La galería "Ékfrasis" respiraba con la energía contenida de la víspera de una inauguración. Los últimos toques a la instalación central una serie de esculturas de alambre y luz que se retorcían desde el suelo hasta el techo como neuronas iluminadas ocupaban toda la atención del equipo. Milena, en el centro del torbellino, coordinaba con una calma que ella misma no sabía poseer. Llevaba un mono de trabajo manchado de pintura y su cabello recogido en un moño desordenado. Estaba en su elemento.
—¡Cuidado con el foco de la izquierda! —gritó hacia el técnico de iluminación—. Tiene que acariciar la curva, no bañarla. La sombra es parte de la pieza.
Damián, observando desde la puerta de su oficina con los brazos cruzados, esbozó una sonrisa de aprobación. Llevaba semanas observando a Milena. No solo era competente; tenía una intuición para el espacio y la emoción que no se podía enseñar. Y había algo más, una resiliencia, una profundidad en su mirada que iba más allá de la historia turbia que Sebastián le había contado a medias.
Al caer la tarde, cuando el último cuadro estuvo colgado y los últimos focos calibrados, el equipo se despidió, agotado pero satisfecho. Milena se quedó, como era habitual, ayudando a Damián a revisar la lista de invitados VIP.
—El coleccionista suizo, Müller, confirmó —dijo ella, marcando una casilla en la tableta—. Y la crítica de Arte Hoy también. Será una buena noche.
—Sí. Gracias a ti —respondió Damián, dejando caer el lápiz que sostenía y reclinándose en su silla. La observó mientras ella recogía unos catálogos dispersos. La luz tenue de la galería vacía acariciaba su perfil, destacando la concentración en su rostro—. Te mueves aquí como si hubieras nacido entre cuadros, Milena. Es... notable.
Ella alzó la vista, sorprendida por el tono de su voz. No era el de un jefe elogiando a su empleada. Era más personal, más inquisitivo.
—Es un trabajo, Damián. Hago lo que hay que hacer.
—No —negó él, levantándose y acercándose a una de las esculturas, pasando un dedo por el alambre frío—. Esto no es solo un trabajo. Esto es un lenguaje. Y tú lo hablas con fluidez. La mayoría de los asistentes solo aprenden la gramática. Tú... sientes la poesía.
Se volvió hacia ella, y su mirada era ahora directa, desafiante.
—Sebastián me dijo que pasaste por un infierno. Que te refugiaste en su casa con tu hija. Me dijo que eras fuerte. Pero no me dijo que eras un alma tan... antigua.
Milena sintió un leve rubor subir por su cuello. No estaba acostumbrada a que la observaran tan de cerca, a que la diseccionaran con la misma minuciosidad con la que él analizaba una obra de arte.
—No sé a qué se refiere—mintió, desviando la mirada hacia la escultura.
—Claro que lo sabes —él se rio, un sonido suave y grave—. Es esa cualidad la que hace que la gente se abra a ti. Los artistas temperamentales te confían sus inseguridades. Los coleccionistas arrogantes bajan la guardia. Ven en tus ojos que has conocido la oscuridad, y que, contra todo pronóstico, has elegido buscar la luz. Eso, querida Milena, es más valioso que cualquier título en gestión cultural.
Caminó hasta ella, deteniéndose a una distancia que no era incómoda, pero sí íntima.
—Esta galería... para mí no es solo un negocio. Es un refugio para las almas que no encajan en los moldes cuadrados del mundo. Almas como la mía. —Hizo una pausa, y su voz bajó—. Y como la tuya.
Milena contuvo el aliento. La intensidad de Damián era magnética, pero también peligrosa. Sentía que estaba al borde de un precipicio, uno muy diferente al que representaba Sebastián. Sebastián era un puerto seguro. Damián era el mar abierto.
—Damián, yo... aprecio mucho su confianza. Y este trabajo...
—¿Es lo que te mantiene a flote, lo sé —la interrumpió, con una sonrisa ligeramente triste—. No estoy intentando sacarte de ahí. Al contrario. Quiero ofrecerte más. Hay una feria de arte emergente en Berlín el próximo mes. Quiero que vengas conmigo. No como mi asistente. Como mi colega. Para que veas el mundo, para que hables con los artistas con esa... verdad que emanas. Es una oportunidad para que expandas tus horizontes más allá de esta ciudad, más allá de... —No terminó la frase, pero el aire quedó cargado con la palabra no dicha: Sebastián.
El corazón de Milena latía con fuerza. Berlín. Una feria de arte. Era una oportunidad deslumbrante, la clase de cosa con la que soñaba en sus silencios más secretos. Pero también era una invitación velada a algo más.
—Es una oferta increíble —logró decir, buscando las palabras con cuidado—. Pero Mía... no puedo dejarla así como así. Y Sebastián...
—Puedes llevar a tu hija, Sebastián es un amor lo sé, pero queda de tu parte aceptar un futuro —dijo Damián, con una suavidad que casi resultaba condescendiente—. Refugios necesarios. Pero el mundo es un océano, Milena. Yo no te ofrezco un refugio. Te ofrezco un velero. —Su mirada era intensa, casi hipnótica—. Piénsalo. No hace falta que respondas ahora. La inauguración es mañana. Déjate llevar por la noche. Observa. Siente. Y luego, decide qué tipo de vida quieres pintar sobre el lienzo en blanco que, por fin, tienes delante.
Antes de que ella pudiera responder, sonó su teléfono. Era Sebastián. Un mensaje simple: "¿Todo listo para el gran día? Mañana voy temprano a apoyarte. Te admiro."
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Editado: 23.11.2025