subió mecánicamente, y Kader cerró la puerta, encerrándolos en la burbuja insonorizada de la furgoneta, que inmediatamente comenzó a moverse, alejándose del callejón y de la pesadilla del ático.

—¿Cómo…? —empezó Milena, incapaz de formar una pregunta completa.

—¿Cómo supe? —terminó Ricardo, con una fina sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Los negocios Milena se han vuelto… descuidados. Y tú eres mi hija, y alguien llamo una cosa es lo que hiciste sin pensar y otra ya lo sabes el día que te heche de casa.

—¿Los negocios? —preguntó Milena, con un atisbo de su antigua rebeldía. —Por negocio me has venido a buscar.

—Ya eso pasó, ahora hay negocios Milena —respondió él, con un deje de cansancio. —Cuando supe que Marcos había movilizado recursos para una cacería personal, y que el objetivo era mi hija y mi… —hizo una pausa infinitesimal, sus ojos en Mía de nuevo—, …nieta, consideré que era una falta de respeto.

—Ahora es tu nieta, por negocios.

Milena sintió un escalofrío. Él sabía. Sabía de Mía. Lo había sabido todo este tiempo y no había hecho nada. Hasta ahora.

—¿Y Sebastián? —preguntó, conteniendo la respiración.

Ricardo esbozó una mueca de desprecio. —Ese hombre, hablaré después de el. Porque fue el quién te metió en todo esto. Ahora vamos a casa te espera tu madre.

Las palabras cayeron como piedras en el pozo de su estómago. "A casa". Era la manera fría de decir que Sebastián había quedado atrás.

—Tienes que ayudarlo papá—suplicó, y odió el temblor en su voz.

—No tengo que hacer nada —la corrigió Ricardo, su voz gélida. —Te saqué de allí porque la sangre es sangre, y porque Marcos sobrepasó sus límites. Pero el novio revolucionario es un problema suyo. Y un problema costoso.

Ahí estaba. La verdadera razón. Nada era gratis, especialmente la ayuda de su padre.

—¿Qué quieres? —preguntó Milena, su voz ahora tan fría como la de él.




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