Refugio Inesperado

Capítulo 28

La llamada de Damián, el dueño de la galería, había sido un remolino de energía y preguntas directas. No le interesaban tanto los huecos en su currículum como la forma en que Milena hablaba del espacio, de la luz, y de conectar a las personas con el arte.

—No busco una vendedora—le había dicho, su voz un eco ronco y vital—. Busco a alguien que sienta que este lugar es suyo, que pueda leer lo que una pieza susurra y traducirlo para quien la mira. Sebastián dijo que tienes ese ojo.

La entrevista fue al día siguiente. La galería, "Ékfrasis", era un cubo de luz y concreto pulido en el corazón del barrio bohemio. Milena, con su mejor ropa, una simple chaqueta neutra y pantalones de corte impecable que había desempolvado de su vida anterior, sintió que el corazón le latía con fuerza. No era el miedo al rechazo lo que la acongojaba, sino la vertiginosa posibilidad de que le dijeran que sí.

Damián, un hombre de mediana edad con el cabello entrecano recogido en una coleta y ojos que todo lo escudriñaban, la recibió con un apretón de manos firme. La hizo recorrer la galería, le pidió su opinión espontánea sobre una instalación hecha de metal y sombras, y luego, en su oficina, llena de catálogos y bocetos, la miró fijamente.

—Tu historia con los Valente es... intensa —comenzó, y Milena contuvo el aliento—. Sebastián me contó lo esencial. No los detalles, sino la esencia: lealtad, resistencia. En este negocio, el arte es fuego, Milena. Y yo necesito a alguien que no le tema al calor. El puesto es asistente de galería. Coordinación de montajes, atención a clientes, manejo de redes sociales. Un caos organizado. ¿Crees poder con eso?

Milena no vaciló.

—Sí. Lo creo.

—Bien. Empezamos el lunes. El sueldo es decente, no magnífico. Pero las propinas, a veces, son obras de arte en sí mismas —sonrió, mostrando una dentadura imperfecta que le daba un aire genuino.

Al salir de "Ékfrasis", la ciudad le pareció diferente. Los colores eran más vivos, los sonidos, una sinfonía de posibilidades. No había conseguido solo un trabajo; había encontrado un territorio donde su sensibilidad, por primera vez, no era un estorbo, sino una herramienta. Se sentó en un banco de la plaza y envió un mensaje a Sebastián: "Es oficial. Soy la nueva asistente de galería en Ékfrasis. No sé cómo agradecértelo."

La respuesta fue casi inmediata. "No me lo agradezcas. Se lo mereces. ¿Celebramos? Te invito a un café. Hoy, a las 5?"

El "sí" que ella tecleó fue el más fácil y ligero que había escrito en su vida.

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La noticia del empleo cayó en la cena familiar como un ladrillo lanzado con elegancia. Su madre, sonrió con genuino alivio, pero fue una sonrisa frágil, rápidamente ocultada tras una servilleta. Su padre, sin embargo, mantuvo una frialdad impenetrable.

—Una galería de arte —repitió, como saboreando una palabra amarga—. Un mundo de apariencias y inestabilidad. ¿Y cuánto te pagarán en ese... circo?

—Lo suficiente, papá —respondió Milena, manteniendo la voz serena—. Es un comienzo.

—Un comienzo hacia la misma frivolidad que te llevó a confiar en gente como ya tú sabes —sentenció él, clavando el tenedor en su comida—. Pero tú mandas. Ya veremos cuánto dura esta nueva fantasía.

El café con Sebastián fue todo lo contrario a la opresión de su casa. Él llegó con el pelo alborotado y una sonrisa que le llegaba a los ojos, esos ojos que ya no cargaban con la sombra del secreto. Se sentaron en una esquina acogedora, y la conversación fluyó sin esfuerzo, como un río que por fin encuentra su cauce.

—Mi padre está en un lugar tranquilo —contó Sebastián, girando su taza—. Es como si, al quitarle el peso de la venganza, su mente hubiera encontrado un remanso. Habla de mi madre a veces. Con paz. Es más de lo que esperaba.

—Y Marco —preguntó Milena, casi en un susurro.

—La red se cierra. La policía tiene nombres, lugares. Ya no es un fantasma. Es solo un hombre acorralado. Pronto pagará por lo que le hizo a mi familia, y a ti, a tantos otros también.

Milena asintió. No había alegría en esa justicia, solo un alivio profundo, como el de cerrar por fin una puerta que había estado golpeando con el viento durante años.

—Todo ha cambiado tan rápido —murmuró, mirando el vapor que se elevaba de su taza—. A veces me despierto y pienso que estoy soñando. Que Mía y yo volveremos a estar solas en el coche, con el miedo como único equipaje.

Sebastián extendió la mano y posó la suya sobre la de ella. Su contacto era cálido, firme, real.

—No es un sueño, Milena. Te lo has ganado. Cada paso, cada "no" que le dijiste a tu padre, cada noche en vela planificando... te ha traído aquí. A este café. A este trabajo. A mí.

Ella alzó la vista y se encontró con su mirada. No había lástima en ella, ni el deseo de un hombre de rescatar a una damisela. Había admiración. Y algo más, algo que estaba creciendo con la calma y certezade una planta echando raíces.

—¿Y esto?—se atrevió a preguntar, haciendo un leve gesto con su mano libre, abarcando el espacio diminuto que separaba sus cuerpos—. ¿Qué es esto, Sebastián?

Él sonrió, una sonrisa tranquila y llena de propósito.

—Esto es el principio. Sin prisa, sin deudas que saldar, sin fantasmas que nos persigan. Solo tú y yo, viendo qué podemos construir juntos.




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