Refugio Inesperado

Capítulo 30

El domingo por la tarde, la casa de la familia de Milena estaba sumida en una calma tensa y poco familiar. Mía, estaba en la alfombra de la sala, concentraba toda su atención en un juguetes y figuras de palitos. Milena, con un catálogo de una próxima subasta sobre el regazo, intentaba leer, pero su mente estaba en otra parte, en la cena de la noche anterior, en la calidez de la mano de Sebastián y en la promesa de un futuro escrito por ella misma.

Su padre, Ricardo, no estaba en su estudio, como era habitual. Permanecía sentado en su sillón de cuero, leyendo el periódico, pero Milena notaba que sus ojos no se movían por las páginas. La presencia de su madre, Elena, tejiendo en un rincón, era el único elemento estable en una escena cargada de electricidad estática.

Fue Mía quien, sin querer, tensó la cuerda hasta el límite. Levantó su cara, y barbucio.

Ricardo bajó lentamente el periódico. Sus ojos, fríos y analíticos, se posaron en la pequeña. No dijo nada durante un largo momento, un silencio que se hizo más pesado con cada latido.

—Ricardo amor Mía está comenzando a decir sus primeras palabras?.

—No, la escuché —la interrumpió Ricardo. Su voz no era alta, pero cortó el aire como un cuchillo. Miró a Milena—. Parece que tu... independencia... está tomando forma concreta en la imaginación de mi nieta ¿Es ese el "plan" del que tanto hablabas? ¿Reemplazar a tu familia con un hombre cuya propia familia es un desastre de proporciones épicas?

Milena cerró el catálogo con un golpe seco. La furia, una vieja conocida, brotó en su pecho, pero esta vez no era ciega. Era fría, controlada.

—No se atreva, papá. No se atreva a usar a mi hija como arma. Y no hable de lo que no conoce. Mía solo barbucio solo eso.

—¿Que no conozco? —Ricardo se levantó, erguido, su figura imponiendo autoridad en la habitación—. Conozco la irresponsabilidad. Conozco el caos. Y conozco a los hombres como Sebastián Valente. Criado en la mentira, acostumbrado a la riqueza fácil.

Elena se puso de pie, pálida.

—Ricardo, por favor...

—No, mamá —dijo Milena, poniéndose también de pie. Se enfrentó a su padre, y por primera vez, no sintió que la altura que la separaba de él fuera una desventaja—. Déjelo hablar. Llevo semanas escuchando sus indirectas y su desaprobación silenciosa. Quizás es hora de que lo diga todo a la cara.

Ricardo esbozó una sonrisa amarga.

—Muy bien. Hablemos. Dices que quieres construir algo "tuyo". Pero tu primer sueldo, el fruto de esta nueva vida, lo usas para salir con él. Tu hija, que debería estar al lado de una figura paterna no esta. ¿Eso es construir? A mí me parece que estás cambiando una dependencia por otra. Antes dependías de mi dinero y mi techo. Ahora dependes de la validación emocional de un hombre problemático.

—¡Basta! —La voz de Milena retumbó en la sala, sorprendiéndolos a todos, incluso a ella misma. Mía, asustada, se refugió en el cuello de su abuela—. Usted reduce todo a transacciones, ¿verdad? A dependencias y a deudas. No puede concebir que dos personas se apoyen mutuamente sin que una anule a la otra. Sebastián no me "valida". Me comprende. Él ha visto el abismo, como yo, y en lugar de huir, decidimos construir un puente juntos. Algo que usted nunca ha entendido.

—¿Comprender? —Ricardo soltó una risa corta y cínica—. ¿Es eso lo que llamas a enredaros en una madeja de problemas ajenos? Su padre está loco, su hermana vive lejos... Por problemas con ese Marco ¡Esa es la herencia que quieres para Mía!

—¡La única herencia negativa de la que he tenido que proteger a Mía ha sido la de esta casa! —replicó Milena, con lágrimas de rabia brillándole en los ojos, pero sin dejar que cayeran—. La herencia del silencio cómplice, de la frialdad emocional, de creer que el amor es condicional y que los errores son manchas permanentes. Usted me echó a la calle, papá. A su hija y a su nieta. Con un problema real, usted nos mostró la puerta. Sebastián, con todos los demonios que arrastra, me ofreció su mano. ¡Juzgue usted cuál es la herencia más peligrosa!

El golpe había dado en el blanco. Ricardo palideció visiblemente. Elena llevó sus manos a la boca, conteniendo un gemido. El fantasma de aquella noche, siempre presente, acababa de ser invocado con toda su crudeza.

—Tú... no entiendes... —logró decir Ricardo, su voz perdiendo por primera vez su firmeza de acero—. El miedo...

—¡Sí, entiendo el miedo! —lo interrumpió Milena, avanzando un paso—. Entiendo el miedo a no ser suficiente, a fracasar, a que le pase algo a tu hijo. Pero el verdadero fracaso, papá, no es caer. Es quedarse mirando desde la seguridad de su porche mientras su familia se ahoga en la lluvia, por miedo a mojarse. Usted eligió su orgullo. Yo estoy eligiendo mi vida.

El silencio que siguió fue distinto. Ya no era tenso, era devastador. El aire estaba cargado con el peso de verdades demasiado tiempo silenciadas. Ricardo ya no miraba a su hija con desdén, sino con una expresión que rayaba en el desconcierto, como si el suelo firme de sus convicciones se hubiera resquebrajado bajo sus pies.

—Nunca... —tartamudeó, buscando palabras—. Nunca quise que...

—Lo sé —cortó Milena, su voz bajando a un tono grave y cansado—. Sé que, en su mente retorcida, creía que echándome me estaba "enderezando". Pero solo me mostró lo solo que estaba. Y ahora que estoy encontrando mi camino sin usted, no puede soportarlo. Porque si soy fuerte sin usted, entonces su fuerza, su control, nunca fueron necesarios. Eso es lo que realmente no puede perdonar.




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