La noche de la inauguración en "Ékfrasis" fue un éxito tangible, un zumbido en el aire cargado de champán, conversaciones cultas y la satisfacción silenciosa de un trabajo bien hecho. Milena, vestida con un sencillo pero elegante vestido negro, era el centro invisible de la tormenta. Fluía entre la multitud, explicando la intención detrás de una pieza a un coleccionista dubitativo, calmando los nervios de última hora de la escultora o guiando a los críticos hacia las obras más transgresoras.
Desde su puesto cerca del bar, Sebastián la observaba con una mezcla de orgullo y una punzada de algo que no quería nombrar. Ella brillaba con una luz propia, segura, en control. Era una versión de Milena que solo había vislumbrado antes, pero que ahora se desplegaba en todo su esplendor. Él era un arquitecto, un hombre de planos y estructuras, pero este mundo de emociones hechas materia le resultaba a la vez fascinante y lejano.
Damián, por su parte, era el maestro de ceremonias perfecto. Se movía con la misma facilidad que Milena, pero su energía era diferente: más calculada, más magnética. En un momento de calma, se acercó a Sebastián, sosteniendo dos copas de vino blanco.
—Un talento natural, ¿verdad? —comentó Damián, siguiendo la mirada de Sebastián hacia Milena, que reía con un grupo de jóvenes artistas—. Tiene ese don raro de hacer que incluso al coleccionista más cínico le importe el arte.
Sebastián tomó la copa con un gesto de cortesía.
—Siempre ha sido más fuerte de lo que ella misma creía.
—Oh, no se trata solo de fuerza —rectificó Damián, tomando un sorbo—. Se trata de percepción. De sensibilidad. Es como un diapasón para la belleza y la verdad. —Hizo una pausa, girando la copa entre sus dedos—. Me pregunto si un hombre de mundo, acostumbrado a levantar edificios de acero y concreto, puede apreciar esa... sutileza.
El comentario, envuelto en seda, tenía el filo de una daga. Sebastián lo miró fijamente.
—Conozco el valor de unos buenos cimientos, Damián. Y sé reconocer cuando algo está construido para durar.
—¿Los cimientos? —Damián sonrió, un gesto amplio y un poco condescendiente—. Querido Sebastián, el arte, como la vida, a menudo florece mejor en el terreno inestable de la incertidumbre. Es en el caos donde se forja la verdadera creatividad. Donde nos reinventamos.
Antes de que Sebastián pudiera responder, Damián se excusó con una leve inclinación de cabeza y se dirigió hacia Milena. Sebastián lo vio deslizar un brazo sobre los hombros de ella con una familiaridad que le hizo apretar la mandíbula. No era un gesto romántico, sino de propiedad. Como si Milena fuera otra de las piezas impresionantes de su galería.
Más tarde, cuando los últimos invitados se hubieron marchado y solo quedó el silencio reverberante y el desorden de la noche, Milena se encontró recogiendo vasos desechables con las manos temblorosas por la adrenalina residual. Damián cerró la puerta principal y se apoyó contra ella, observándola.
—Fue perfecto —dijo, y su voz sonó extrañamente íntima en el vacío—. Gracias a ti.
—Fue un esfuerzo de equipo —respondió ella, evitando su mirada concentrándose en una mancha de vino en el suelo pulido.
—No seas modesta. —Él se acercó, deteniéndose a escasos centímetros—. Esa es una de las cosas que más me intrigan de ti. Tienes un fuego interior, Milena, pero lo escondes tras una capa de humildad. Es una combinación... embriagadora.
Ella alzó finalmente la vista. La fatiga y la intensidad de la noche la hacían sentir vulnerable, y la intensidad de su mirada no ayudaba.
—Damián, lo de Berlín... es una oportunidad increíble. De verdad. Pero...
—¿Pero? —él la interrumpió suavemente—. ¿Pero tienes una hija? ¿Pero tienes un novio que te construye castillos en el aire con sus manos callosas? —Su tono no era abiertamente despectivo, pero había una chispa de desafío—. Milena, la vida no nos espera. Las oportunidades como esta... son raras. Se presentan una vez, y si las dejas pasar, te pasan a ti. ¿Quieres pasar el resto de tu vida preguntándote "qué hubiera pasado"? ¿O quieres vivirlo?
—¡No es tan simple! —exclamó ella, sintiendo cómo la frustración burbujeaba bajo su piel—. No se trata solo de lo que yo quiera. Tengo responsabilidades. Tengo... tengo a alguien que me ama.
—¿Y eso te ata? —preguntó él, con genuina curiosidad—. ¿El amor debería ser una cadena o un trampolín? El hombre que realmente merezca estar a tu lado no te pediría que renuncies a tus sueños. Te animaría a volar, aunque eso signifique que, a veces, vueles lejos de él.
Sus palabras resonaron con una verdad dolorosa en el corazón de Milena. ¿Sebastián la animaría a irse a Berlín? ¿O vería el viaje, y la influencia de Damián, como una amenaza?
—No sé... —susurró, sintiéndose dividida, desgarrada entre la mujer que había sido y la mujer que anhelaba ser.
Damián dio un paso más, y su mano se cerró suavemente alrededor de su brazo. Su tacto era cálido, firme.
—No hace falta que sepas todo ahora. Solo necesitas saber una cosa: creo en tu talento más de lo que tú misma crees. Y estoy dispuesto a apostar por ti. —Su mirada bajó a sus labios por una fracción de segundo, un mensaje tan sutil como potente—. Piensa en ti, Milena. Solo por una vez, piensa en lo que tú quieres, sin pedir permiso.
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Editado: 23.11.2025