La certeza que había florecido en su pecho después de hablar con Sebastián era lo más bonito que le había ocurrido. Esa misma tarde, el ambiente en la casa se densificó. Su padre, llegó del trabajo y su presencia llenó cada rincón con un peso silencioso y opresivo. La cena transcurrió con la conversación forzada y los cubiertos chocando contra la loza como únicos sonidos. Mía, sensible al clima emocional, estaba inquieta y apenas comía.
—Pensé que podríamos hablar de planes, Milena —dijo padre, al final, dejando la servilleta junto al plato. Su voz era calmada, pero llevaba el filo de una orden—. No puedes pasar los días holgazaneando. He hablado con un conocido. Hay un puesto de asistente administrativo en su empresa. Es modesto, pero estable. Podrías empezar la próxima semana. Después de todo lo ocurrido ya es hora de una vida normal en esta casa. De
Milena sintió que la tierra firme que acababa de encontrar se resquebrajaba. Allí estaba: la puerta de la celda abriéndose de par en par para mostrarle un pasillo gris y predecible, el mismo que su padre siempre había planeado para ella. Antes, hubiera bajado la cabeza y asentido. Pero algo había cambiado.
—No, papá —dijo, y su propia voz le sonó clara y extraña—. Gracias, pero no.
Su madre dejó el tenedor. Su padre arqueó una ceja.
—¿Disculpa? ¿Tienes una mejor oferta? ¿O acaso piensas vivir de...? —su mirada fue deliberadamente hacia Mía, que jugueteaba con un trozo de pan.
—Pienso vivir de mi trabajo —cortó Milena, manteniendo la mirada en su padre—. Pero no de ese trabajo. Tengo un plan.
—¿Un plan? —la burla era apenas velada—. Como el último "plan" que te llevó a dormir en un coche, supongo.
El golpe fue bajo, pero Milena no se inmutó. Respiró hondo, recordando la voz de Sebastián. "No dejes que el miedo gane esta vez."
—Mi último plan —dijo, midiendo cada palabra— fue sobrevivir. Este es para vivir. Sé que cometí errores. Sé que... decepcioné sus expectativas. Pero echar a tu nieta y a tu hija a la calle no solucionó nada. Solo demostró que en esta familia, el error es un pecado imperdonable.
Su madre palideció.
—Milena, eso no es justo...
—Es la verdad —replicó ella, sin apartar los ojos de su padre—. Y para poder hacer las cosas bien, de verdad bien, necesito empezar por la verdad. No aceptaré el trabajo. Quiero trabajar en otra cosa papá...
Su padre soltó una risa corta y seca.
—Que piensas cuidar casa, así como lo estabas haciendo con los Valente, los cuales te metieron en muchos líos.
—Me gustaba como era el trabajo, solo que... —respondió ella, con una calma que la sorprendía—. Así que papá déjame hacer las cosas está vez lo que me gusta, buscar yo misma mi empleo y no uno puesto por usted.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Su padre la observaba como si acabara de crecer un segundo par de ojos. Era la primera vez en años que ella se plantaba, no desde la rabia adolescente, sino desde una determinación adulta y serena.
—Muy bien —concedió su padre, alzándose de la mesa—. Sigue con tu... "plan". Pero no esperes un centavo de mí. Y cuando fracases, no vengas llorando. Esta vez no abriré la puerta.
—No la esperaba abierta —susurró Milena cuando él ya salía del comedor.
Esa noche, mientras Mía dormía, Milena no se derrumbó. Encendió su laptop, la vieja compañera de todas sus batallas. Y comenzó a buscar algo empleo, pero no quería que su padre volviera a gobernar su vida. Menos la de su hija Mía.
Al día siguiente, muy temprano, mientras la casa aún dormía, tomó su bolso y salió. No a vagar sin rumbo, sino con un objetivo claro. Buscar la manera de conseguir un empleo, y demostrarle a su padre que ella podía. De
A media mañana, su teléfono vibró. Era un mensaje de Sebastián.
Sebastián: Hola, como estas.
Milena: Bien, aunque papá quería búscame un empleo y le dije que yo podía.
Sebastián: Sabes papá está en una casa de reposo, Julia y su hija se fueron lejos, fuera del alcance de Marco, y bueno el no volverá hacer nada. La policía está detrás de él. Ahora dime algo Milena. Que vas hacer con el regreso con tu familia.
Milena: Seguir adelante con todo esto, necesito conseguir un empleo y demostrarle a mi padre que si puedo hacerlo sin el.
Sebastian: Claro que puede Milena, por eso cuando te encontré en esa noche de lluvia. Y con tu ayuda también pude encontrar a mi hermana y que todo pasará como paso. Pero me alegro que estés bien y quieras las cosas por tu propia cuenta.
Leer esas palabras fue como recibir un abrazo a través de la pantalla. El orgullo de Sebastián valía más que toda la desaprobación de su padre.
Milena: No fue fácil. Y no ha terminado. Pero es el primer paso. Tengo que demostrarles, y demostrarme a mí misma, que puedo construir algo que valga la pena. Algo que no dependa de su aprobación, ni de su dinero. Algo que sea solo mío.
Sebastián: No estás sola en esto, ¿recuerdas? Tengo un amigo, dueño de una galería. Le encanta dar oportunidades de un trabajo. Espero te llame le di tu número.
Milena contuvo la respiración. Una galería. Algo en que su padre no estaría de acuerdo.
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Editado: 23.11.2025