Refugio Inesperado

Capítulo 26

La mañana llegó con una luz pálida y fría que se filtraba entre las persianas del dormitorio de su infancia, iluminando un polvillo danzante en el aire que parecía hecho de recuerdos en descomposición. Milena se incorporó lentamente, con un peso en el pecho que hacía que cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano.

La almohada aún conservaba la huella húmeda de las lágrimas de la madrugada. Mientras el sueño se retiraba, la realidad avanzó como una marea negra, arrastrando consigo todos los fragmentos del día anterior: la imagen de Sebastián, con su mirada intensa y sus manos firmes; la hermana de él, una presencia elegante y escurridiza que parecía saber más de lo que decía; y el viejo Luca, con su sonrisa paternal que escondía el filo de una daga, el hombre que, con un suave empujón, la había lanzado al centro del huracán Marco.

Y luego, sobre todas las cosas, la figura de su padre. El hombre que, meses atrás, había cerrado la puerta con un golpe seco, indiferente al llanto de la pequeña Mía que ella cargaba en sus brazos. "No toleraré la deshonra en esta familia", le había espetado, sus palabras cortantes como cristales. "Tú y tu... situación, son un problema que ya no puedo permitirme. Lárgate." Ahora, ese mismo hombre roncaba plácidamente en la habitación de al lado, habiéndola recibido de vuelta no con los brazos abiertos, sino con un resignado "¿al fin entiendes que no puedes sola?", que sonaba más a "te lo dije" que a una bienvenida.

Esta casa, con sus paredes inmaculadas y sus muebles pesados, no era un hogar. Era un cautiverio dorado, un regreso amargo a una celda que creía haber escapado para siempre.

Un suave golpe en la puerta la sacó de su ensimismamiento. Era su madre, entrando con una bandeja de desayuno que olía a café y pan tostado, un aroma que en otro tiempo fue sinónimo de consuelo y que ahora le resultaba agrio.

—Milena, hija, tienes que comer algo —dijo su madre, con esa voz melosa que intentaba puentear el abismo entre ellas—. Anoche apenas probaste bocado. Tu padre... bueno, tu padre está preocupado. Todos lo estamos.

Milena alzó la vista, y no pudo evitar que la amargura se colara en sus palabras.

—¿Preocupados? ¿Como lo estuvieron cuando Mía y yo dormíamos en el asiento trasero de un auto prestado, mamá? Esa sí que era una preocupación auténtica. Esta... esto solo es alivio porque su problema ya no está a la vista de los vecinos.

Su madre dejó la bandeja sobre la mesilla de noche con un suspiro.

—Por favor, no empieces. Tu padre fue... duro, lo sé. Pero es un hombre de otra época. Ahora has vuelto, es lo importante. Esta es tu casa.

—¿Mi casa? —Milena soltó una risa breve y hueca—. Esto no es mi casa. Es la casa donde me crié, sí. Pero mi hogar, el que construí con Mía, me lo quitaron. Y el que podría haber tenido... —su voz se quebró al pensar en Sebastián—. Esto es una prisión con cortinas de encaje, mamá. Y he vuelto porque las celdas del estado del bienestar son más cálidas que las calles.

—¡Milena, por favor! —la madre se llevó una mano al pecho, como si las palabras de su hija fueran dardos físicos—. Hablas con un rencor que no te lleva a ningún lado. Hicimos lo que creímos mejor para ti.

—¡Echarme a la calle con un bebé no es lo mejor para nadie! —replicó Milena, alzándose de la cama con una energía repentina—. Fue lo más fácil para ustedes. Lo que ahora estoy haciendo, volver, también es lo fácil para mí. Y eso me aterra.

Se dirigió a la ventana y apartó la persiana con un dedo. El mundo exterior, un jardín perfectamente podado, parecía tan irreal y controlado como su vida ahora.

—Necesito hacer una llamada—dijo, más para sí misma que para su madre.

—¿A ese hombre? —preguntó la madre, con un deje de desaprobación—. Milena, piensa bien las cosas. Acabas de regresar. No arruines las cosas otra vez por...

—¿Por? —Milena se volvió, desafiante—. ¿Por intentar ser feliz? ¿Por tomar mis propias decisiones? Sebastián... él es parte de esto. Una parte importante. Tengo que decirle que estoy bien. Que estoy... aquí. Atrapada, pero a salvo.

Su madre calló, comprendiendo que cualquier otra palabra sería inútil. Con un último suspiro, salió de la habitación, dejándola sola con su conflicto y el aroma del café que se enfriaba.

Milena tomó su teléfono, un objeto que le parecía un artefacto de otra vida. Sus dedos temblaron sobre la pantalla. Marcó el número de Sebastián. El tono de llamada sonó, una vez, dos, un ritmo que se sincronizaba con los latidos acelerados de su corazón. Finalmente, se escuchó el clic de la conexión y su voz, esa voz grave que le recorría el espinaje.

—¿Milena? Dios mío, ¿eres tú? —la preocupación en su tono era tan palpable que a Milena se le llenaron los ojos de lágrimas—. Llevo toda la noche sin dormir, imaginándome lo peor. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

—Sebastián... —su nombre salió de sus labios como un susurro ronco—. Sí, estoy... bien. Estoy en casa. En casa de mis padres.

Un silencio incómodo llenó la línea.

—¿En casa de tus padres?—repitió él, con incredulidad—. Pero... ¿cómo? ¿Por qué? Después de todo lo que te hicieron... Milena, eso no es estar bien. Sal de ahí ahora mismo. Ven conmigo.

—No es tan simple, Sebastián —respondió ella, enjugándose una lágrima con el dorso de la mano—. Ayer... cuando ocurrió todo con Luca, cuando me di cuenta de en lo que me había metido, me asusté. Pensé en Mía. Necesitaba un techo seguro para ella, inmediatamente. Y esto... esto es un techo. Es un techo que odio, pero es sólido.




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