Refugio Inesperado

Capítulo 25

Las calles, bañadas en la luz anaranjada de las farolas, se deslizaban tras la ventana blindada de la furgoneta como un sueño febril. Cada giro, cada semáforo en verde, alejaba a Milena no solo del ático sangriento, sino de cualquier posibilidad de libertad que hubiera imaginado. La furgoneta era una burbuja aislada del mundo, y en su centro, el frío núcleo de su pasado: su padre.

Ricardo no la miraba. Sus ojos, grises y calculadores, escudriñaban la ciudad nocturna, un tablero de juego que solo él parecía comprender. Mía, agotada por el miedo y la tensión, se había dormido contra el pecho de Milena, su respiración entrecortada un recordatorio punzante de la inocencia atrapada en aquella guerra de adultos.

—No me has contestado —insistió Milena, rompiendo el silencio opresivo. Su voz sonó más firme de lo que esperaba. —¿Qué quieres a cambio de esto? Nada es gratis, lo sé mejor que nadie.

Ricardo giró la cabeza lentamente, como si su hija fuera una variable menor en una ecuación compleja.

—¿Crees que esto es una transacción? —preguntó, con un deje de desprecio. —Esto es una corrección. Un enderezamiento de un error que cometí al alejarte de la familia.

—Me echaste —recordó ella, con amargura. —Dijiste que mi moral era un lujo que esta familia no podía permitirse. Que mi "debilidad" era un riesgo.

—Y el tiempo me dio la razón, ¿no? —replicó él, fríamente. —Mira dónde terminó tu moral. En un ático, acuchillando matones y escondiéndote de un psicópata con un bebé en brazos. Muy noble. Muy digno. Y completamente inútil.

Milena sintió que las palabras le golpeaban como un puño. Era la verdad, retorcida y envenenada, pero verdad al fin. Sebastián le había mostrado un camino diferente, uno con honor, pero con la búsqueda de su hermana, todo había cambiado.

—Sebastián no es como ellos —susurró, pero su convicción se desvanecía.

—¡Sebastián! Así es como se llama —el nombre salió de los labios de Ricardo como un escupitajo. —¿Crees que es un caballero de brillante armadura? Es un Vitale, creo que su mundo gira al apellido, Marcos es un hombre cruel Milena, es una fuerza de la naturaleza. Y ese tal Sebastián le declaró la guerra con una pistola de agua. Su destino estaba sellado desde el momento en que te eligió a ti.

—¿Y cuál es mi destino, entonces? —preguntó Milena, mirándolo fijamente. —¿Ser el trofeo de tu reconciliación forzada? ¿La hija pródiga que regresa a la jaula?

—Tu destino —dijo Ricardo, bajando la voz hasta convertirla en un zumbido peligroso— es sobrevivir. Y el de esa niña —añadió, con un gesto casi imperceptible hacia Mía— es heredar algo más que deudas de sangre y balas perdidas. Eso exige ciertos… sacrificios.

—No sacrificaré nada en mi vida.

—¡Ya está sacrificada tu vida! —cortó él, con un golpe seco de su mano sobre el brazo del asiento. El ruido hizo que Mía se agitara en sueños. —Marcos le ha dado setenta y dos horas. Y han pasado… ¿cuánto? ¿Doce? ¿Quince? Tu héroe está solo, herido, y con medio mundo tras él. Yo no permitiré que se acerque a ti jamás. Fue un error que conociera siquiera tu nombre.

La furgoneta se detuvo frente a una imponente verja de hierro forjado que se abría silenciosamente, revelando una mansión moderna, de líneas limpias y grandes ventanales, pero con la frialdad de un búnker. No era el hogar de su infancia; era una fortaleza.

Kader abrió la puerta. Ricardo bajó primero, erguido y dueño de todo. Milena lo siguió, con Mía en brazos, sintiendo el peso de los ojos invisibles de los guardias tras las cámaras.

La casa por dentro era lujosa y estéril. No había fotografías, ni recuerdos, solo obras de arte abstracto y muebles de diseño que parecían nunca haber sido usados.

—Tu madre te espera en el cuarto del ala este —dijo Ricardo, de pie en el vasto recibidor, cuya blancura inmaculada hacía que Milena se sintiera sucia y manchada de barro y miedo.

—¿Mamá está aquí? —preguntó Milena, con un atisbo de esperanza. Su madre siempre había sido más débil, pero también más compasiva.

—Por supuesto. Ella siempre… anheló tu regreso.

Al subir por la amplia escalera de mármol, una figura apareció en el rellano superior. Era su madre, Elena. Pero no era la mujer que Milena recordaba. El tiempo y la vida junto a Ricardo la habían esculpido en una dama de hielo, vestida con una bata de seda, su belleza intacta pero vacía.

—Milena —dijo su madre, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Abrió los brazos en un gesto que pretendía ser cálido, pero que parecía coreografiado. —Por fin. Y esta debe ser la pequeña. Déjame verla.

Milena, instintivamente, apretó a Mía contra su pecho. —Está dormida, mamá. Y asustada.

—Este es su hogar ahora.

Su mirada se encontró con la de Ricardo, y un entendimiento silencioso pasó entre ellos.

—Ven, tu habitación está preparada. Tienes todo lo que ni era, en efecto, una lujosa prisión.

Tres habitaciones, un baño de lujo, una pequeña cocina. Las ventanas, Milena lo comprobó de inmediato, estaban selladas y blindadas. No había balcones. La puerta, aunque sin cerrojos visibles, era pesada y de seguridad.

Cuando se quedó sola, con Mía dormida en la cuna nueva que parecía un sarcasmo, la realidad la aplastó. No había escapado. Había sido trasplantada. Su padre no era su salvador; era su carcelero, y su precio no era dinero, sino sumisión. La anulación de todo lo que había sido y querido ser en los últimos años.




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