Refugio Inesperado

Capítulo 29

La lluvia caía en finas cortinas grises contra la ventana de la habitación de Milena. Dentro, el ambiente era cálido, iluminado por la lámpara de mesa que proyectaba un círculo dorado sobre la cama donde Mía, finalmente rendida al sueño, respiraba con suavidad. Milena cerró el libro de cuentos y observó a su hija. La paz en su rostro era un bálsamo para el torbellino interno que no cesaba.

El sueldo, ese sobre con el logo de "Ékfrasis", seguía sobre su mesita de noche, como un talismán. No lo había abierto aún. Quería saborear el momento, la tangible prueba de su independencia. Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era su madre, con dos tazas de manzanilla humeando en las manos.

—Pensé que te vendría bien —dijo en un susurro, colocando una taza al lado de Milena y sentándose en el borde de la cama. Sus ojos, tan parecidos a los de Milena pero cargados de una resignación antigua, se posaron en el sobre—. Es de tu trabajo, ¿verdad?

—Sí —asintió Milena, tomando la taza. El calor le quemaba levemente los dedos, anclándola a la realidad—. Mi primer pago.

Su madre sonrió, una sonrisa triste y orgullosa a la vez. —Tu padre... no lo dice, pero está impresionado. Lo vi hojeando un catálogo de arte anoche en el estudio. Uno de esos que trajiste a casa.

Milena bebió un sorbo de la infusión, permitiendo que la calidez se extendiera por su pecho. —No necesita estar impresionado, mamá. Solo necesita aceptar que mis decisiones son mías.

—Es difícil para él —suspiró Rosa, jugueteando con su propia taza—. Su mundo está hecho de planos, de estructuras, de cosas que se pueden medir y controlar. Tu mundo... el arte, la emoción, ese joven Sebastián... son territorios desconocidos para él. Y el miedo a lo desconocido a veces se viste de rigidez.

—El miedo no justifica que tratara a Mía y a mí como si fuéramos una mancha en su perfecto diseño —replicó Milena, con más aspereza de la que pretendía. El recuerdo de la noche en la calle aún le quemaba.

—No, no lo justifica —admitió su madre con una voz que de pronto se quebró—. Y yo... yo fallé también, Milena. Falle al no plantar cara, al permitir que el miedo de tu padre gobernara esta casa. Verte a ti, ahora, con esa fuerza... me hace ver todas las veces que yo me rendí.

El silencio se instaló entre ellas, solo roto por la lluvia y la respiración de Mía. Era la primera vez que su madre reconocía su propia complicidad en la opresión familiar. No era un perdón solicitado, pero era un comienzo.

—No es demasiado tarde para ti, mamá —dijo Milena suavemente—. Nunca lo es.

Elena enjugó una lágrima furtiva con el dorso de la mano. —Quizás. Pero hoy estamos aquí por ti. ¿Y ese joven? Sebastián. Él... ¿forma parte de tu "plan"?

Milena miró por la ventana, hacia la ciudad brillante y húmeda.

—Él es... un puerto seguro. Pero no es mi destino final. Es alguien con quien navegar. Alguien que me ve no como la persona que fui, ni como la que él quisiera que fuera, sino como la que soy. Y que valora lo que quiero ser.

—Eso es más de lo que muchas encuentran en toda una vida —musitó su madre. Se levantó, dejando su taza vacía—. Duerme, hija. Y recuerda, por cada "no" que le has dicho a tu padre, has dicho un "sí" a ti misma. Eso es lo que más le duele, y a la vez, lo que secretamente más admira.

Cuando su madre salió, Milena abrió finalmente el sobre. La cantidad era modesta, pero era suya. Solo suya. Sacó su teléfono y escribió un mensaje.

Milena: Cobré mi primer sueldo. Me gustaría invitarte a cenar. Tú y yo. Para celebrar.

La respuesta de Sebastián llegó en segundos.

Sebastián: ¿Invitada por la nueva y poderosa asistente de galería? No me lo perdería por nada del mundo. ¿Dónde y cuándo, jefa?

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La cena fue en un pequeño restaurante italiano, acogedor y sin pretensiones, lejos de los lugares lujosos que su padre solía frecuentar. El aroma a ajo, albahaca y tomate fresco llenaba el aire. Sebastián llegó con una botella de vino tinto y una sonrisa que hizo que el resto del mundo se desdibujara.

—Cuéntame todo —dijo, después de que pedieran—. Los detalles sucios de la galería. ¿Algún artista que se crea un demiurgo? ¿Algún coleccionista excéntrico que quiera comprarlo todo?

Milena rio, y fue una risa liberadora. Le habló de Damián y sus exigencias brillantes, de una escultora que solo trabajaba con basura reciclada y tenía el carácter de un huracán, de un anciano millonario que había comprado un cuadro abstracto porque "le hacía cosquillas en el alma".

—Y tu padre —preguntó Sebastián, su tono volviéndose más serio mientras tomaba su copa—. ¿Cómo lleva tu reinado independiente?

Milena jugueteó con su pasta. —Es como la lluvia fuera. Silencioso, persistente, pero... hay un cambio. Mi madre me dijo que hojeaba un catálogo. Es un gesto pequeño, pero para él es como izar una bandera blanca en una fortaleza.

—La gente cambia —dijo Sebastián, mirándola fijamente—. A veces por las malas, a veces porque alguien les muestra que hay otro camino. Mi padre... en la casa de reposo, ha empezado a preguntar por ti. Quiere agradecerte, personalmente, lo que hiciste por Julia y por mí.

Milena se sorprendió. —¿Por mí? Sebastián, yo solo...




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